Qué aspecto tiene el pico del petróleo de John Michael Greer

Original: What Peak Oil Looks Like.

Qué aspecto tiene el pico del petróleo

John Michael Greer

Hay veces en las que el deshilachamiento de una civilización destaca con un agudo relieve, pero más a menudo este proceso se puede ver solamente a través de hechos y cifras dispersas que exigen un ojo crítico para darse cuenta y unirlos en un cuadro con sentido. ¿Cuán a menudo, me pregunto, los prefectos de la Roma imperial levantaban la vista de asuntos cotidianos como reunir legiones y recaudar tributos  para darse cuenta del desmoronamiento de los cimientos sobre los que descansaba toda la sociedad?

Hoy en día, ciertamente, esa visión más amplia es difícil de encontrar. Es sintomático que en las últimas semanas he recibido un buen número de correos electrónicos que insistían en que la teoría del pico del petróleo -por supuesto no es una teoría en absoluto; es un hecho evidente que la extracción de un suministro finito de petróleo tarde o temprano alcanzará un pico y comenzará a disminuir- ha quedado obsoleta por la última agitación de las entusiastas declaraciones sobre el petróleo bituminoso [shale oil] y demás. Entusiastas declaraciones sobre la última nueva prospección de petróleo no son nada nuevo, y ciertamente han formado parte de la retórica cornucópica desde los tiempos de M. King Hubbert. Hace una década eran los campos de petróleo del Mar Caspio los que se invocaban como supuesta prueba concluyente de que un pico en la producción de petróleo convencional mundial no llegaría durante nuestra vida. Compárense las grandes declaraciones hechas sobre los campos del Caspio entonces y el hilo de producción que han dado como resultado esos campos, y se tendrá una útil comprobación de la realidad sobre las igualmente histriónicas declaraciones que se hacen ahora sobre Bakken shale, pero esa no es una comparación que mucha gente quiera hacer en este momento.
En el otro lado del espectro de la energía, aquellos que insisten en que podemos conseguir la energía equivalente a nuestro actual sistema industrial con el sol, el viento y otras fuentes renovables difusas han sido igualmente ruidosos, y aquellos de nosotros que planteamos dudas razonables sobre esa insistencia podemos contar con ser tildados de “apocalípticos”. Probablemente no es accidental que este coro en particular parezca subir su volumen con cada refinería de etanol o fabricante de paneles solares que quiebra y con cada estudio que muestra que los números propuestos para respaldar algún esquema energético con renovables simplemente no tiene sentido. No es más probable que sea accidental que la retórica que rodea la última función de moda sobre el combustible fósil de moda se caldee progresivamente a medida que la producción de los campos supergigantes se desliza implacablemente por la curva del agotamiento. El objetivo de esta retórica, como sugerí en un post anterior, no es abordar la realidad de nuestra situación, es pretender que esta realidad no existe de forma que la fiesta pueda continuar y las difíciles elecciones puedan ser pospuestas un poco más.

Así nuestra civilización ha entrado en lo que John Kenneth Galbraith llamaba “el ocaso de una ilusión”, el punto en el que el final de un proceso histórico sería claramente visible si todo el mundo no estuviese tan ocupado buscando razones para mirar a cualquier otro lado. Hace una década, aquellos de nosotros que prestábamos atención al pico del petróleo señalábamos que si el pico de la producción de petróleo convencional mundial llegaba antes de que se diesen pasos significativos, el precio del petróleo subiría a alturas previamente inimaginables, paralizando la economía mundial y empujando a los sistemas políticos del mundo industrializado a una espiral creciente de disfunción y conflictos internos. Con la mayor parte de los tipos de petróleo por encima de los 100 dólares el barril, las economías del mundo atascadas en una “recuperación” de papel peor que muchas recesiones, y los Estados Unidos y la Unión Europea atrapadas en jaques políticos entre bloques regionales y culturales con agendas radicalmente irreconciliables, esa profecía parecería cuadrar bastante, pero no oirás a mucha gente mencionarlo estos días.

Lo que se debe comprender ahora mismo, me parece, es que este es el aspecto que tiene el pico del petróleo. Olvida las fantasías de colapso súbito por un lado, y las fantasías de progreso ilimitado por otro, y lo que tienes es lo que vemos: una larga precaria pendiente de precios de energía al alza, contracción económica y quiebra política, puntuada con una crisis aquí, una catástrofe local o regional allá, una guerra en algún otro sitio- todo contra un fondo de infraestructuras que se desmoronan, niveles de vida en descenso, disminución del acceso a los servicios sanitarios y otros similares y demás, lo que por supuesto ha estado sucediendo aquí en los Estados Unidos desde hace unos cuantos años ya-. Un observador independiente con una visión olímpica del país sería capaz de ver desmoronarse las cosas, como tal observador hubiera podido hacer hasta ahora, pero ninguno de nosotros ha sido o será un observador independiente; en cada paso de la trayectoria descendente, aquellos de nosotros que todavía tenemos trabajo lucharemos para conservarlo, aquellos que han perdido su trabajo lucharán para seguir alimentados, vestidos y con techo, y aquellas crisis y catástrofes y guerras, por no mencionar el coste humano del telón de fondo más amplio del declive, lanzarán suficiente humo al aire como para que tener una visión clara de la situación sea especialmente difícil.

Mientras tanto, aquellos que tienen la oportunidad de conseguir una clara visión de la situación tendrán, en líneas generales, todos los motivos para no decir una palabra de lo que ven. Los políticos y los bustos parlantes de los medios de comunicación no tendrán nada que ganar admitiendo la realidad y el ritmo de nuestro declive nacional, y habrá una cierta irónica diversión viéndoles luchar para encontrar razones con las que insistir en que las cosas en realidad están mejorando y un poco de paciencia o un cambio de gobierno traerán de vuelta los buenos tiempos. Sin duda habrá una gran cantidad de ese tipo de estadísticas deshonestas que insisten, por ejemplo, en que la gente que ya no cobra los subsidios de desempleo ya no está parada- lo que ha sido una práctica estándar en los Estados Unidos durante décadas-. Es una norma que los gobiernos que ya no pueden dar forma al curso de los acontecimientos se fijen en las apariencias, e intenten apuntalar la imagen del poder y la prosperidad que una vez tuvieron, mucho después de que su contenido real se haya esfumado.

Ya no es necesario especular, entonces, sobre el tipo de futuro que el fin de la era de la energía abundante y barata traerá al mundo industrial. Ese paquete ya ha sido entregado, y el rigor mortis económico y el atasco político que tiene atrapado a este y a tantos otros países en el mundo industrial son, dependiendo de la metáfora que se escoja, o parte del paquete o parte del material que envuelve el paquete, diseminado por el paisaje como tantos envoltorios de burbujas. Ahora que el futuro está aquí, las consideraciones abstractas y las ensoñaciones sobre lo que hubiera podido ser deben pasar a un segundo término ante la búsqueda para comprender qué está pasando, y elaborar estrategias de afrontamiento activas para tratar con el Largo Descenso que tenemos encima.

Aquí de nuevo, esos hechos y cifras diseminados que mencioné al principio del post de esta semana son una mejor guía que cualquier cantidad de convicciones reconfortantes, y los hechos que tengo en mente justo en este momento aparecieron bajo los focos en un fascinante ensayo del economista ecológico Herman Daly.

En el turbio firmamento de la economía actual, Daly es una de las pocas estrellas genuinamente brillantes. Antiguo funcionario del Banco Mundial así como un académico vitalicio, Daly se ha ganado una reputación como uno de los pocos pensadores económicos que retaron el dogma del crecimiento perpetuo, defendiendo con energía un sistema económico estacionario como el único capaz de funcionar de forma sostenible en un planeta finito.  Su ensayo que cité más arriba, que entiendo está previsto que se publique en un formato ampliado en la revista Ecological Economics, cubre bastante terreno, pero el detalle que quiero usar aquí como punto de inicio para una poco grata mirada a las limitaciones que se ciernen sobre nuestro futuro aparece en los primeros párrafos.

En su formación como economista, a Daly le enseñaron, como a muchos compañeros economistas se les sigue enseñando hoy, que la inadecuación del capital es la barrera más común para el desarrollo de los así llamados países “en vías de desarrollo” (esto es, no industrializados y que nunca se van a industrializar). Su experiencia en el Banco Mundial, sin embargo, le enseño que esto era casi universalmente incorrecto. El Banco Mundial tenía muchísimo capital por prestar; el problema era la escasez de “proyectos financiables” -esto es, proyectos que, cuando obtuviesen un préstamo del Banco Mundial, proporcionasen el retorno de un diez por ciento al año o lo que fuese necesario para devolver el préstamo y también para contribuir a la acumulación de capital en el país-.

Es necesario estar familiarizado con la literatura económica de las últimas docenas de años para darse cuenta de cuán agudamente la experiencia de Daly desafía el pensamiento convencional de nuestro tiempo. Las teorías sobre el desarrollo económico en general suponen que todo país no industrializado seguirá naturalmente la misma trayectoria de desarrollo que los países hoy industrializados siguieron en el pasado, construyendo fábricas, contratando trabajadores, proporcionando servicios, y en el proceso generando los mismos amplios beneficios que se produjeron en la industrialización de Gran Bretaña, EEUU y otros países. Un proceso autosostenido. Pero, por supuesto, Gran Bretaña, EEUU y los otros países que tuvieron éxito en la industrialización lo hicieron tras un muro de tarifas proteccionistas y políticas comerciales depredadoras que protegían las industrias en casa contra la competencia, un detalle que se no se discute para nada en la literatura sobre el desarrollo y fue ignorado en el ciego entusiasmo del Banco Mundial por el libre comercio. Pero hay algo más.

En El poder de la máquina [The Power of the Machine], Alf Hornborg ha señalado mordazmente que la economía industrial es al menos tanto un medio de concentración de riqueza como de producción de riqueza. En los primeros años de la Revolución Industrial, cuando centenares de miles de hilanderos y tejedores que habían sido la columna vertebral de la industria textil británica fueron expulsados del negocio por las fábricas de las Midlands inglesas, el ingreso que solía repartirse entre los anteriores fue en cambio a unos pocos propietarios e inversores, con una mínima fracción reservada para los trabajadores de las fábricas quienes atendían las nuevas máquinas con sueldos de hambre. Ese mismo modelo se expandió a escala continental a medida que los hilanderos y tejedores a lo largo de todo el mundo fueron  echados del trabajo por la inmensa industria exportadora textil británica, y el dinero que podía haber quedado circulando por todo el mundo se concentró en cambio en los bolsillos de los magnates ingleses.

A lo largo de la historia de la era industrial, ese fue el modelo que dirigió el industrialismo: desde la Gran Bretaña del siglo XVIII hasta el Japón posterior a la II Guerra Mundial, un grupo de hombres ricos en un país con un filo tecnológico y amplios suministros de trabajo barato podían construir fábricas, exportar productos, inclinar la economía mundial a su favor, y conseguir inmensos beneficios. En el lenguaje del ensayo de Daly, el desarrollo industrial en tal contexto era un proyecto financiable, capaz de producir mucho más que un diez por ciento de retorno. Lo que se tiende a perder en el pensamiento actual sobre el desarrollo industrial, es que al menos se deben dar dos condiciones para que se produzca. La primera de ellas, como ya hemos mencionado, es exactamente el tipo de políticas comerciales proteccionistas que el Banco Mundial y el consenso económico actual generalmente no quieren contemplar, o ni siquiera mencionar.

El segundo, sin embargo, se acerca mucho más al núcleo de nuestros problemas actuales. La economía industrial tal como evolucionó desde el siglo XVIII en adelante dependía totalmente de la capacidad de reemplazar fuerza laboral relativamente cara con barata energía combustible fósil. Las fábricas de las Midland inglesas mencionadas anteriormente eran capaces de destruir los medios de vida de centenares de miles de hilanderos y tejedores independientes porque, teniéndolo todo en cuenta, era mucho más barato construir un telar jenny o un telar mecánico y alimentarlo con carbón que pagar a los artesanos especializados que hacían ese mismo trabajo anteriormente. En términos económicos, en otras palabras, el industrialismo era un sistema de arbitraje.

Aquellos de mis lectores que no conocen bien la jerga económica merecen una breve definición de este último término. Arbitraje es el bello arte de sacar beneficio de la diferencia de precio del mismo bien entre dos o más mercados. El ‘carry trade’ [operaciones en las que se toma dinero prestado en una moneda a tasas bajas para colocarlo en otra moneda a tasas mas altas, Nota del tr.], una de las primeras bases del sistema económico mundial que se hundió en las corrientes de 2008, era un clásico ejemplo de arbitraje. En él, los financieros pedían prestado dinero en Japón, donde podían obtenerlo con una tasa de interés de uno o dos por ciento por año, y después prestarlo a algún interés más alto en cualquier otro sitio en el mundo. La diferencia entre el interés pagado y el interés recibido era puro beneficio.

Lo que diferencia el industrialismo de otros esquemas de arbitraje era que arbitraba la diferencia de precio entre diferentes formas de energía. La energía calórica concentrada, en la forma de combustibles fósiles, era barata; la energía mecánica, en la forma de complejos movimientos realizados por las manos de hilanderos y tejedores, era cara. El motor de vapor y las máquinas a las que daba energía, como la tejedora jenny y la tejedora mecánica, convertían el calor concentrado en energía mecánica, y abrían la puerta a lo que debe haber sido la operación de arbitraje más beneficiosa de todos los tiempos. Los beneficios pantagruélicos que daba este esquema proporcionaban el capital inicial para posteriores rondas de industrialización y por tanto hacían posible las inmensas transformaciones económicas de la era industrial.

Este arbitraje, sin embargo, dependía -como lo hacen todos los esquemas de arbitraje- de la diferencia de precio entre los mercados en cuestión. En el caso del industrialismo, la diferencia estaba siempre condenada a ser temporal, porque el bajo precio del calor concentrado era puramente una función de la existencia de reservas de combustibles fósiles vastas, inexplotadas, a las que los humanos podían acceder fácilmente. Por razones obvias, las reservas más fácilmente accesibles se minaron o perforaron primero, y a medida que pasaba el tiempo, los costes de producción de los combustibles fósiles -por no mencionar los numerosos otros materiales naturales necesarios para los proyectos industriales, y por tanto necesarios para que la operación de arbitraje continuase- subieron, lentamente al principio, y más espectacularmente en la última década aproximadamente.

Sospecho que la escasez de proyectos financiables en el mundo no industrializado que Herman Daly notó era un temprano síntoma de este último proceso. Dado que los países no industrializados en los años 90 se adherieron justo entonces (donde fue necesario, a punta de pistola) al dogma de moda del libre comercio, la primera condición para una industrialización con éxito -un mercado interior protegido en el que las nuevas industrias se pudiesen proteger de la competencia- no iba a ser vista en ningún sitio. Al mismo tiempo, los desequilibros sistémicos entre países pobres y ricos -ellos mismos parcialmente una función de los sistemas industriales en los países ricos, que bombeaban riqueza desde los países pobres hacia las oficinas de Wall Street y en cualquier otro sitio- significaban que el trabajo humano simplemente no era mucho más caro que la energía fósil.

Esto fue lo que condujo a la moda pasajera de la “globalización ” de los 90, después de todo: otra ronda de arbitraje, en la que se conseguían enormes beneficios por la diferencia entre los costes laborales en los países industrializados y los no industrializados. Muy poca gente parece haberse dado cuenta de que la globalización implicaba un cambio de sentido radical del movimiento hacia una mayor automatización -esto es, el uso de energía fosil para reemplazar el trabajo humano-. Cuando el coste de contratar a un trabajador de una maquiladora llegó a ser menor que el coste de pagar una cantidad equivalente de capacidad productiva en forma mecánica, el arbitraje dió la vuelta; solamente las considerables diferencias de salario entre el Tercer Mundo y los países industrializados, y una vasta cantidad de combustible para el transporte muy barato, hicieron posible que continuase el arbitraje.

Aún así, en este momento, la misma falta de proyectos financiables por la que no nos hemos preocupado durante años, ha llegado a casa. Una serie de pródigas operaciones de impresión de dinero de la Fed (el eufemismo del día es “alivio cualitativo”) inundaron el sistema bancario de los EEUU con inmensas cantidades de efectivo barato, en un intento de compensar las igualmente inmensas pérdidas que sufrió el sistema bancario después de la burbuja inmobiliaria de 2005-2008. Los expertos insistían, al menos al principio, en que los resultados serían una inundación de nuevos préstamos para sacar a la economía de su estado de abatimiento, pero nada de eso sucedió. Hay multitud de razones para explicar por qué, pero la principal era simplemente que no hay tantas propuestas de negocio en el mundo industrializado hoy en día que ganen suficiente dinero como para devolver los préstamos.

Entre los pocos negocios que prometen un retorno decente por la inversión están los relacionados con la extracción de combustibles fósiles, y así las compañías que perforan en busca de petróleo y gas natural en los depósitos bituminosos -la última moda pasajera en el campo de los combustibles fósiles- tienen más capital del que saben qué hacer con él. Las ciudades petroleras surgidas de la nada en Dakota del Norte y los proyectos de fracturación [fracking] que suscitan controversia en diversas regiones del Noreste son parte de los resultados. En cualquier otro lugar de la economía norteamericana, sin embargo, las buenas inversiones son progresivamente escasas. Desde hace décadas, los beneficios de la industria financiera y la especulación han eclipsado los beneficios de la manufactura de bienes -antes del crash de 2008, vale la pena recordarlo, General Motors conseguía más beneficios de su brazo financiero que vendiendo coches- y que la reformulación de la economía parece estar acercándose a su punto final lógico, el punto en el que ya no es provechoso para la economía industrial manufacturar nada en absoluto. He empezado a sospechar que esto resultará ser uno de los inconvenientes más cruciales de la llegada del pico del petróleo. Si la economía industrial, tal como he sugerido, era básicamente un esquema de arbitraje que se aprovechaba de la diferencia de costes entre la energía de los combustilbles fósiles y la energía de los trabajadores humanos, los costes crecientes de los combustibles fósiles y otros inputs necesarios para hacer funcionar una economía industrial chocarán tarde o temprano con el coste en disminución del trabajo en una sociedad empobrecida y sobrepoblada. A medida que nos acercamos a ese punto, me parece que podemos empezar a ver desmoronarse todo el proyecto industrial, a medida que los beneficios necesarios para que el industrialismo tenga sentido se sequen. Si esto es lo que subyace tras la espiral creciente de disfunción económica que parece estar atenazando tanto del mundo industrial hoy, entonces lo que hemos visto hasta ahora de cómo es el pico del petróleo puede ser un prólogo a una serie de transformaciones económicas dislocadas que dejarán pocas vidas incólumes.
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Acerca de Carlos Valmaseda

Trabajo como bibliotecario en el Instituto Cervantes. Tras vivir en Moscú y Manila actualmente resido en Nueva Delhi.
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