El campesinado como clase en el contexto filipino por Eduardo C. Tadem

[Traducido en 2013]

Este artículo intenta usar una definición modificada del campesinado basado en (1) una reconfiguración no tradicional del concepto basada en una definición más flexible y menos rígida de la categoría y (2) datos de campo de tres villas rurales en la región central de Luzón en las Filipinas. Esta definición más matizada es el resultado de una interrogación de las diversas interpretaciones de clase entre especialistas y pensadores de diversas tradiciones de izquierda con respecto al sector agrario en general y el campesinado en particular. La configuración propuesta del campesinado como clase cubre no solo la relación con los medios de producción sino que también tiene en cuenta los aspectos políticos, sociales y culturales de las relaciones entre clases en las sociedades agrarias y dentro de ellas. El artículo procede luego a aplicar la redefinición de la clase campesina en el contexto de la narrativa socio-histórica del área de investigación de campo.[1]

La naturaleza de la sociedad campesina

El trabajo académico sobre las sociedades agrarias se divide generalmente en dos tradiciones principales: los “esencialistas” y los “no esencialistas”. La escuela “esencialista” está representada por las obras de Alexander V. Chayanov quien (en 1925) desarrolló una “teoría de la conducta campesina en el nivel de la granja individual familiar” que da lugar a una economía “con su propia dinámica de crecimiento y sistema económico” y enfocada a las necesidades de subsistencia más que al beneficio (Kerblay, 1987, p. 177; Bryceson, 2000, p. 11). Su enfoque era reclamar para la economía campesina las características de un “’tipo’ general (y genérico) similar a un modo de producción (MDP)…”, los elementos clave del cual “producen (o expresan) una lógica o dinámica interna distintiva, ya sea cultural, sociológica, económica o en alguna combinación de estas” (Bernstein&Byres, 2001, p. 2).

El concepto de modo de producción (MDP) se puede tomar en un sentido socio-económico estricto, esto es, para denotar “un conjunto particular de relaciones sociales entre los productores directos y una clase de no productores que se apropian del producto excedente, y la base sobre la que se extrae el excedente” (Alavi, 1987, p. 186) o uno más inclusivo, esto es “todas las relaciones sociales que incluyen las relaciones políticas, ideológicas así como las económicas” (Fine & Harris, 1979, pp. 12-13). Este artículo adopta esta última definición más inclusiva de modo de producción.

Los no esencialistas niegan el concepto de un modo de producción campesino específico señalando que los campesinos en realidad constituyen una clase o una fracción de una clase que se puede encontrar tanto en los modos precapitalistas como capitalistas de producción.[2] Para los marxistas ortodoxos la economía campesina es “una forma de capitalismo incipiente, representada por la producción mínima de mercancías” (Kerblay, 1987, p. 177).

Para los esencialistas, la sociedad campesina, como un sistema socio-económico distinto y relativamente estable que ha persistido a lo largo de la historia de la humanidad, está formada de las siguientes facetas interdependientes y que se refuerzan mutuamente:[3]

  1. Trabajo familiar; producción para las necesidades básicas (valor de uso) y no para el beneficio (valor de cambio), pero no completamente aislada debido a la participación en mercados de bienes y trabajo;
  2. División simple del trabajo y baja especialización;
  3. Patrones de organización social de parentesco (reciprocidad);
  4. Autosuficiencia y capacidad de reproducirse por sí mismo;
  5. El sentimiento de comunidad en relación a fuerzas externas apropiándose del producto de la plusvalía de la granja y ejerciendo hegemonía política sobre ella; y,
  6. Normas culturales, conocimientos, prácticas (visión del mundo) y experiencias distintas que crean una división cultural de “nosotros” contra “ellos”.

A estas caracterizaciones se puede superponer el concepto de MDP, pero utilizado en un sentido totalmente inclusivo. Después de todo, Marx se refería a menudo a un “modo de producción campesino” (Marx, 1969, p. 478) pero no dio una definición precisa y exclusiva del concepto de MDP usándolo para referirse tanto a “la forma de producción material, a la organización amplia de la sociedad; como un objeto histórico concreto (o) como un modelo abstracto” (De Janvry, 1981, p. 96).

Para Fine y Harris (1979, pp. 12-13) el uso de Marx del MDP en un sentido que lo abarca todo, esto es, la “organización amplia de la sociedad”, es el más útil. Para su artículo, el uso de esta forma del concepto de MDP permite (1) refutar parcialmente la carga de “determinismo económico” que se atribuye a menudo a Marx y a sus seguidores, (2) trae la idea de estar relacionado con una visión generalmente esencialista del campesinado y, (3) permite asignar a la sociedad  campesina un modo específico y único de producción.

Además este uso es lo suficientemente flexible para permitir la utilización de enfoques alternativos no esencialistas para analizar la sociedad campesina, por ejemplo, tendencias en la diferenciación campesina, y “vínculos de la producción campesina con el trabajo asalariado, (… ) y sus implicaciones para la formación de clase campesina y la localización en divisiones sociales del trabajo” (Bernstein&Byres, 2001, p. 8).

La existencia de campesinos en diversas formaciones sociales a lo largo de la historia de la humanidad puede estar justificada por el concepto de “articulación y coexistencia de modos de producción” que se definen como la relación entre una economía capitalista por un lado y unidades productivas organizadas mediante relaciones precapitalistas en el otro (Wolpe, 1980, p. 41). Esto es particularmente relevante en sociedades en desarrollo en las que la experiencia colonial superpuso modos capitalistas en sociedades básicamente no capitalistas pero con roles dominantes cambiantes.

El campesinado como clase

Un punto de vista similar totalmente inclusivo se toma con respecto al concepto de campesinado como “clase”. Al afirmar que “Marx no ve la clase en la forma mecánica que muchos marxistas hacen”, Roseberry (1983, pp. 74-75) se aboga por una noción inclusiva más amplia de clase para cubrir no solo las relaciones de producción sino también “la formación de un sentimiento de comunidad”, siendo considerada más tarde esta última como “básica en la definición de clase de Marx”.

Chayanov comparaba a los campesinos “con proletarios por una parte (y) “granjeros” empresarios y orientados al mercado por otra” (Bernstein&Byres, 2001, p. 10). Las relaciones con grupos externos como los terratenientes, las grandes granjas capitalistas, los mercaderes, el estado y las fuerzas urbanas están marcadas por la “subordinación y explotación”. Pero estas relaciones se encuentran fuera de la esfera de la esencia de la sociedad campesina.

Para Hobsbawm (1998, pp. 198-199), el campesinado, en un sentido histórico, no es solo una clase “en sí” sino que también exhibe los trazos de una clase “para sí” habiendo formado la mayor parte de la humanidad durante la mayor parte de la historia y eran “conscientes de su distinción respecto a, y (…) la opresión por parte de las minorías de no campesinos, en los que no confiaban o no les gustaban.”

La “clase” se puede tomar también en un sentido político, por ejemplo, cuando los campesinos, durante las situaciones de crisis, son conducidos a la lucha contra “terratenientes capitalistas, diversos grupos de habitantes de la ciudad relacionados con el capital, y el estado” sin importar que estos se caracterizan a menudo por “una inevitable fragmentación (…) en pequeños segmentos locales” y la “diversidad y vaguedad en sus objetivos políticos” (Shanin, 1987b, p. 357). Para Roseberry (1983), un análisis histórico debería mostrar que roles múltiples y actividades económicas diversas (además del trabajo en la granja) han caracterizado largamente a las sociedades campesinas y que la totalidad de estas funciones es lo que da lugar a una clase campesina.

En nuestra tipología del “campesinado” como clase, el término se puede utilizar ahora para referirse a pequeños y medianos productores rurales que son o arrendatarios o inquilinos, cultivadores propietarios o cualquier otro tipo similar así como trabajadores asalariados rurales o semiproletariado rural que todavía mantienen sus parcelas o sus vínculos (parentesco u otro) con unidades de producción rural a pequeña escala o una comunidad rural en general.

El cambio agrario y la “desaparición del campesinado”

La noción clásica marxista de cambio rural deriva de la idea de que cuando el capitalismo está ascendiendo barre a un lado a todos los modos previos de producción y los transforma en el nuevo modo. En la agricultura, este cambio puede tomar la forma de dos etapas complementarias: (1) la separación (forzada o no) del campesinado con parcelas de los medios de producción (tierra) y su transformación en una clase rural o urbana asalariada (proletariado)[4] y/o, (2) junto con (1), la concentración de tierra en las manos de grandes granjas capitalistas que utilizan trabajo asalariado y maquinaria avanzada y en las que la producción se realiza puramente en busca de beneficio; reemplazando así a las pequeñas granjas familiares.[5] Los siguientes pasajes ilustran estas transformaciones:

“Igual que el modo capitalista de producción en general está basado en la expropiación de las condiciones de trabajo a los trabajadores, en la agricultura esto presupone la expropiación a los trabajadores rurales de la tierra y su subordinación al capitalista, quien se dedica a la agricultura en búsqueda de beneficios (Marx 1967b:614-615).

(…) el movimiento histórico que convierte a los productores en trabajadores asalariados parece, por una parte, como su emancipación de la servidumbre y de los grilletes de los gremios (…) pero por otra parte, estos nuevos hombres libres se convierten en vendedores de sí mismos solo después de que se les haya robado todos sus medios de producción y todas las garantías de existencia que proporcionaban los viejos acuerdos feudales. Y la historia de esto, de su expropiación, está escrita en los anales de la humanidad en letras de sangre y fuego. (…) La expropiación del productor agrícola, del campesino, del suelo, es la base de todo el proceso. La historia de esta expropiación toma diferentes aspectos en diferentes órdenes de sucesión y en diferentes periodos (Marx 1967a:715-716).

Lenin (1956:68) se hizo eco del análisis de Marx sobre “la separación del productor directo de los medios de producción” como algo que significaba “la transición de la producción simple de mercancías a la producción capitalista”. Él veía el proceso de transformación rural en una sociedad agraria atrasada y muy subdesarrollada en la última década del siglo XIX y señalaba que la “diferenciación campesina” había tenido lugar dividiendo así al campesinado en tres tipos: los campesinos ricos adinerados, los campesinos medios, y los campesinos pobres (Lenin 1956, pp. 71-192). Los campesinos ricos se convirtieron en una clase rural capitalista mientras  los campesinos pobres se transformaron en un proletariado rural asalariado. Por lo que se refiere al campesinado, una gran mayoría terminaría en las filas del proletariado rural y solo unos poco se convertirían en parte de la burguesía rural. Lenin llamaba a todo este proceso “descampesinización”, dando como resultado “la disolución del viejo campesinado patriarcal” (Lenin 1956, p. 177).[6]

Separándose significativamente de las nociones clásicas marxistas de cambio agrario, Karl Kautsky, tal como lo cita Alavi (1987, p. 192), ve el desarrollo de una relación simbiótica y complementaria entre las granjas familiares y las grandes propiedades capitalistas, proporcionando las primeras a las últimas un suministro de trabajo barato que permite a las granjas grandes maximizar el beneficio ya que la reproducción del trabajo recae enteramente en el hogar campesino. Así el ascenso de las grandes granjas capitalistas y su dominio sobre las pequeñas granjas campesinas no causa la disolución de estas últimas. Al faltar tierra suficiente para mantenerse, los hogares campesinos se ven forzados a vender su trabajo pero no se les desposee de los medios de producción (Hussain&Tribe, 1981, p. 107). A pesar de la fe de Kautsky en la eficiencia de las granjas grandes, sabía que “no hay una tendencia a que reemplacen las granjas pequeñas”.

Del análisis de Kautsky uno podría concluir que el campesinado no puede desaparecer en absoluto dado que en las interacciones con fuerzas externas, las “diversas formas de apropiación” son todas “externas a la esencia interior de la existencia campesina, que puede por tanto no solo sobrevivir (…) sino posterior y consecuentemente, florecer” (Bernstein&Byres, 2000, p. 7). En el Sudeste de Asia, la persistencia de la granja familiar ha sido una característica del cambio rural y este fenómeno se mantiene precisamente por “la implicación de las familias granjeras en actividades industriales no campesinas” (Rigg, 2000, p. 17).

Incluso en condiciones en las que la mayor parte del trabajo rural es ahora asalariado y sin tierra, muchos todavía “conservan su calidad de campesinos” en virtud de sus “vínculos con la forma campesina de existencia de sus comunidades rurales” (Harris, 1978, p. 8). El mantenimiento de estos vínculos permite a muchos habitantes rurales estar a caballo entre el pequeño propietario autosuficiente y el proletariado rural. Esto se puede interpretar como una forma de “resistencia contra la penetración capitalista” y de “ser totalmente dependientes de salarios para su subsistencia” dadas las precarias condiciones del trabajo asalariado: inseguridad en el trabajo, salarios bajos, demanda de trabajo estacional y la constante amenaza del desempleo.

En Filipinas, “buena parte del proletariado asalariado mantiene el acceso a la tierra mediante lazos familiares o mediante la aparcería y el cultivo por arrendamiento” (Banzon-Bautista, 1984, p. 174). Esto es cierto incluso en el sector laboral considerado más “proletarizado” en el país –los trabajadores inmigrantes del azúcar en la provincia de Negros quienes, entre su trabajo estacional en haciendas azucareras o en la temporada baja en la producción de azúcar, cultivan lotes en tierras marginales alrededor de la plantación o reciben la ayuda de sus familias granjeras de vuelta a casa-. Larkin (2001, pp. 175-176) describe todo un hogar campesino en los años 20 “reclutado”  para proporcionar trabajo a una plantación azucarera filipina que tiene a su disposición “un poco de tierra” y algunas veces animales de granja, y donde la división del trabajo se produce de acuerdo con la edad y el género. Comprensiblemente, las filas del campesinado no han producido granjeros capitalistas “a pesar del desarrollo de un mercado de trabajo agrícola (…) y de granjeros capitalistas en algunas áreas” (Banzon-Bautista, 1984, p. 178).

En este punto, es necesario introducir dos conjuntos de conceptos que no pertenecen a la tradición del pensamiento marxista pero que podrían complementar la discusión expuesta arriba y fortalecer la visión de un modo de producción campesino diferenciado. Estas son: (1) los conceptos gemelos de economía moral campesina y subsistencia ética y (2) las formas cotidianas de resistencia campesina y de política cotidiana.

La economía moral campesina y la subsistencia ética

En las sociedades premodernas, precapitalistas o no capitalistas, la idea de una economía moral campesina basada en la subsistencia ética surge de cultivadores pobres “viviendo muy cerca del margen” y teniendo en consecuencia miedo a la escasez de alimentos (Scott, 1976, pp. 4-12). La principal preocupación de la familia campesina era cubrir las necesidades diarias del hogar así como lo reclamado por las élites y el estado.

Esta visión campesina del mundo también comprendía (1) “la noción de justicia económica” que incluía “patrones de reciprocidad, la generosidad forzada y el compartir la tierra comunal y el trabajo para asegurar a todos los miembros de la comunidad el acceso a recursos para cumplir las obligaciones con la comunidad…” (Moore, 1966, p. 97; Scott, 1976, p. 3); (2) una definición operativa de explotación, esto es, “que proclama sobre su producto qué es tolerable y que intolerable”; (3) la aplicación del principio de “seguridad primero” o “evitar el riesgo” en la producción de la granja donde la prueba principal es ‘¿Cuánto se queda?’ en lugar de ‘¿Cuánto se toma?’

Las presiones sociales respecto a la economía moral se aplican a residentes de la comunidad relativamente acomodados y a las relaciones con las “élites de fuera”. Cualquier violación de estos conceptos de equidad social y justicia “se podría esperar que provocase resentimiento y resistencia –no solo porque las necesidades no se cubran, sino porque se violan los derechos-.” Algunas rebeliones campesinas se han rastreado por estas transgresiones.

En las sociedades campesinas en las que se han hecho incursiones capitalistas, las demandas de los aldeanos pobres no se limitan a las necesidades de subsistencia sino que también incluyen “un conjunto de decoros culturales que sirven para definir lo que significa la plena ciudadanía en esa sociedad local” (Scott, 1985, pp. 236-237). Dignidad, respeto y “una existencia humana plena” son temas esenciales, el cumplimiento de los cuales requiere el acceso a “un cierto nivel de recursos materiales” (Scott, 1985, pp. 236-237; Kerkvliet, 1991, p. 17-18).

Formas cotidianas de resistencia campesina y política cotidiana

Ver la historia de las sociedades campesinas desde abajo descubre formas de resistencia que forman parte de las luchas diarias del campesinado contra las imposiciones externas. Diferenciándose de formas externas como rebeliones y revoluciones, “las formas cotidianas de resistencia campesina” son “pasivas, espontáneas y casi a punto del desafío colectivo en el acto.” Incluyen “’arrastrar los pies’, disimulo, deserción, evasión, huída, cumplimiento falso o pasivo, robo, ignorancia fingida, calumnia, incendios provocados, sabotaje sutil, ocupación ilegal y intrusión, y demás” (Scott, 1985, pp. 28-37)

Como las auténticas rebeliones campesinas son sucesos raros que a menudo terminan en la derrota y la represión violenta o, si tienen éxito, tienen sus pros y sus contras para el campesinado, Scott estima más importante comprender “la lucha prosaica pero constante entre el campesinado y aquellos que buscan extraer de él trabajo, alimentos, impuestos, rentas e intereses”.

También llamadas “las armas de los débiles”, estas acciones “se basan en acciones individuales y tienen como objetivo más la autoayuda que conseguir reformas”. Son por tanto “informales, a menudo encubiertas y preocupadas principalmente por conseguir ganancias inmediatas, de facto” aunque a veces pueden ser informalmente guiadas por “redes de comprensión y práctica”. De una forma típicamente campesina evitan “cualquier confrontación simbólica directa con la autoridad o con las normas de la élite” y por tanto son una opción que se puede llevar a cabo “con seguridad”. La intensidad y el nivel de resistencia a menudo se calculan para minimizar el riesgo y las represalias y en algunos casos, los apropiadores inmediatos no se enfrentan directamente. Scott afirma que estas técnicas de resistencia de “guerrilla” se adaptan bien al campesinado debido a su “diversidad y baja conciencia de clase, su localización dispersa, naturaleza indisciplinada y falta de liderazgo.”

Hay sin embargo un vínculo entre ciertas formas cotidianas de resistencia y la rebelión abierta. Los partidarios más fervientes de las rebeliones eran a menudo aquellos que habían abandonado previamente el centro y se habían retirado a la periferia de áreas principalmente montañosas –el clásico síndrome de huida como un modo de resistencia cotidiana (Ileto, 1998, pp. 110-113)-.

Las formas de resistencia cotidiana también nos llevan al reino de la “política cotidiana” o la “política en la vida cotidiana” (Kerkvliet, 1991, p. 11). Esto implica ver cómo penetra la política en la vida diaria de la gente, cómo se unen e interactúan “en diferentes posiciones de clase y estatus”. Kerkvliet define la política de la vida cotidiana como formada por “los conflictos, decisiones y cooperación entre individuos, grupos y organizaciones examinando el control, la asignación y el uso de recursos y los valores e ideas subyacentes a estas actividades” (Kerkvliet 1991, p. 14). En el contexto de la desigualdad rural, añade Kerkvliet, la política cotidiana describe cómo “la gente intenta reclamarse entre sí y en el rango de recursos de acuerdo a sus relaciones con aquellos ‘superordinados’ o subordinados a ellos y desde el punto de vista de sus intereses y valores”.

El área de estudio

Las tres villas (barangays) de San Vicente y Santo Niño en Bamban, Tarlac y Calumpang en Mabalacat, Pampanga, están situadas en medio de montañas y colinas onduladas en la región central de Luzón en las Filipinas. Conocidas colectivamente como Sacobia (por un río que recorre la zona sur del área) su historia fue seguida por este estudio desde sus inicios como comunidad campesina establecida a finales de los 40 hasta inicios de los 90.

La investigación para este estudio se dividió en dos fases separadas por el tiempo.[7] La primera fase fue el plan de investigación y el trabajo de campo realizado en 1990-1991. La segunda fase fue la reconceptualización de la investigación original en 2002 y el subsiguiente retorno al campo para realizar más entrevistas. Los estudios de campo fueron realizados intermitentemente desde febrero de 2003 a septiembre de 2004 como parte de mi tesis doctoral para el Programa de Estudios del Sudeste de asia en la Universidad Nacional de Singapur.

En la primera fase, el campo real del trabajo de investigación se hizo entre enero de 1991 y agosto de 1991 y duró un total de 60 días con visitas menos frecuentes después de junio de 1991 debido a la erupción del volcán Pinatubo. Utilicé un formato de entrevista informal y no estructurada con preguntas que trataban de los problemas de investigación relacionados con un proyecto de desarrollo integral rural (DIR) iniciado por el estado en el área así como con la historia de las villas. Planifiqué entrevistas y también utilicé encuentros casuales con los residentes. También realicé entrevistas con funcionarios de la Sacobia Development Authority (SDA), la agencia gubernamental encargada del proyecto de DIR en sus oficinas de campo en el área. En conjunto, se entrevistó a un total de 99 encuestados -74 residentes en las villas, 7 funcionarios de la SDA, y otros 18 funcionarios gubernamentales y otros expertos. En Manila la investigación documental se realizó en diversas oficinas gubernamentales relevantes y en bibliotecas universitarias.

Utilicé un marco de ciencia social interdisciplinar. Esto exigía prestar atención a todos los aspectos humanos del proyecto de desarrollo. Investigué la economía política de la sociedad de la villa y analicé aspectos de administración pública y sistemas organizativos. Reconstruí el desarrollo histórico del área e investigué los temas y problemas sociales. La geografía y ecología del área fueron preocupaciones importantes. Se evaluaron unidades antropológicas tales como el hogar y se observaron patrones de conducta. Se escribió una crónica del panorama mundial y la conciencia, actitudes, percepciones y aspiraciones de los residentes establecidos y la gestión de las autoridades. En la segunda fase del estudio amplié temas de mi investigación para observar la dinámica de la transformación rural y la continuidad de la que el proyecto de DIR fue solo una de las fuerzas sociales que presionaban para el cambio.

En el periodo entre febrero de 2003 a febrero de 2004, hice investigación de campo tres veces –dos semanas en febrero de 2003, tres meses entre mayo y julio de 2003, y dos meses de noviembre a diciembre de 2003. También regresé a Sacobia al menos tres veces para breves visitas de tres a cuatro días entre abril de 2004 y septiembre de 2004.

Mi objetivo al realizar una serie de entrevistas esta segunda vez era recopilar las historias vitales de tantos aldeanos como con los que me fuese posible hablar y que estuviesen dispuestos a compartir conmigo sus experiencias. A partir de estas narraciones personales, pude juntar más detalles del medio ambiente cambiante social, económico, cultural y político de esta área rural particular. Al hacerlo acumulé una gran cantidad de información y visiones de la breve historia de la sociedad aldeana que me permitió documentar el cambio rural tal como tiene lugar a ras de suelo.

Trasfondo histórico

Las familias de colonos-granjeros procedentes de las tierras bajas se trasladaron al área a finales de los 40 y principios de los 50 debido al deterioro de las condiciones económicas y políticas debidas a la destrucción provocada por los años de guerra, el regreso del latifundismo y el estallido de una gran rebelión campesina armada. El área, sin embargo, estuvo siempre clasificada como reserva militar desde los tiempos en que estuvo bajo la jurisdicción de la Base Aérea norteamericana de Clark hasta la primera década del siglo XXI. Por tanto, los colonos no eran susceptibles de poseer las tierras que cultivaban o las casas que construían y eran vistos por tanto como colonos ilegales u “okupas”. Para sortear estos impedimentos legales, el colono-campesino recurrió a los mecanismos de mercado informal de tierras y vivienda.

El área cultivable era escasa y esto limitaba el tamaño de las granjas y creaba una distribución relativamente igualitaria de la tierra impidiendo al mismo tiempo el crecimiento de una clase terrateniente plenamente desarrollada. El tamaño de las granjas iba de una a tres hectáreas cada una. Unos cuantos poseedores de tierra, sin embargo, tenían granjas más grandes y empleaban trabajo estacional y ocasionalmente tenían “arrendatarios”. Pero no eran terratenientes sino campesinos medios puesto que ellos también hacían trabajo de granja, participaban en actividades productivas y no dependían de la renta para su sustento. La localización relativamente inaccesible de las tres aldeas y la vulnerabilidad de los hogares granjeros establecidos a la expropiación del gobierno en cualquier momento crearon un sentimiento de solidaridad y colectividad entre los residentes que era probablemente mayor del que se puede encontrar en otras comunidades campesinas en las áreas de las tierras bajas. Las granjas familiares eran también relativamente autosuficientes y en una gran parte, la producción estaba orientada a la subsistencia.

El balance para el campesinado de Sacobia era que tener una parcela de tierra agrícola (sin importar lo pequeña que fuese) todavía constituía una red de seguridad importante que aseguraba al menos que la subsistencia ética siempre se pudiese mantener. Quizá tan importante como los beneficios económicos directos desde el punto de vista de una subsistencia más o menos estable era el hecho de que los colonos campesinos habían sido capaces de reafirmar el control sobre sus propias tierras agrícolas aunque la opción de una propiedad legal plena seguía siendo inexistente para ellos.

Las imposiciones y los acosos y, más tarde, las expropiaciones de excedentes vinieron de parte de fuerzas externas a las aldeas: (a) la Base Aérea de Clark controlada por los norteamericanos, (b) los capitalistas azucareros que penetraron en el área en los sesenta, (c) un gran proyecto de desarrollo rural integral (DRI) iniciado por el estado y de perfil alto que empezó en 1979, (d) un programa gubernamental de rehabilitación y relocalización tras las erupciones del volcán Pinatubo en 1991-1992 y (e) una zona económica especial bajo la Clark Development Corporation (CDC) establecida a mediados de los 90. Además, dos generaciones de guerrillas izquierdistas intentaron ejercer su influencia política sobre las aldeas pero con resultados contradictorios.

Con la excepción de la Base Aérea de Clark, los demás agentes externos intentaron transformar las aldeas y hacerlas abandonar el modo campesino para pasar a un sistema capitalista moderno en el caso de los capitalistas azucareros, el proyecto DRI y el programa de relocalización del volcán Pinatubo y a una base marxista revolucionaria en el caso de las guerrillas izquierdistas identificadas con el brazo militar del Partido Comunista de las Filipinas, el Nuevo Ejército del Pueblo (NPA por sus siglas en inglés).

Granjas campesinas familiares en las Filipinas

Excepto durante un breve periodo en 1979-1980 cuando un proyecto gubernamental de DRI mediante su agencia implementadora, la Sacobia Development Authority (SDA), se hizo con el control de sus granjas, las familias en las tres aldeas se correspondían estrechamente a las características esenciales de una típica sociedad campesina y a la práctica de granjas típicas gestionadas por hogares tal como las descritas por Chayanov en Bernstein & Byres (2001, pp. 2-4). A medida que las comunidades crecían con los años, perdieron parte de su aislamiento y, tal como anticipaba Shanin (1987a, p. 4), también se implicaron en el “intercambio diario de bienes y en mercados de trabajo.”
En San Vicente, Apo[8] Lucio Pasion cultivaba un pedazo de tierra agrícola ligeramente menor a una hectárea junto al río Cauayan. Durante la estación lluviosa, la granja quedaba inundada cuando el río desbordaba sus márgenes, pero el agua retrocedía rápidamente tras solo unas horas. Él tenía un punto de vista positivo de la inundación estacional de su granja, afirmando que era beneficiosa a largo plazo porque el suelo se veía enriquecido por nutrientes depositados por las aguas.
El arroz era el principal cultivo pero no había riego así que Apo Lucio solo podía cosechar una vez al año. Su granja estaba en un terreno más elevado que el río y por tanto no podía utilizar sus aguas para el riego. No obstante, las aguas penetraban el terreno bajo su campo, contribuyendo así a buenas cosechas. A pesar de la falta de riego, usaba variedades de productividad alta (HYV) como IR70, IR66 Y IR36 porque eran las únicas disponibles. Hace solo unos cuantos años atrás todavía se cultivaba la variedad tradicional fragante “Milagrosa”, pero había desaparecido junto con todas las demás variedades tradicionales. Con el uso adecuado y suficiente de fertilizantes y pesticidas, cosechaba prácticamente 70 cavánes (3,5 toneladas). Una mala cosecha, sin embargo, le rendía solo 50-55 cavánes (2,5-2,75 toneladas).[9]
El pequeño terreno agrícola parecía ser un modelo de utilización máxima de todo el espacio cultivable disponible. En la parte de la granja que daba al río, Apo Lucio plantaba maíz rojo, alubias rojas, judías verdes, tomates y verduras de hoja verde. Como estos cultivos crecían al borde del río, simplemente cogía agua de la corriente para regarlas manualmente. El maíz lo utilizaba como pienso para sus cerdos mientras las alubias rojas las venía a un comerciante de Mabalacat.
Apo Lucio tenía otra hectárea junto a esta granja en el llano pero era inclinada y ligeramente montañosa. Aquí había plantado plantas de banano, “caimito” (star apple), mango y “langka” (yaca). Solía tener más plantas de banano pero eran la variedad nativa alta y los fuertes vientos a menudo las derribaban. Hacía la mayor parte de las actividades agrícolas por sí mismo aunque alguno de sus hijos le ayudaba. Poseían un carabao. Todavía tenía otra hectárea de tierra cultivable en otra parte de la aldea. Era una tierra menos productiva y plantaba maíz y cacahuetes.
Apo Lucio también tenía un proyecto de granja porcina en el patio trasero, que había iniciado por sí mismo sin ninguna ayuda del SDA. Tras aparear (“pacasta”) las cerdas adultas con un cerdo por el que pagó 250 pesos, una parió 11 cochinillos. Un cerdo de dos meses podía venderlo por 90 pesos, uno de cuatro por 1.000 pesos, mientras uno de seis meses podía llegar a 2.0000 pesos. Pudo vender dos cochinillos por 1.100 pesos. El precio que pedía era de 600 pesos por cada uno, pero el comprador era un vecino, así que le hizo un descuento.
Después de que la SDA devolviese las tierras a los colonos, Zacarias “Apo Carias” Catli volvió a trabajar la granja aunque sus seis hectáreas originales en Sitio Balacbac se redujeron a menos de dos. Sin embargo, hizo un uso máximo de la tierra, creando una granja integrada en la que cultivaba palay, operaba un estanque de peces, criaba patos ponedores y gestionaba un pequeño huerto de árboles frutales. Su mujer Marcelina “Apo Sinang”, sus hijos y sus hijas ayudaban todos en la granja. Sus 1,7 hectáreas de arroz producían una media de 110 cavánes (5,5 toneladas) por cosecha. Aunque utilizaba normalmente fertilizantes comerciales, experimentó con azolla  [un helecho acuático, N. del tr.] como alternativa orgánica y estaba satisfecho con los resultados iniciales.

Apo Carias operaba la mayor granja de patos gestionada por una familia en Sacobia. La empezó en 1987 comprando las aves a Concepcion a 30 pesos la pieza. Cuando la SDA empezó a recuperar los patos Mallard que había distribuido a otros colonos, la agencia le dio las aves devueltas a Apo Carias a un valor de préstamo de 100 pesos por ave. Pagó de 900 a 1000 pesos por semana a la SDA como devolución del préstamo. El total de patos ponedores pronto alcanzó los 1000 ejemplares. Su costo de operaciones era de 1.200 pesos por día (o 36.000 al mes) que se iban en bolas de pienso para los patos. Además del pienso comercial también utilizaba caracoles (“kuhol”) para endurecer las cáscaras de los huevos, hojas de “kangkong” [Ipomoea aquatica, una planta semiacuática muy habitual en el sudeste de Asia, nota del tr.] y lirios acuáticos como pienso para patos.

En un día podía recoger 600 huevos de pato. Un comprador de Bamban venía cada tres o cuatro días para escoger y comprar los “buenos” y llevarlos a la ciudad para procesarlos como “balut” [huevo de pato ya fertilizado con el embrión dentro y cocido, Nota del tr.]. De cada 1000 huevos, entre unos 20 y 30 eran rechazados. En la primera mitad de 1991 el precio de compra variaba entre algo tan bajo como 2,20 pesos a 3 pesos por huevo. El precio cae cuando la oferta de huevos aumenta. Apo Carias dice que vendía una media de 2000 huevos cada vez que venía el comerciante. Con unas visitas del comprador unas 8 a 10 veces al mes y restando los gastos para pienso y la devolución de los préstamos a la SDA, Apo Carias podía tener una ganancia neta de hasta 8000 pesos al mes o perder tanto como 4.800 pesos al mes.

Junto al campo de arroz había un estanque de 3000 m2 que producía 100 kilos de tilapia y “dalag” cada tres o cuatro meses. Los alimentaba con termitas (“anay”) y restos del pienso de los patos. El pescado se vendía en Mabalacat por un mínimo de 45 pesos el kilo. Más tarde, sin embargo, el estanque dejo de ser un proyecto que  generase ingresos. Cuando se extendió la voz del modelo integrado de granja de Apo Carias, empezaron a detenerse allí visitantes de las ciudades y pueblos vecinos. Como la hospitalidad rural dicta que un visitante no anunciado debe ser alimentado, el estanque se ha convertido en la fuente de generosidad de Apo Carias. A él, no obstante, no le importa este constante agotamiento de su estanque. Después de todo, dice, apenas gasta nada en gestionarlo. A principios de 1991, estaba planeando ampliar y desarrollar el estanque para convertirlo en una operación comercial totalmente desarrollada.

En el Barangay Calumpang, la casava, o mandioca, se había convertido en el cultivo principal. En la granja de dos hectáreas de Ruben Sison, se podían cosechar 70 cavánes que se vendían a 90 pesos el caván. El ingreso bruto alcanzaba los 20.000 pesos en seis meses. Plantada después del palay,  la casava era relativamente fácil cultivarla porque no suponía prácticamente ningún coste de producción. Incluso se puede posponer su recolección hasta un año. Ruben vendía la casava a comerciantes de verduras u operadores de molinos de harina de Mabalacat. Además de la casava, también cultivaba arroz pluvial para el propio consumo.

Otros cultivos de las granjas familiares  en la aldea eran verduras, mongo, ampalaya, tomates y rábanos. Calumpang era conocida como la “cesta de verduras” de Mabalacat y durante las buenas cosechas podían suministrar incluso a Angeles City. A diferencia de San Vicente, no era dependiente de la SDA y la mayor parte de los residentes sobrevivían con sus propio esfuerzo. Además, el “barrio” sentía más afinidad con el pueblo de Mabalacat que con la oficina de la SDA en San Vicente.

Tabla 1: costes estimados y retornos en el cultivo de arroz, Sacobia, 2003 y 2009 (en pesos, no ajustado, por hectárea, por cosecha)

2003 2009
Coste unitario Costes Coste unitario Costes
1.       Semillas 370 p x 2 bolsas 740 650 p x 2 bolsas 1.300
2.       Trabajo (incl. Alimentos)
a.       Trasplantar, etc. 4.000 9.600
b.      Cosechar 7 cavánes x 400 p 2.800 9.075
c.       Desherbar, trillar 800
3.       Pesticidas 6 sacos a 480 p 2880 1570
4.       Fertilizantes 1000 8.300
5.       Trilladora (alquiler) 6 cavánes a 400 p. 2.400 7.425
6.       Transporte al molino / acarreo 700 1.500
7.       Moler 25/caván 1.750 1.750
Cosecha media: cavánes/ha 70 cavánes 110 cavánes
Costes totales (1-7) 15.870 40.514
Retorno bruto A 1200 p /caván de arroz molido 56.000 90.750
Retorno neto por cosecha 40.130 50.596

Nota. * 1 caván = 50 kg.; palay: arroz con cáscara

Fuente: Entrevistas realizadas en Sacobia, 2003, Oficina Agrícola Municipal, Bamban 2009

Benigno Tiglao y sus hermanos, aetas residentes desde hacía mucho tiempo en San Martin, pudieron recuperar su sustento principalmente gracias a su propio esfuerzo cuando la mayor parte de las tierras tomadas por el proyecto de DRI fueron devueltas. Sin embargo, del total de 15 hectáreas que acostumbraban cultivar, recuperaron solo ocho hectáreas entre todos. Los hermanos tenían 2 hectáreas plantadas con patatas dulces, una hectárea con “gabi” (batatas), cuatro hectáreas de arroz con dos hectáreas irrigadas y el resto no, y una hectárea con bananos. Las patatas dulces proporcionaban una cosecha de 200 sacos pesando 80 kilogramos cada uno de ellos que podía ser vendido por entre 3,80 pesos  a 4,80 pesos el kilo. El mejor precio se aseguraba buscando pedidos entre varios compradores de Angeles City.

Las cosechas de gabi en un buen año alcanzaban los 200 sacos con un precio de 1.600 pesos por saco. La mejor parte era que no había costes monetarios implicados en estas dos cosechas y no hacían falta fertilizantes, solo el trabajo de la familia (“pagod lang ang gastos namin”). Para el palay irrigado, una buena cosecha produciría 100 cavánes por hectárea mientras una mala daría 60 cavánes por hectárea.

El ganado de Benigno constaba de veinticinco cabras. Estas actividades económicas le habían producido un pequeño excedente de ahorros que depositaba en un banco de Bamban. Había sido uno de los receptores del programa de dispersión de carabaos de la SDA. Sin embargo, consideraba la deuda como ya devuelta  (“nagsaulian na kami ng SDA”) porque según él, había invertido gran cantidad de tiempo, dinero y esfuerzo en el cuidado del animal. Junto a su mujer Rosita y una de sus hijas, Bella, Benigno vivía en una de las casas semifabricadas con ladrillos proporcionadas por la SDA en San Martin.

Alejandro García gestionaba una hectárea de tierra arrocera en San Vicente y otras 1,5 hectáreas de azúcar de caña en Santo Niño. En la tierra de azúcar de caña, utilizaba principalmente el trabajo de la familia y con dos carabaos cosechaba entre 60 y 100 picul por año [un picul es una medida asiática de peso que corresponde al que puede llevar un hombre con una pértiga; la medida moderna corresponde aprox. a 60,5 kg. pero el autor parece hacerla equivaler a unos 100 kg., Nota del tr.] En 1991, su cosecha media para 1,5 hectáreas era de 70 toneladas de caña. Estimaba sus costes en 7.000 pesos por hectárea. Al precio de venta de 600 pesos por picul, ganaba 35.000 pesos al año.

Una granja de arroz típica en Sacobia producía una media de 70-75 cavánes por hectárea en los 90 y principios de los 2000 (un caván equivale a 50 kilogramos). Esto aumentó radicalmente a 110 cavánes por hectárea en 2009. En los 90, un granjero de arroz conseguía 10.183 pesos netos por hectárea de tierra de arroz por cosecha. Esto subió a 40.134 en 2003. En 2009, sin embargo, el aumento de la producción daba como retorno neto 50.600 pesos por hectárea.

Otro residente de San Vicente, Lamberto “Apo Berting” Tanglao, tenía dos hectáreas de tierra de arroz y una hectárea de tierra de azúcar. La mitad de su tierra de arroz era regada mientras la otra mitad era de secano. Cosechaba dos veces al año, a veces tres veces en 13 meses con una media de 100 cavánes por hectárea. Su cosecha de azúcar era de 30 toneladas por año o el equivalente a 300 piculs que vendía a 600 pesos por picul. Con unos costes totales de producción de 1,155 pesos, ganaba 1.845 pesos con su cosecha de azúcar. Berting también tenía árboles frutales –mango, café y bananas-, que generaban un ingreso adicional. Solo con sus árboles de mango, ganaba 125.000 pesos al año.

Como otros granjeros, Emiliano Mendoza utilizaba trabajo alquilado para plantar en su granja de arroz de 3 hectáreas en Calumpang. Con 30-32 trabajadores (a 30 pesos el día por persona), la tarea se podía completar en un día. Para sembrar, un carabao podía hacer el trabajo en dos días para un área de una hectárea mientras un tractor de mano “Kubota” alquilado por 450 pesos podía hacerlo en un día. El coste de fertilizantes y pesticidas era un total de 2.000 pesos por hectárea. Emiliano raramente compraba plantones, simplemente tenía un acuerdo de intercambio con otros granjeros. Cuando compraba, gastaba 700 pesos por caván (50 kg.) para las variedades IRRI. La proporción era uno y uno y medio cavanes de plantones por hectárea.

En la mayor parte del área agrícola de Calumpang el riego lo proporcionaba una fuente natural subterránea (“sibol”). La cosecha oscilaba entre 80 y 130 cavanes (4 a 6,5 toneladas) por hectárea y para un ciclo de 14 meses se conseguían tres cosechas. Para cosechar, un acuerdo típico con trabajadores alquilados sería que de cada caván cosechado, dos “salops” irían al trabajador (25 “salops” en un caván). Esto se traduce en el pago de un caván por cada 12,5 cavanes cosechados. Para el uso de la trilladora de palay (“tilyadora”), se pagaba ocho de cada 100 cavanes.

En el caso de Emiliano, de una cosecha de 80 cavanes por hectárea, unos 66 a 67 cavanes (83 a 84 por ciento) se quedaban con el propietario de la granja. Este alto porcentaje de retención (o excedente) podía ser debido al hecho de que Emiliano también trabajaba en la granja, pero también podría querer decir que alquilar trabajo estacional era más ventajoso para el propietario de la granja que emplear arrendatarios permanentes. Los acuerdos de aparcería a menudo no dejaban más que la mitad de la cosecha al propietario de la granja.

Además de arroz, Emiliano también tenía maíz, casava, patatas dulces, caña de azúcar, y verduras. Era el que tenía el mayor número de árboles plantados entre todos los granjeros de Calumpang –caimito (star Apple), anacardo, jaca, mango, naranjas, guayabano, coco, lanzones y calamansi. Muchos de estos los había comprado en Tanauan (Batangas), otros venían de la granja de semillas gestionada por el Bureau of Plant Industry. Decía que un ingreso de 60.000 pesos de su granja lo consideraría bajo.

Celestino Tongio, residente en Calumpang desde 1960, vio  sus cinco hectáreas originales  reducidas a tres por el proyecto de DRI. Celestino dividió el terreno de su granja en dos partes iguales. En una hectárea y media plantaba casava, patatas dulces (“camoteng baging”), rábanos y judías verdes. La otra hectárea y media estaba plantada con palay. La casava la vendía a compradores visitantes a un precio neto de 70 pesos por saco. Su producto era vendido a compradores visitantes y normalmente alquilaba una carreta tirada por un carabao para transportarlo a donde un camión del comprador pudiese recoger los productos. La granja de arroz proporcionaba una cosecha baja de 100 cavanes y una alta de 120. Celestino había estado pagando impuestos sobre la tierra pero solo cuando había buenas cosechas. Él y  su mujer Adoracion tenían doce hijos pero solo cinco vivían con ellos en 1991.

Las relativamente exitosas granjas familiares descritas arriba podían corresponder a aquellas con al menos una hectárea de tierras de cultivo y con riego durante todo el año. Esto cubría solo alrededor de un tercio del número total de familias granjeras en Sacobia. Solo un nueve por ciento de las granjas estaban en la categoría superior de un tamaño de granja de entre 1,5 a 3 hectáreas. Dos tercios de las granjas estaban por debajo de una hectárea con más de un tercio con solo media hectárea o menos. La gran mayoría de los pequeños granjeros, por tanto, si eran dependientes solo del cultivo de arroz, a duras penas ganaban un sustento decente del producto de su granja. No obstante, intercalar cultivos con verduras, raíces y árboles frutales y criar ganado y aves de corral proporcionaba fuentes suplementarias de alimentos e ingresos.

Tabla 2: Distribución del tamaño de las granjas en Sacobia, 1990

Tamaño de la granja San Vicente Calumpang Santo Niño Totales
1,5-3,0 Ha 3 5 2 10
1-1,5 Ha 14 12 5 31
0,5-0,99 Ha 20 5 7 32
Por debajo de 0,5 Ha 10 17 17 44
Nº de granjas 47 39 31 117

Fuente: Sacobia Development Authority

El balance para el campesinado de Sacobia era que tener una parcela de tierra agrícola (sin importar lo pequeña que fuese) todavía constituía una red de seguridad importante que al menos les aseguraba que la subsistencia ética se consiguiese siempre. Quizá tan importante como los beneficios económicos directos desde el punto de vista de un sustento más o menos estable era el hecho de que los colonos campesinos habían sido capaces de reafirmar el control sobre sus propias tierras agrícolas aunque la opción de una propiedad legal plena siguiese sin estar a su alcance.

La economía moral campesina y la subsistencia ética

Una forma de economía moral campesina basada en la satisfacción de las necesidades básicas de subsistencia se difundió por las aldeas de Sacobia desde que empezaron las primeras ocupaciones. El carácter de subsistencia de la producción (“vivir cerca del margen”) se debía al área cultivable limitada, la baja productividad debida a la falta de riego, los altos costes de producción y transporte, los bajos precios de mercado y un excedente escaso. La ética que acompañaba esta situación forzó a la mayor parte de las familias campesinas-colonas a minimizar riesgos y (excepto para ciertas tecnologías necesarias como las semillas de alto rendimiento, fertilizantes y pesticidas) depender de los modos tradicionales de cultivo. La utilización de las nuevas tecnologías, sin embargo, no se maximizó porque los campesinos de Sacobia a menudo economizaban el uso de fertilizantes y pesticidas porque los costes eran una seria sangría de las finanzas de los hogares granjeros.

La compartición de trabajo y los patrones de reciprocidad se practicaban como aplicaciones de ideas de justicia económica pero la falta de diferenciación campesina y la ausencia de relaciones de clase internamente explotadoras (es decir, lazos terrateniente-arrendatario) significó que tales nociones se aplicaron más a las relaciones con los forasteros y a las intervenciones de estos últimos en el curso normal de la vida de la aldea. La ausencia de tales lazos también implicaba que, comparados con otros hogares campesinos en Luzón Central y otras regiones del país, los cultivadores de Sacobia podían conservar un mayor porcentaje del excedente. Esta ventaja podía no ser tan importante como parece puesto que, en general, entre las granjas filipinas arrendadas, la renta de la tierra como porcentaje de los costes de una granja habían disminuido considerablemente tan temprano como en los 80 (Umehara 1983: 33-34).

Los insumos tecnológicos, por otra parte, habían doblado su participación mientras la del trabajo aumentó un 50 por ciento. Hubo sin embargo casos de “generosidad forzada” por parte de residentes relativamente ricos como cuando Emiliano Mendoza (quien era entonces el capitán de barangay) pagó todas las conexiones de cable a los hogares de Calumpang cuando la electricidad llegó por fin a la aldea.

El “conjunto de decencias culturales” que los hogares campesinos sentían con fuerza como un derecho fue violado cuando el proyecto de DRI privó a los cultivadores de Sacobia de su tierra. Para colmo de males fueron forzados a trabajar por un salario diario en sus granjas. Para varios campesinos esta fue la última gota y decidieron irse en lugar de quedar sujetos a lo que percibían como un revés en su estatus social. Se produjo una reacción similar cuando la SDA intentó imponer reglas y una renta exacta por el uso de viviendas proporcionadas por el estado. Para los colonos, el proyecto de vivienda era el derecho mínimo que tenían como “compensación” por la gran alteración en sus vidas que el proyecto de DRI había causado. Por tanto no sentían ninguna obligación moral de pagar por las viviendas.

Resiliencia campesina

Desde el punto de vista de los modos económicos, parecería que, en 1992, el modo de producción de pequeños campesinos había sido minado. Los estudios en los hogares mostraban que en relación a los trabajadores, la población campesina había disminuido progresivamente su porcentaje desde un máximo de un 68 por ciento en 1979 al 32 por ciento en 1990 y más adelante al 26 por ciento en 1992. También se habían introducido más actividades no agrícolas y fuentes de sustento. Los residentes que se identificaban a sí mismos como trabajadores había aumentado su porcentaje de la fuerza de trabajo del 30 por ciento en 1979 al 38 por ciento en 1990. A pesar de una disminución del 32 por ciento tras las erupciones, seguían siendo un mayor porcentaje que la clase granjera.[10] Estas cifras, sin embargo, no cuentan toda la historia y es necesario interpretarlas y colocarlas en su contexto apropiado.

En el caso de Sacobia, durante los 90, a pesar de la aparente ascendencia de una clase obrera a costa del campesinado, una mayoría (o 60 por ciento) de aquellos que se identificaban como trabajadores eran en realidad trabajadores de la SDA, puestos que eran temporales (renovables a capricho de las autoridades de la SDA) , extremadamente inestables dado que eran dependientes de un presupuesto menguante proporcionado por el estado, y una fuente de relaciones de clientelismo entre residentes favorecidos y la administración de la SDA. Un contrato de trabajo típico no suponía ventajas y duraba solo tres meses tras los cuales se tenía que hacer un nuevo nombramiento.

El tipo de trabajo que realizaban estos trabajadores no estaba lejos de las actividades campesinas puesto que se trataba de proyectos agroforestales de la SDA y consistía en limpieza de suelos, desherbar, poda de árboles, plantado y trasplantado, mantenimiento general de árboles y cosechar y transportar las cosechas de frutos. Si tenemos en cuenta los salarios por debajo de la subsistencia que recibían los anteriores así como el hecho de que estos trabajadores mantenían vínculos económicos, sociales y personales (familia) con el sector campesino de pequeña propiedad, se puede defender con fuerza que estos “trabajadores” en realidad todavía formaban parte del modo campesino de producción en Sacobia. La separación real de los medios de producción, un prerrequisito para el desarrollo capitalista, era temporal, superficial, tenue y reversible. Como hubo veces en las que los contratos de trabajo no se renovaron durante meses y los recortes eran comunes, estos trabajadores alternaban a menudo entre el trabajo campesino y el trabajo asalariado para la SDA. Dado lo cual, los trabajadores de la SDA se podrían clasificar como semiproletariado rural cuyos lazos continuados con los cultivadores de pequeñas granjas se acomoda a nuestra tipología de la clase campesina.

Tabla 3: Resumen de las condiciones de vida de los barangays de San Vicente, Calumpang y Santo Niño en 1979, 1990, 1992

  1979 1990 1992
Población 1.769 2.492 1.708
Familias 294 521 356
Ingresos medios 40-45 $ estadounid. 26-38$ No disponible
Fuerza de trabajo 1.011 1.362 857
Empleados 59% 43% 40%
Desempleados 41% 57% 60%
Ocupación
Granjeros 68% 32% 26%
Trabajadores 30% 38% 32%
Granjero/Trabajador n.d 7% n.d.
Trabajo de servicio n.d. 6% 8%
Conductores n.d. 4% n.d.
Pequeño comercio n.d. 4% n.d.
Otros 2% 9% 28%
Alfabetización 80% 76% n.d.

Fuente: MHS-IACC 1979 y estudios del hogar de SDA

Para la categoría “otros”, hay ocupaciones no agrícolas que incluye a conductores de pedicabs o jeepneys, soldados, agentes de recaudación de lotería (jueteng), seguridad paramilitar, profesores, ayuda en el hogar y trabajadores de artesanía. Como estos eran principalmente trabajos relacionados con servicios que eran altamente dispersos y, más aún, no estaban vinculados a ninguna formación social particular, de ninguna manera se pueden identificar estas otras ocupaciones con un modo específico y particular de producción que pueda equipararse o reemplazar al modo campesino. En muchos casos estas otras actividades generadoras de ingresos no agrícolas eran vistas a menudo como medidas para salir del paso o suplementarias a la agricultura. Como los trabajadores de la SDA, en general se habían mantenido diversos vínculos con los hogares campesinos. Conductores de pedicabs como Manuel Cortez de San Vicente por ejemplo (quien era también un agente de la lotería “jueteng”) daban servicio al sector agrícola al llevar palay (arroz con cáscara) a los molinos arroceros en la ciudad por lo que cargaba 100 pesos por viaje o en especie, esto es, un cubo de arroz o dos cubos de palay. Los servicios de Cortez durante la estación de cosecha y molienda tenían tal demanda que a menudo acumulaba grandes cantidades de palay y arroz.

La ventaja de la agricultura del pequeño propietario sobre el trabajo asalariado disponible para los residentes en Sacobia era su estabilidad y fiabilidad por lo que respecta a las fuentes de subsistencia e ingresos monetarios. Más aún, el control sobre los medios de producción y la relativa autonomía sobre las decisiones económicas ejercidas por el cultivador campesino eran fuertes factores positivos en la ecuación.[11] El carácter de clase de los cultivadores-campesinos estaba también más claramente definido que el de los trabajadores o el de aquellos en las ocupaciones relacionadas con los servicios. Al mismo tiempo, algunos miembros de hogares campesinos de Sacobia participaban en actividades no agrícolas ocupando, por ejemplo, trabajos en la construcción fuera de sus aldeas mientras esperaban la cosecha. Si no por nada más que por mantener una identidad social distinta así como un sentimiento de comunidad, este trazo da al campesinado una ventaja adicional sobre los otros grupos de ocupación. No sería una exageración decir que era el sector campesino el que servía para mantener intacta y resiliente la identidad rural colectiva de la comunidad de Sacobia frente a las diversas adversidades que han caído sobre las tres aldeas.

Los cambios en la ocupación entre la población tuvieron lugar de una forma no lineal. En primer lugar, sería difícil defender que el cambio de campesinos a trabajadores asalariados o del trabajo agrícola al no agrícola constituya un avance o una mejora en las circunstancias personales de la gente.

En segundo lugar, la inseguridad y la naturaleza pasajera de las ocupaciones no agrícolas mantuvo abierta la opción de volver al trabajo agrícola y esto ocurría con bastante regularidad.

Según todos los indicadores, las granjas familiares  en las tres aldeas generalmente correspondían (con ligeras variaciones) a las características de un modo de producción campesino tal como se analizó más arriba. Han persistido durante años en medio de dos encuentros mayores con agentes comercializadores externos que podrían haber transformado el modo campesino –los capitalistas del azúcar de los 60 y el proyecto de desarrollo rural integrado (DRI) de los 80-.

El boom del azúcar había creado un impacto importante sobre las fuerzas de producción en las aldeas al romper las relaciones tradicionales agrarias que los colonos habían establecido. Por primera vez, un agente externo se apropiaba directamente de excedente. Fue surgiendo un patrón de diferenciación clásico campesino cuando unos pocos cultivadores del azúcar reportaron altos ingresos mientras la mayoría languidecía en una existencia marginal.

El modo de producción campesino familiar era una fuente de trabajo barato porque muchos cultivadores se vieron inmersos en la autoexplotación para proporcionar la caña para los molinos azucareros. Los “capitalistas del azúcar”  obtenían el doble de beneficios ya que la responsabilidad por el mantenimiento de la tierra recaía sobre los granjeros. Para la mayor parte de los granjeros, los ingresos del azúcar tenían que ser suplementados con el cultivo de cultivos para la alimentación para cubrir sus necesidades básicas de subsistencia. El azúcar en esa época era una mercancía de exportación importante y los colonos también se integraron indirectamente en el orden económico internacional. Esto no dio sin embargo como resultado el tipo de agricultura de monocultivo característico de las economías plenamente integradas.

La entrada del Nuevo Ejército del Pueblo de Partido Comunista (CPP-NPA) en la coyuntura de las décadas de los 60 y 70 unido al declive del mercado de exportación del azúcar interrumpió el proceso de comercialización ya que la mayor parte de los “capitalistas del azúcar” se retiraron y el azúcar se convirtió una vez más en un cultivo secundario. Pero el catalizador más lógico para tal cambio radical, el grupo CPP-NPA, falló al mover la dinámica económica ya que se centraron exclusivamente en la lucha política. El CPP-NPA se concentraba casi exclusivamente en el trabajo de educación política y propaganda y en el mantenimiento de la seguridad de los pueblos. En ningún momento se lanzaron proyectos de subsistencia económica y autosuficiencia.

Bajo el concepto del DRI, el plan para proletarizar la población había fracasado previamente ya que se centraba en el modelo de las granjas de arroz corporativas modernas cuya puesta en marcha se estancó en la etapa inicial. Fue siguiendo este modelo que la SDA tomó el control de las tierras de los colonos originales a los que se les hizo trabajar por un salario diario en sus propias granjas durante dos años. Otros proyectos que podrían haber creado una auténtica clase trabajadora como la planta de biomasa y la hacienda mini agro industrial no consiguió pasar de la etapa de planificación preliminar. La privatización de los anémicos proyectos de subsistencia iniciados por la SDA también creó pocas oportunidades de empleo entre los residentes que no fueran los beneficiarios. No solo no se materializó una clase trabajadora, la SDA incluso intentó (sin éxito) establecer contratos del tipo terrateniente-arrendatario con los granjeros del arroz. Por ejemplo, los certificados de adjudicación para los terrenos agrícolas y forestales incluían una provisión para determinar la renta que debían pagar los granjeros a la SDA.

Incluso antes del completo hundimiento del proyecto de DRI, los granjeros de Sacobia siguieron cultivando en pequeños terrenos que iban de las 0,5 a las 3 hectáreas con una media de 3,5 a 4 toneladas de arroz con cáscara por hectárea. La baja productividad y los bajos precios de mercado aseguraban un nivel que no excediese las necesidades de subsistencia. La familia (a veces en forma extendida) era la principal fuente de trabajo mientras el trabajo alquilado (de otras familias campesinas) era utilizado solo para una pequeña parte del número de días de trabajo. Otros cultivos como el azúcar, los tubérculos, las legumbres, las verduras y los frutos suplementaban los ingresos del arroz aunque para unas pocas familias, los ingresos de los huertos de árboles frutales eran la principal fuente de sustento. Como no había terratenientes o una clase gobernante interna, la apropiación de los excedentes tomaban la forma de altos precios y baja calidad de insumos agrícolas, los bajos precios para los productos agrícolas y las tasas de interés de los préstamos agrícolas en el mercado de crédito informal.

En tales pequeños pedazos de tierra con baja productividad así como un área cultivable limitada,[12] el proceso de diferenciación campesina no podía despegar eficazmente. Los colonos más acomodados, los Mendozas de Calumpang y la familia Gonzales de San Vicente, por ejemplo, eran, como mucho, un grupo de campesinos medios que seguían trabajando ellos mismos las tierras y tenían vínculos de parentesco con las familias más pobres.

Las normas y prácticas culturales tradicionales no tenían obstáculos. Estas normas y prácticas suponían un mercado de la tierra habitual dictado por un concepto tradicional de la tierra y los derechos de propiedad[13], modos de resolver los conflictos y las disputas internas en la aldea,  el gran valor dado a los lazos de familia y parentesco, formas de trabajo cooperativas y recíprocas, el estatus especial concedido a los más ancianos de la aldea y los sistemas de crédito informal. En general, el reconocimiento de las estructuras legales que emanan del estado central era más formal que real y la práctica común era actuar como si no existiese. En general, el derecho consuetudinario prevalecía sobre las leyes formales del gobierno. Irónicamente, se fortaleció un fuerte sentido de comunidad y colectividad con el proyecto de DRI y sus imposiciones sobre la vida de la aldea.

Los datos preliminares de 2009 de la oficina del Oficial Agrícola Municipal en Bamban, Tarlac, mostraba la importancia continuada de las actividades agrícolas entre los residentes de las aldeas de San Vicente y Santo Niño. En San Vicente, de 120 hogares, 104 estaban dedicados a diversas formas de producción agrícola de arroz, maíz, mango y verduras y en la cría de ganado (carabaos, cabras, vacas y cerdos). En Santo Niño, 66 hogares (de 260) se dedicaban a la producción de azúcar, arroz y mango y a la cría de animales (carabaos y cabras).

Conclusiones

Los datos de campo y los análisis presentados en este artículo muestran que las características esenciales de una sociedad campesina basada en el hogar en las tres aldeas estudiadas han permanecido prácticamente intactas y se ha mantenido el campesinado como formación social diferenciada. Esto ha tenido lugar a pesar de los cambios en ciertas características y aspectos de las comunidades rurales tradicionales como nuevas tecnologías agrarias, vínculos más amplios con el mercado, crecimiento de una clase trabajadora asalariada, el aumento de las interacciones con el mundo no campesino, la separación física de las familias y el establecimiento de estructuras políticas más formales (Tadem 2005, p. 248).

A pesar del surgimiento de lo que parece ser una clase trabajadora, una mayoría de estos eran en realidad empleados como trabajadores temporales de la SPA, en términos extremadamente inestables y contratados sobre la base de relaciones de clientelismo. Es más, además de salarios por debajo de la subsistencia, el tipo de trabajo al que se dedicaban estos trabajadores estaba estrechamente relacionado con las actividades campesinas puesto que estas se realizaban en el sector agroforestal del proyecto de la DRI. A causa de estas limitaciones, estos “trabajadores” siguieron manteniendo vínculos económicos, sociales y personales (familiares) con el sector campesino de pequeña propiedad. En este sentido, por tanto, se puede argumentar que estos “trabajadores” seguían formando parte del modo de producción campesino del área ya que “la separación real de los medios de producción, un prerrequisito para el desarrollo capitalista, era temporal, superficial, tenue y reversible” (Tadem 2005, p. 253).

El carácter de clase de los cultivadores-campesinos estaba más claramente definido que el de los trabajadores o de aquellos en ocupaciones relacionadas con los servicios. Con su identidad social diferenciada y un fuerte sentimiento de comunidad, el campesinado de Sacobia mostraba una ventaja adicional sobre los otros grupos de ocupación y esto servía para mantener intacta y resiliente la identidad rural colectiva de la comunidad frente a las diversas adversidades e intervenciones que cayeron sobre las tres aldeas.

Se siguieron practicando normas culturales tradicionales tales como “un mercado de la tierra consuetudinario dictado por un concepto tradicional de la tierra y los derechos de propiedad, los modos de resolver los conflictos y las disputas internas de la aldea, dando gran valor a los vínculos de familia y parentesco, las formas de trabajo cooperativas y recíprocas, el estatus especial concedido a los ancianos de la aldea y los sistemas de crédito informal” (Tadem 2005, p. 257). En general, el derecho consuetudinario se priorizaba sobre las leyes formales y las instrucciones procedentes del estado central.

Para las tres aldeas en este estudio, la historia de intervenciones externas continuó con el establecimiento de una zona económica especial en 1997 allí donde se situaba la base aérea estadounidense. Las tensiones son ya evidentes entre los aldeanos y la Clark Development Corporation (CDC), que gestiona la zona económica regida por el gobierno, ya que esta última busca extender su control sobre la comunidad campesina que se encuentra justo fuera de su perímetro principal.

Los estudios y trabajos agrarios sobre el campesinado se han vuelto raros en esta edad de globalización intensificada. El campesinado era considerado no solo marginalizado, sino lo que es peor, se anunciaba también solemnemente su muerte (Hobsbawm, 1994, pp. 289-293 y Elson, 1997, pp. 240-241). Tales declaraciones, sin embargo, se han demostrado prematuras ya que los campesinos y las sociedades campesinas han pervivido y en algunos casos han retado abiertamente la lógica del capitalismo expandido, la economía de mercado y la globalización en general como se vio en el aumento significativo de agitaciones agrarias y campesinas en Latinoamérica, China y Vietnam contra los regímenes orientados al mercado y modernizadores.

Como este artículo se centra solo en tres aldeas en una región de las Filipinas, sería difícil generalizar que el modo campesino es resiliente en todos los casos. Podría ser que las aldeas de Sacobia tengan especificidades que no se encontrarían en otras aldeas rurales. En cualquier caso, como una dirección futura en el campo de los estudios campesinos, es necesario buscar una mayor validación de los descubrimientos de este artículo en otras áreas rurales filipinas y también en otros países.

Sin embargo, en un reciente estudio global sobre el tamaño de las granjas, Eastwood, Lipton y Newell (2004, pp. 1-62) destacaron que mientras “en Europa y Norteamérica los tamaños de las granjas han estado aumentando como media desde 1950, en África, Asia y Latinoamérica, por contraste, los tamaños de las granjas parecen haber estado disminuyendo a finales del siglo XX.” Los autores destacaban que “la tenencia individual de pequeñas propiedades tipifica al Sur y el Este de Asia” y que “más del 70 por ciento de las granjas están cultivadas principalmente por familias” con la mayor parte teniendo áreas cultivables “por debajo de 1 Ha de tierra con riego (o 2 ha de tierra de secano)”.

Los gobiernos y otras instituciones oficiales a menudo han desestimado enormemente la importancia de las granjas familiares. Pero en 2005, de los 750.000 nuevos trabajos creados en toda Filipinas, el 42 por ciento lo fueron en trabajo familiar no pagado en la agricultura (Habito, 2006, p. B2). La implicación de los descubrimientos en este artículo por tanto es la necesidad de que los gestores políticos y otros actores implicados vuelvan a pensar sus supuestos sobre el campesinado y las políticas y programas que han impuesto a las comunidades rurales. En las últimas décadas las estrategias de desarrollo dirigidas por el estado se han inclinado hacia el desarrollo urbano e industrial asumiendo de antemano la eventual desaparición del campesinado y la disminución de la participación de la agricultura en la producción nacional. Parecería, sin embargo, que para las pequeñas granjas gestionadas por familias, y por la implicación del campesinado en la mayor parte de esas granjas, su fin pronosticado todavía no está a la vista.

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[1] Una version anterior y más corta de este artículo se present en la 2nd Philippine Studies Conference of Japan (PSCJ-2010), el 13-14 de noviembre de 2010, Tsukuba, Japan. El artículo contiene fragmentos (con revisiones y actualizaciones) del Tadem 2005 (una tesis doctoral no publicada) y de Tadem (2009), que es un resumen de la tesis citada y describe y argumenta cómo una sociedad campesina es capaz de resistir las intervenciones externas y mantener básicamente su economía de pequeñas granjas, normas socialmente determinadas y sentimientos de comunidad (Tadem 2009, p. 1).

[2] Véanse los trabajos de H. Alavi, 1987 y A. De Janvry, 1981.

[3] Las características del campesinado aquí enumeradas se han seleccionado de las obras de

Marx 1969, Wolf 1966, De Janvry 1981, Shanin 1987a, Shanin 1987b, y Hobsbawm 1998.

[4] Este proceso (al menos en lo que se refiere a la experiencia inglesa) es descrito vívidamente por Marx 1967ª, Capital Vol. 1, Parte 8, particularmente en el capítulo 27: “Expropiación de la tierra de la población agrícola”.

[5]Esto se discute en Marx, 1967a, Capital Vol. 1, Parte 8, Capítulo 29: “Génesis del granjero capitalista”. En esta sección, Marx deseaba claramente hacer una distinción entre el “granjero” (un capitalista” y el “campesinado”. Sobre las condiciones del proletariado rural, véase “El proletariado agrícola británico” en el capítulo 25, sección 5: “Ilustraciones de la ley general de acumulación capitalista” en el mismo volumen.

[6] Bernstein, 2009, revisita el “debate Chayanov-Bernstein” tal como se refleja en la Journal of Peasant Studies desde los años 60. Aunque ambas visiones contrastan radicalmente con respecto a la dicotomía granja pequeña-granja grande en el desarrollo rural, en realidad están de acuerdo en la necesidad de modernizar la agricultura mediante las innovaciones tecnológicas.

[7] Esta sección sobre la metodología es un resumen revisado de la misma sección en el capítulo uno de Tadem 2005.

[8] El término “Apo” se usa tradicionalmente para denotar  a los residentes mayores y respetados de la aldea.

[9] El informe de DAR-RPPDS de 1975 destaca que “la producción de cultivo (en el area) está por debajo del nivel medio de producción del país e incluso de la region” (p. 11). La producción media de arroz en las Filipinas durante este period era de unos 50-55 cavanes por hectárea.

[10] En 1996, sin embargo, las estimaciones de la Clark Development Corporation (CDC) revelan que la población granjera constituía la mayor categoría socioeconomic en Sacobia con casi un 50 por ciento de familias dedicadas a actividades agrícolas.

[11] La investigación en curso busca determiner si existe una situación similar hoy (2010-2011) dado que se han abierto más oportunidades de trabajo no agrícola con la presencia de localizadores industrials y comerciales en la Zona Económica Especial de Clark que se encuentra justo debajo de las aldeas.

[12] Solo un 14 por ciento del total de tierras de Sacobia (con pendientes entre los 0 y los 15 grados) es adecuada para la producción agrícola.

[13] Cuando llegó el proyecto de DRI, también creció un Mercado informal de viviendas con residents entrando en acuerdos de intercambio o transferencia de derechos de vivienda.

 

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Acerca de Carlos Valmaseda

Trabajo como bibliotecario en el Instituto Cervantes. Tras vivir en Moscú y Manila actualmente resido en Nueva Delhi.
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