Hacer que la pobreza sea historia

[Traducido en 2015]

Articulo original: Making Poverty History | Jacobin

Para terminar con la pobreza global, tenemos que terminar con el capitalismo global.

 

En diciembre de 2013, las Naciones Unidas hicieron sonar la alarma. Al publicar su informe sobre la Situación Social Mundial de 2013, titulada “La desigualdad importa“, la ONU avisaba de que la desigualdad se estaba profundizando y que ningún país era inmune al contagio. En el Sur global, la hemorragia de ingresos en el pueblo trabajador ha sido tan dramática como en el Norte global. Si hay un proceso social que comparte el planeta, ese es la desigualdad global.
¿Cómo explica la ONU este aumento de la desigualdad? Lo que los datos sugieren, lo que reporta la ONU, es que “la desigualdad ha aumentado principalmente porque los individuos más ricos se han hecho más ricos, tanto en los países desarrollados como en los países subdesarrollados”. El 1% superior ha absorbido la riqueza social para su beneficio privado, y el 99% inferior -que produjo la riqueza social- tiene que vivir de sus migajas. Lo que está claro es que el capitalismo es incapaz de terminar con la pobreza o reducir sustancialmente la desigualdad.
Se dice desde China y la India que han reducido enormemente la pobreza. Tomemos el caso de la India. Basándose en los datos oficiales sobre la pobreza, las cosas parecen mejor ahora que antes. Pero los datos se basan en una reevalución de los indicadores. El gobierno creó una nueva medida -uno es pobres si consume menos de 24 libras de grano (unos 11 kg) al mes-. El programa de alimentos de las NNUU preguntó simplemente si era razonable suponer que la persona que tenía 25 libras de grano al mes no era pobre.
Quedémonos en el nivel del consumo de calorías. En 2009, casi tres cuartas partes de la población india consumía menos de 2.100 calorías por día. Este porcentaje ha subido del 64% en 2005 y el 58% en 1984. Por tanto el consumo de calorías en la India ha disminuido para mucha más gente durante sus relativamente altas tasas de crecimiento.
Un estudio publicado este año indica que 680 millones de indios viven en una privación absoluta. Hay así más gente viviendo en la extrema pobreza en la India que en el África subsahariana. Todo esto a pesar de las comparativamente altas tasas de crecimiento y la retórica de el Brillo Indio (India Shining, una campaña de propaganda del gobierno derechista indio en 2004. Nota del tr.). Así que tasas altas de crecimiento no van a terminar necesariamente con la desigualdad.
Una forma estándar de medir la pobreza es calcular qué porcentaje de la población de un país vive con menos de 2 dólares al día, factorizándolo en paridad de poder de compra. En tres países africanos -Burundi, República Democrática del Congo y Liberia- más del 90% de la población consigue menos de 2 dólares por día.
En Nigeria, que es exportadora de petróleo, el 84 por ciento de la población sobrevive con 2 dólares por día. Bangladesh, que viste al mundo de algodón, tiene a tres cuartes partes de su población viviendo por debajo de esa barrera. Quedándonos con los productores de algodón, cuatro países del oeste de África -Nigeria, Benin, Burkina Faso y Mali- están entre los países más pobres del mundo, todos con al menos tres cuartas partes de la población en la pobreza.
El número de población empobrecida en el África subsahariana creció de 376 millones en 1999 a 414 millones de personas en 2010, una tasa de aumento bastante más abrupta que la del crecimiento de población. El Banco Mundial, viendo estos datos, admite: “El crecimiento solo no es suficiente para reducir rápidamente la pobreza en la región”. De hecho, no es “el crecimiento solo” el problema, sino el tipo de vía de crecimiento escogido por una sociedad.
El crecimiento en estas zonas a menudo procede de dos vías. Primera, la venta de materias primas como petróleo, minerales preciosos y metales (como uranio y coltán). Segunda, la venta al sector privado del derecho a proporcionar servicios sociales (educación, sanidad). Los beneficios tanto de las ventas de materias primas como de la privatización están generalmente en manos de empresas privadas, no del estado o del público general.
La obscenidad aumenta cuando se tiene en cuenta el enfoque hacia la pobreza del actual orden mundial. El Banco Mundial establece los términos para el lenguaje de alivio de la pobreza. Ofrece los siguientes tres elementos: promover la propiedad privada, usar el dinero público para construir grandes infraestructuras y presionar para conseguir mayores tasas de crecimiento.
El economista peruano Hernando de Soto defiende que la solución para la pobreza endémica es dejar que los pobres tengan títulos de propiedad sobre sus barracas. Pero un Informador Especial de las NNUU sobre el derecho a la alimentación, Olivier De Schutter, ha señalado que el mercado sobre la tierra resultante privaría en última instancia a los pobres de uno de sus pocos activos permanentes, es decir, la tierra sobre la que vivir y con la que ganarse la vida.
De Schutter sugiere que los usuarios de la tierra estén registrados para que tengan el derecho a esta tierra. También apoya la aprobación de leyes contra los desalojos y de derechos de arrendamiento. Grupos activistas van más allá, reivindicando el derecho de los habitantes de los barrios pobres a la propiedad comunal. Otra panacea del Banco Mundial es construir infraestructuras a gran escala vinculando a los pobres a los mercados -mejores carreteras, mejor generación de electricidad, mejores telecomunicaciones-. El desarrollo en infraestructuras es esencial, pero el tipo de infraestructura construida, y a qué coste económico y social, es igualmente esencial.
Recientemente, el Banco Mundial dijo que el Sur de Asia tiene una “brecha en infraestructuras” de 2,5 billones de dólares, queriendo decir que el país necesitaría conseguir este dinero para actualizar su infraestructura a estándares contemporáneos. El Banco Mundial recomienda que un tercio de este capital vaya al transporte, un tercio a la generación de energía eléctrica y el resto a suministro de agua, saneamiento, gestión de residuos sólidos, telecomunicaciones e irrigación.
Es una lista reveladora. Favorece los elementos caros -grandes presas, grandes proyectos de autovías y aeropuertos internacionales-, el paisaje de la modernidad al estilo norteamericano. ¿Tienen “bienes sociales” como autovías y aeropuertos un impacto universal sobre la sociedad o deberían más bien ser considerados como “bienes de clase”? ¿Los beneficios de autovías y aeropuertos no los disfrutan mucho más las clases económicas dominantes que el pueblo en su conjunto?
Tomemos dos electrodomésticos. Es obvio que un fogón sin humo es un desarrollo social esencial. Miles de laboratorios universitarios tienen diseños para estos fogones. Y sin embargo no están en todos los hogares, desde el Nepal rural al México urbano. ¿Por qué? Bien, la gente que las necesitaría no tiene el poder de compra para conseguirlos. El capital no coge el prototipo del laboratorio, lo desarrolla en un mercado de bienes de consumo masivo y lo introduce en cada cabaña que quema combustibles fósiles sin ventilación. Las cocinas sin humo se convierten en un proyecto de desarrollo de ONG de boutique.
Por el otro lado, todas las casas en los Estados Unidos y el Norte de Europa tienen un congelador. En esta parte del mundo, donde hiela durante varios meses al año, no usamos el exterior para conservar nuestros bienes congelados.
Lo que hacemos a cambio es enfermizo: construimos casas con calefacción. Dentro de las casas con calefacción tenemos un congelador que gasta energía de la casa calefactada para mantener los alimentos congelados. Entonces, dentro del congelador, como no queremos dejar que lo estropee el hielo, tenemos un pequeño serpentín calentador para mantener la temperatura. En otras palabras, hemos creado un consumo de masas de una mercancía -el congelador- que usa una obscena cantidad de energía y tiene poco sentido al menos durante cuatro meses al año.
Un mundo que hace de un congelador en el Norte global un electrodoméstico esencial, pero no una cocina sin humo en el Sur global, es una sociedad que ha se ha subordinado ella misma a las leyes del capital. “Las ideas dominantes de una época son las ideas de la clase dominante”, escribieron Marx y Engels. Tenían razón.
Los poderosos no solo controlan la riqueza social, también controlan la política de discusión pública -y lo que se considera intelectualmente correcto-. Las buenas ideas no son nunca suficiente. No son creídas o puestas en marcha simplemente porque sean correctas. Se convierten en las ideas de nuestro tiempo solo cuando son ejercidas por aquellos que llegan a creer en su propio poder, que usan este poder para luchar mediante instituciones y hacer avanzar sus ideas.
Todo el mundo sabe de la desigualdad en la riqueza. Todo el mundo sabe de la pobreza. El aburrimiento guía las consersaciones sobre este tipo de cosas. Alguien tiene que hacer algo para ocuparse de ello. Es verdad. Hay multitud de movimientos populares por todo el mundo que intentan batallar la existencia del mayor proveedor de brutalidad social: la pobreza. Pero con poco éxito.
La Primavera árabe fue una amplia protesta contra la pobreza -una revolución por “Pan, libertad y justicia social” (aish, hurriya, adala igtimaiyya) como decía la consigna. Resonó en toda la Plaza de Tahrir. El pan, o ‘aish, en el árabe de Egipto, se refiere a la vida. El llamamiento por el pan es un llamamiento por la vida.
Mientras la Revuelta árabe de 2011 se desliza a su actual oscuridad -el Estado Islámico en Siria-Irak, el ahogamiento israelí de Palestina, el eclipse egipcio, el baño de sangre en Libia- el eco de Tahrir se puede oír por las esquinas, resistiendo como un sentimiento de culpa. Esta cerca de una canción reciente militante libanesa de Julia Boutros sobre la gente que “resistió la locura del viento”. El colapso de la Primavera Árabe es una señal de la dificultad para superar la situación actual. Quedan pequeños atisbos de esperanza en América Latina, pero a estos tampoco les faltan sus propias crisis. ¿Dónde está la esperanza genuina? No en Gaza, bombardeada hasta la Edad de Piedra. No en Siria o Irak, no en las vastas tierras de la larga guerra en la región de los Grandes Lagos de África. No hay esperanza en las favelas de Brasil ni en los bastis de India. Ninguna en realidad en Detroit o Ferguson, ninguna en los crecientes barrios de chabolas de Atenas o de Madrid.
Aquí las luces se mantienen bajas para ocultar la abominable obscenidad de la vida cotidiana, las terroríficas fábricas camufladas en los barrios chabolistas que dependen de una población fragmentada y desesperada. Es aquí, en estos barrios chabolistas y en estas fábricas donde la población mundial es “maltrecha lentamente como guijarros a formas fortuitas” (Auden).
Estas son las “fábricas” de la globalización del siglo XXI -refugios pobremente construidos para un proceso de producción encaminado a largas jornadas de trabajo, máquinas de tercera y trabajadores cuyas propias vidas están sometidas a los imperativos de la producción just-in-time. Descibriendo el régimen fabril en Inglaterra durante el siglo XIX, Karl Marx escribió:

“Pero en su  ciega e irrefrenable pasión, su hambre de lobo por el trabajo con superávit, el capital sobrepasa no solo la moral, sino incluso los mismos límites máximos del cuerpo en un día de trabajo. Usurpa el tiempo para el crecimiento, desarrollo y mantenimiento saludable del cuerpo. … Llega a este final reduciendo la extensión de la vida del trabajador, como un granjero codicioso  reduce la producción de la tierra al reducir su fertilidad”

¿Qué produce la pobreza? No la falta de títulos de propiedad, o la falta de altas tasas de crecimiento, o la falta de infraestructuras del siglo XXI. Lo que produce la pobreza es un sistema de producción social para el beneficio privado -en otras palabras, el capitalismo-. El capital organiza de forma soberbia todas las hasta ahora dormidas fuerzas de producción en un proceso social organizado con efectividad. El tiempo amable de la era precapitalista es apartado de un empujón a medida que el capital condensa la fuerza de trabajo en cada segundo. El desperdicio está prohibido, el descanso es pecado.
El capitalismo -aterrador en sus efectos sociales a largo plazo- se pone en peligro por sus propias contradicciones. Las crisis surgen y se recomponen antes de que llegue la siguiente crisis. Pero estas crisis no ponen de rodillas al capitalismo, no inauguran un nuevo orden.
El protagonista de la transformación, incluso en el siglo XXI, sigue siendo la clase trabajadora. Esté empleada o no, esta es la clase que no tiene capital y debe rebuscar en los oscuros callejones su sustento. Sentimientos de imposibilidad nos han apartado de la posible historia del futuro.
No hay que hacer caso a esto. Es más realista creer que una alternativa socialista, más que la caridad o las políticas del Banco Mundial, harán que la pobreza sea historia.
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Acerca de Carlos Valmaseda

Trabajo como bibliotecario en el Instituto Cervantes. Tras vivir en Moscú y Manila actualmente resido en Nueva Delhi.
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