Armonía y civilización ecológica : más allá de la alienación capitalista de la Naturaleza por Fred Magdoff

[Traducido para Mientras Tanto y publicado en 2013]

Publicación original: http://monthlyreview.org/2012/06/01/harmony-and-ecological-civilization

Armonía y civilización ecológica

Más allá de la alienación capitalista de la Naturaleza

Fred Magdoff

Fred Magdoff es profesor emérito de ciencias de plantas y suelo de la Universidad de Vermont. Es coautor con John Bellamy Foster de Lo que todo ecologista necesita saber sobre el capitalismo (Monthly Review Press, 2011). Este artículo fue preparado para su presentación en la conferencia sobre “Armonía y civilización ecológica” organizado por un grupo de académicos chinos visitantes interesados en el marxismo ecológico para el Instituto de Desarrollo Postmoderno de China (IDPC), Claremont, California, el 27 y 28 de abril de 2012. Entre los patrocinadores de la conferencia procedentes de China se encuentran: El Buró Central de Compilación y Traducción del PCC y la Sociedad China para la Dialéctica de la Naturaleza.

Dejenme empezar dejando claro que no soy un filósofo ni estoy muy versado en la historia cultural china. Mi experiencia se encuentra en la agricultura, específicamente en la fertilidad y la salud del suelo, a partir de lo cual me he extendido a áreas de la ecología y a enfoques ecológicos sobre agricultura y sociedad.

Con ese trasfondo en mente, cuando considero el concepto de armonía en el contexto de los humanos, sus sociedades y el medio ambiente, tengo una visión particular del concepto. Se refiere a todo el mundo viviendo junto pacíficamente sin explotación de una persona por parte de otra, siendo todos capaces de alcanzar su pleno potencial humano, en una sociedad en la que todos tienen sus necesidades materiales  e inmateriales satisfechas, se sienten seguros, a salvo, felices y plenos como seres humanos. Además, el concepto también implica armonía entre la gente, el medio ambiente y las otras especies con las que compartimos el planeta. La gente necesita entender plenamente y actuar de forma que indique que está inmersa en la naturaleza y depende de ella –no solo para obtener los recursos necesarios para la vida humana, sino también que sus vidas son más ricas y protegidas por la diversidad y el funcionamiento fluido y eficiente de los muchos ciclos de la naturaleza, como los del agua y los nutrientes-.

Hay una cuestión predominante cuando se considera la armonía tal como la he descrito brevemente. La armonía en el mundo –entre la gente y entre los humanos y el resto de los ecosistemas- no es posible en el contexto del capitalismo. El capitalismo, un sistema que ha existido durante unos 500 años (el capitalismo mercantil durante aproximadamente unos 250 años y el capitalismo industrial durante otros 250)-  un tiempo relativamente corto en la historia de 150.000 años de los humanos anatómicamente modernos- ha mostrado que promueve aquellas relaciones interpersonales e interacciones metabólicas con la Tierra que son nocivas para conseguir una existencia armoniosa. Es el resultado de las características básicas del capitalismo y de las relaciones que crea con su funcionamiento normal. El propósito del capitalismo no es satisfacer las necesidades humanas y preservar el medio ambiente. Tiene un único propósito y fuerza motriz –responsable en última instancia tanto de sus periodos dinámicos como de sus crisis y largos periodos de crecimiento lento (estancamiento)- y este es la acumulación de capital sin fin. El sistema capitalista tiene una serie de características básicas y también promueve características humanas y relaciones específicas. He aquí diez aspectos clave del capitalismo:

  • Tiene que crecer (o entra en crisis) y su auténtica lógica y fuerza motivadora impele al crecimiento.
  • No tiene otra fuerza motriz que la acumulación de cantidades cada vez mayores de capital.
  • Mediante la creación de las así llamadas “externalidades” (o efectos colaterales) inflige daños tanto a los humanos como al ecosistema y los sistemas de soporte vital necesarios para la humanidad y otras especies. En palabras de Paul Sweezy: “Por lo que se refiere al medio ambiente natural, el capitalismo no lo percibe como algo a ser amado y disfrutado sino como un medio para los fines primordiales de conseguir beneficios y una aún mayor acumulación de capital”[1].
  • Promueve el uso de recursos no renovables sin tener en cuenta las necesidades de las generaciones futuras, como si no tuviesen fin, y abusa incluso de recursos renovables como los pesqueros y los forestales.
  • Crea una gran desigualdad de ingresos, riqueza y poder tanto dentro como entre países. No solo la clase, sino la raza, el género y otras desigualdades constituyen sus leyes de movimiento.
  • Requiere y produce un ejército laboral de reserva –personas conectadas precariamente a la economía, la mayor parte en la pobreza o casi pobreza- de forma que haya trabajadores disponibles durante las fases de crecimiento económico y puedan ser fácilmente despedidos cuando no son necesarios en los negocios.
  • Promueve la competición económica y política entre países y el imperialismo, lo que conduce a guerras por el dominio y el acceso a los recursos.
  • Patrocina y recompensa aquellas características humanas particulares que son útiles para prosperar o simplemente para existir en una sociedad tan posesiva-individualista –egoismo, individualismo, competición, avaricia, explotación de otros, consumismo- mientras no permite la plena expresión de aquellas características humanas necesarias para una sociedad armoniosa (la cooperación, el compartir, la empatía y el altruismo).
  • Conduce al colapso de la salud humana dado que la población opera en una sociedad jerárquica, en la que muchos trabajan bajo condiciones peligrosas y físicamente debilitantes o en trabajos que son repetitivos y aburridos –y a la vez están sometidos a la pérdida de empleo o al miedo a perder su empleo (hay muchos efectos sanitarios adversos a largo plazo que siguen a la pérdida de empleo)-.[2]
  • Conduce al colapso de comunidades sanas porque la gente se vuelve más solitaria en sus perspectivas y conducta y la cultura indígena es reemplazada por la cultura y perspectiva capitalista nacional o internacional dominante. La gente se dedica a conseguir más para ellos mismos y sus familias y depender menos de las relaciones recíprocas con otros.

El crecimiento imperativo del capitalismo merece una especial atención porque es uno de los mayores escollos para la armonía entre los humanos y el medio ambiente. Acumulación sin fin implica usar cada vez mayores cantidades de recursos –sin fin- aunque encontremos maneras de usar los recursos con más eficiencia. Una economía que crezca a la muy modesta tasa de un 1 por ciento al año se doblará en unos setenta y dos años, pero una que crezca a un 2 por ciento al año, todavía una tasa baja, doblará su tamaño en treinta y seis años. Y cuando crecen a un 3 y 4 por ciento, las economías se doblan en veinticuatro y dieciocho años respectivamente. China recientemente ha visto tasas récord de crecimiento de más de un 10 por ciento, ¡lo que significa que la producción económica se dobla aproximadamente cada siete años! Sin embargo, ya estamos por mucho usando rápidamente recursos del único planeta que tenemos –agotando los stocks de recursos no renovables rápidamente y abusando y sobreutilizando recursos que son teóricamente “renovables”-. Si la economía mundial se dobla en los próximos veinte a treinta años esto solo puede acelerar el descenso hacia el caos y la destrucción ecológica y probablemente social.

Así el capitalismo promueve los procesos, relaciones y resultados que son exactamente los opuestos a aquellos necesarios para una sociedad ecológicamente sensata, justa y armoniosa.

En la ideología alienada y la práctica de la sociedad burguesa, Marx y Engels destacaron en La ideología alemana, “la relación del hombre con la naturaleza está excluida de la historia y de ahí se crea la antítesis del hombre con la naturaleza.” Los proletarios por tanto tenían la tarea histórica de llevar su “existencia” a la armonía con su “esencia” de una forma práctica mediante una revolución” (cursivas añadidas)[3]. Solo de esta forma podían reestablecer una conexión armoniosa con la naturaleza y con su propia producción. Que Marx y Engels se estaban refiriendo directamente a las etapas tempranas de los que ahora llamamos la crisis ecológica viene indicado por lo siguiente: “La «esencia» del pez es su «ser», el agua –por no ir más allá de esta tesis-. La «esencia» del pez de río es el agua de río. Pero esta agua deja de ser su «esencia», se convierte ya en medio inadecuado para su existencia tan pronto como el río se ve sometido por la industria, tan pronto como se ve contaminado por los colorantes y otros desechos, comienzan a surcarlo buques, o tan pronto como sus aguas se desvían por un canal, en el que se podrá privar al pez de su medio ambiente, interceptando el paso del agua.”[4]

No obstante, para muchos el rol que interpreta el capitalismo en la destrucción ecológica es invisible. Así, los antagonismos ecológicos y sociales y las contradicciones del capitalismo a menudo se diagnostican erróneamente. Algunos observadores defienden que muchos de los problemas están causados por el ascenso de la sociedad industrial. De ahí se deriva la idea de que cualquier sociedad basada en, o que utilice producción industrial necesariamente tendrá los mismos problemas de recursos y medioambientales. Otros echan la culpa de la irreflexiva explotación de los recursos naturales y el gran daño hecho al medio ambiente a la existencia de demasiada población. La gran cantidad de población, que excede la capacidad de carga del planeta, mantienen, es la culpable, y la solución es, por tanto, la reducción de la población de la Tierra tan rápidamente como sea posible. (Por supuesto algo no fácil de hacer con medios humanos). Algunos comentaristas ahistóricos dicen que el problema es endémico a los humanos porque somos intrínsecamente avariciosos y materialistas. Con unas pocas excepciones importantes, las discusiones no marxistas descuidan incluso ver las características y trabajos del capitalismo, no digamos ya examinarlas con alguna profundidad. Están tan imbuidos en el sistema que suponen que el capitalismo, que muchos etiquetan erróneamente como “la economía de mercado”, seguirá por siempre –incluso, suponen ilógicamente, aunque destruyamos la Tierra misma como un lugar para la vida humana- mientras cualquier otro tipo de sistema económico es absolutamente inconcebible. Los contextos económico, social e histórico se ignoran completamente.

Las soluciones alternativas racionales y útiles a cualquier problema dependen de unos análisis y diagnósticos realistas de lo que provoca que este se produzca. Cuando a tal análisis le falta entidad las “soluciones” propuestas muy probablemente serán inútiles. Por ejemplo, hay gente que está obsesionada con el agotamiento de los recursos no renovables causado, en su opinión, por la “sobrepoblación”. Por tanto proponen, como la sola y única “solución”, un rápido “decrecimiento” de la población mundial. Los programas que proporcionan anticonceptivos a mujeres de los países pobres se presentan por tanto como una herramienta importante para solucionar el problema ecológico global. Sin embargo, aquellos preocupados por el exceso de población normalmente no discuten el sistema económico que es tan destructivo para el medio ambiente y la población o la cuestión práctica y crítica moral de las enormes desigualdades creadas por el capitalismo. Incluso se ignora que el capitalismo mismo requiera el crecimiento de población como parte de su expansión global.

Así, un aspecto crítico casi siempre olvidado en las discusiones por aquellos preocupados por la población en cuanto esta afecta el uso de los recursos y la contaminación es que la abrumadora mayoría de los problemas medioambientales de la Tierra están causados por los ricos y sus estilos de vida –y por un sistema de acumulación de capital que predominantemente sirve a sus intereses-. El personal del Banco Mundial estima que el 10 por ciento más rico de la humanidad es responsable de aproximadamente el 60 por ciento de todo el uso de los recursos y por tanto del 60 por ciento de la contaminación (muy probablemente una subestimación). Los comentaristas obsesionados por los recursos no renovables y la contaminación como los temas predominantes no pueden ver que una de las principales “soluciones” –promover el control de natalidad en los países pobres- ni siquiera se acerca a empezar a resolver el problema principal. Ni que decir tiene que los pobres deberían tener acceso a los servicios médicos, incluyendo los de planificación familiar. Este se debería considerar un derecho humano básico. Los derechos de la mujer a este respecto son uno de los indicadores clave de desarrollo democrático y humano. ¿Pero cómo puede la gente obsesionada con las meras cifras de población ignorar el hecho de que son las clases más acaudaladas del mundo las que explican la mayor parte de esos problemas –ya se contemple el uso de los recursos, el consumo, los desechos o la contaminación medioambiental- que son considerados tan importantes para la supervivencia de la sociedad e incluso de la humanidad?

Además de la enorme cantidad de recursos utilizados y la contaminación causada por los individuos ricos, los gobiernos también son responsables. El ejército de los EEUU es uno de los principales usuarios de recursos –de petróleo a cobre, zinc, estaño y tierras raras-. El ejército es también el mayor consumidor único de energía en los Estados Unidos.[5]

Mientras el capitalismo crea muchas de las características y relaciones discutidas más arriba, debemos tener tener siempre en mente que mucho antes de que el capitalismo existiese había aspectos sociales negativos como la guerra, la explotación de la gente y los recursos y el daño ecológico. No obstante, el capitalismo solidifica y convierte en sistémicos estos problemas mientras al mismo tiempo crea otros aspectos negativos.

Vivir en armonía con el planeta

Es seguro que no hay forma de alcanzar una civilización verdaderamente armoniosa con un sistema económico en el que las decisiones son tomadas por individuos privados basadas en cuanto capital se acumulará así como por la avaricia personal y el consumismo. En una sociedad así “las relaciones sociales no se convierten más que en reflejos de la fuerza dominante de la economía capitalista de la sociedad”[6]. Las estructuras jerárquicas de clase están solidificadas –con trabajadores (manuales o de cuello blanco), pequeños propietarios (lo que incluye a campesinos y artesanos que trabajan para sí mismos o en pequeñas unidades), y propietarios y gestores de grandes empresas-. La relación de un trabajador con un gestor o propietario empresarial refleja diferencias de riqueza y poder en el lugar de trabajo y en el mundo exterior. Y el trabajador y el jefe tienen diferentes intereses. El jefe intenta maximizar los beneficios mientras el trabajador intenta conseguir mayores ingresos y mejores condiciones de trabajo. Porque de la fuerza motriz del capitalismo y los procedimientos, prácticas y enfoques incrustados en su ADN no hay forma de reformar o modificar el sistema para cumplir los objetivos de sostenibilidad, armonía o civilización ecológica. El capitalismo, por su propia esencia, es antisostenible, antiarmónico y antiecológico. Para Marx el capitalismo generó una “ brecha irreparable” en el metabolismo entre la naturaleza y la sociedad, exigiendo la “restauración” de este metabolismo básico esencial para la vida –una restauración que necesitaba un orden social más armonioso más allá del capitalismo-.[7]

Nadie puede predecir los detalles de cualquier civilización futura. Pero, para ser ecológica y socialmente sostenible –exigencias básicas para una sociedad armoniosa- será necesario que una economía tenga el único propósito de satisfacer necesidades humanas básicas materiales e inmateriales (lo que, por supuesto, incluye un ecosistema saludable) para todo el mundo. Como en muchas sociedades precapitalistas, será necesario que la economía esté inmersa en las relaciones humanas y debe estar bajo control del pueblo.

Una civilización ecológica o armoniosa, una sociedad verdaderamente sostenible y ecológicamente sensata, debería tener determinadas características básicas. Tendrá que detener el crecimiento económico después de que las necesidades humanas básicas estén satisfechas. También tendrá que promover, animar y recompensar las características humanas positivas de cooperación, compartir, empatía y reciprocidad. Y debe funcionar con respeto y cuidado del medio ambiente –local, regional y globalmente-.

Hay gente que cree que la naturaleza tiene derechos por sí misma y que la “madre Tierra” (o Pachamama, en el lenguaje de los pueblos de los Andes en Sudamérica) debería ser respetada y cuidada solo porque es justo y ético hacerlo. Pero incluso tomando un punto de vista antropocéntrico, va en beneficio directo de los humanos y sus sociedades crear y mantener un funcionamiento y diversidad biológica y de hábitat, esencial para un ecosistema próspero. Para vivir vidas sanas, satisfechas y felices ahora y para las generaciones por venir, la gente necesita agua y aire limpios, suelos sanos y productivos, un uso sabio y cuidadoso de los recursos renovables y no renovables. Los ecosistemas degradados deben ser regenerados. Los humanos necesitan lugares en los que ver y disfrutar el mundo natural –parques, bosques, pantanos, lagos-. Cuando la gente comprende la belleza de la naturaleza y su importancia para su existencia, viven vidas emocionalmente más ricas y están conectados con el mundo natural en un nivel emocional profundo. Se ha acuñado incluso un término para describir a los niños que no experimentan el mundo natural con regularidad (y en los países ricos industrializados estos pueden incluir a la mayoría): “desorden de déficit de naturaleza”. Aunque algunos niños se adaptan a vivir principalmente en interiores y a relacionarse con el mundo básicamente mediante aparatos electrónicos, hay muchos que sufren consecuencias que van de la falta de vitamina D a sistemas inmunes deprimidos (más probablemente enfermos) a problemas de conducta como la agresividad.[8] Dado que nuestras vidas son tan dependientes de ecosistemas locales, regionales y mundiales sanos, proteger y regenerar el medio ambiente debe ser un objetivo para una sociedad que busca la armonía en su sentido más amplio.

Un sistema económico-político-social diseñado para satisfacer las necesidades materiales e inmateriales humanas básicas de todos (como planteamos más arriba) exigirá un proceso de toma de decisiones democrático radicado en las comunidades y la cooperación entre muchas comunidades y regiones.

Será fundamental que la gente viva con un nivel de vida mucho más modesto de lo que se denomina el estándar de vida de clase media occidental. Lo que viene subrayado por la estimación del Banco Mundial de que aproximadamente el 75 por ciento del uso de todos los recursos (y, por tanto, de la contaminación) lo causan el 20 por ciento más rico de la humanidad, aproximadamente 1,4 mil millones de personas. Incluso aquí, como veremos, las estadísticas son indudablemente conservadoras. Como explicaba mi libro (escrito con John Bellamy Foster) Lo que todo ecologista necesita conocer del capitalismo:

Es importante reconocer que esto [la gran disparidad de ingresos/riqueza que caracteriza la sociedad mundial] es una cuestión de clase y otras formas de desigualdad social, así como de desigualdad entre países. En 2008, los norteamericanos en el quintil de ingresos más alto (el 20 por ciento superior) gastaron tres o cuatro veces más en vivienda y vestido, y cinco veces más en transporte que aquellos en el quintil más pobre. En Canadá, donde los datos de consumo están disponibles por agrupaciones que representan al 10 por ciento de la población (deciles), los analistas de la huella ecológica descubrieron que el decil de máximos ingresos tiene una huella ecológica nueve veces superior a la del decil más bajo, y una huella de bienes de consumo cuatro veces superior a la del decil más bajo.[9]

Cuando se observa a escala global, la desigualdad es aún peor. Estudios recientes han mostrado que un “mero 2 por ciento de los individuos adultos del mundo poseen más de la mitad de la riqueza privada mundial, representando el 1 por ciento más rico el 40 por ciento de los activos totales mundiales; mientras la mitad inferior de la población mundial tiene escasamente un 1 por ciento.”[10]

Una sociedad armoniosa y ecológicamente sensata debe promover la igualdad sustantiva. Es imposible que todo el mundo viva con un estándar de vida muy alto (el así llamado de clase media occidental) puesto que esto necesitaría una huella ecológica que el planeta no puede mantener. Ni es compatible un sistema verdaderamente democrático (esencial para una sociedad armoniosa) con condiciones en las que unos pocos viven en el lujo mientras la mayor parte de la población vive con estándares de vida mucho más bajos. Una relación armoniosa entre la naturaleza y la sociedad requiere por tanto condiciones igualitarias. De hecho, ¿cómo podrían unos pocos conseguir vivir con un estándar más alto que la masa de la población cuando las decisiones económicas, entre las que se encuentran las de inversión, salarios, tipos de propiedad privada permitidos, etc. se toman mediante procedimientos democráticos, planificados?

Si la sociedad tiene que cubrir las necesidades de toda la población para que viva vidas decentes, no podemos éticamente tener un grupo,.por pequeño que sea, que constituya una clase rica ociosa que promueva lo que el economista Thorstein Veblen llamaba el “consumo ostentoso”, en el que todo el mundo intenta superar a sus vecinos en posesiones físicas.[11]

En un texto anterior abordaba el tema de la civilización ecológica empezando con una exposición sobre conceptos ecológicos básicos.[12] Describía los pilares que aseguran ecosistemas fuertes –diversidad; ciclos naturales eficientes a través de relaciones metabólicas estrechamente vinculadas; autosuficiencia; autoregulación; y resiliencia mediante autorenovación-. La exposición discutía entonces cómo usar estos pilares como un marco para examinar las características de una posible civilización ecológica futura.

Déjenme dar solo un ejemplo de los cambios que pueden suceder cuando a las comunidades se les da el control sobre su economía (autoregulación). En Venezuela, pescadores a pequeña escala tenían problemas causados por las grandes y perturbadoras capturas hechas por enormes barcos arrastreros. Las técnicas de arrastre no solo capturaban grandes cantidades de pescado sino que también dañaban el suelo marino y la vida del coral tan importantes para mantener el stock de pescado para el futuro. El gobierno nacional prohibió los arrastreros de las aguas territoriales venezolanas. En conformidad con su enfoque con otras comunidades, se animó a las comunidades pesqueras a tomar decisiones y a gestionar sus recursos colectivamente. Ahora, la cooperativa pesquera de Chuao –un pueblo conocido principalmente por la calidad del chocolate producido a partir de sus árboles de cacao- decide colectivamente cuándo y dónde pescar y cuánto capturar, y el tamaño del stock pesquero a mantener. Son capaces no solo de alimentar a su comunidad, sino también de vender pescado a los mercados de bajo coste gestionados por el gobierno para suministrarlo a la población general. Han ganado un asomo de autosuficiencia (otro pilar de ecosistemas fuertes) gracias a sus propios huertos, la pesca que capturan, el cacao y las bananas que venden. Al controlar la localización, la cantidad y el tamaño de la pesca que capturan se encuentran en una relación metabólica consciente con vínculos estrechos y planificada (otro pilar importante de los ecosistemas fuertes cuando se aplica a la sociedad) con el mundo natural basado en el respeto a este recurso y su preservación para las generaciones futuras.

Para resumir, una civilización armoniosa exige una economía y una política bajo el control social. Una en la que las comunidades luchen por: (1) la autoregulación mediante procesos democráticos significativos; (2) la autosuficiencia para las necesidades vitales críticas (aunque la completa autosuficiencia no es ni necesaria ni deseable); (3) la igualdad económica en la que todo el mundo tenga sus necesidades materiales cubiertas –pero no más-;  y (4) la aplicación de enfoques ecológicos para la producción, la forma de ganarse la vida y el transporte.

Podemos simplificar los problemas usando la siguiente ecuación:

Civilización armoniosa =

Socialismo (con la economía y la política bajo control social, lo que significa control democrático por parte del pueblo y que los trabajadores controlen sus fábricas, granjas y todos los demás lugares de trabajo)

  • + una economía que funcione con el objetivo de producir bienes y servicios que cubran las necesidades humanas básicas y al mismo tiempo proteja el medio ambiente
  • + igualdad sustantiva
  • + vivir sencillamente

Todo esto implica por supuesto cultivar una nueva ética armoniosa como parte de una revolución ecológica. Como declaraba el Dao De Jing  (también conocido como el Laozi): “La gente se muere de hambre porque los ricos toman demasiado… Solo aquellos que no usan la vida como un medio [para el engrandecimiento] son capaces de valorar la vida.”[13] Debemos encontrar una forma de volver a esta concepción esencialmente armoniosa, ecológica en la sociedad en que vivimos.

[1] Paul M. Sweezy, “Capitalism and the Environment,” Monthly Review 41, no. 2 (1989): 8.

[2] Para unos pocos ejemplos, véase Daniel Sullivan and Till von Wachter, “Job Displacement and Mortality,” The Quarterly Journal of Economics 124, no. 3 (2009): 1265–1306; Frances M. McKee-Ryan, et. al., “Psychological and Physical Well-Being During Unemployment,” Journal of Applied Psychology 90, no. 1 (2005): 53–76; y Philip Oreopoulos, Marianne Page, and Ann Huff Stevens, “Intergenerational Effects of Worker Displacement,” Journal of Labor Economics 26, no. 3 (2008): 455–83.

[3] Karl Marx and Frederick Engels, Collected Works, vol. 5 (New York: International Publishers, 1975), 55–58.

[4] Ibid.

[5] 4 Daily Energy Report, “A Look at US Military Energy Consumption,” June 8, 2011, http://oilprice.com.

[6] Harry Magdoff y Fred Magdoff, “Approaching Socialism,” Monthly Review 57, no. 3 (2005): 19–61.

[7] Karl Marx, Capital, vol. 1 (New York: Penguin, 1976), 637–38; Capital, vol. 3 (London: Penguin, 1981), 949.

[8] Richard Louv, Last Child in the Woods (Algonquin Books, 2008).

[9] Fred Magdoff y John Bellamy Foster, What Every Environmentalist Needs to Know About Capitalism (New York: Monthly Review Press, 2011), 34–35.

[10] Ibid., 84.

[11] Thorstein Veblen, The Theory of the Leisure Class (New York: New American Library, 1953).

[12] Fred Magdoff, “Ecological Civilization,” Monthly Review 62, no. 8 (2011): 1–25.

[13] P.J. Laska, The Original Wisdom of the Dao De Jing (Green Valley, AZ: ECCS Books, 2012), 98.

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Acerca de Carlos Valmaseda

Trabajo como bibliotecario en el Instituto Cervantes. Tras vivir en Moscú y Manila actualmente resido en Nueva Delhi.
Esta entrada fue publicada en Cambio climático, Decrecimiento, Ecología, Economía, Ecosocialismo, Política, Resiliencia. Guarda el enlace permanente.

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