La emergencia planetaria por John Bellamy Foster y Brett Clark

[Traducido para Mientras tanto en 2013]

John Bellamy Foster es editor de Monthly Review y profesor de sociología en la Universidad de Oregon. Brett Clark es profesor adjunto de sociología en la Universidad de Utah

El capitalismo está hoy atrapado en una, al parecer, crisis sin fin en la que el estancamiento económico y la agitación recorren el mundo.1 Pero mientras el mundo se ha estado fijando en el problema económico, las condiciones mundiales medioambientales han empeorado rápidamente, enfrentando a la humanidad con su crisis definitiva: la de la supervivencia a largo plazo. La fuente común de ambas crisis se encuentra en el proceso de acumulación de capital. Igualmente, la solución debe buscarse en una “reconstitución revolucionaria de la sociedad en toda su extensión”, yendo más allá del régimen del capital. 2

Todavía es posible que la humanidad evite lo que el economísta Robert Heilbroner llamó una vez el “Armageddon ecológico”3. Los medios para la creación de un mundo justo y sostenible existen actualmente, y se encuentran ocultos en la brecha creciente entre lo que se podría conseguir con los recursos ya disponibles y lo que el orden social dominante nos permite conseguir. Es este potencial latente de un metabolismo humano con la naturaleza diferente lo que ofrece la llave maestra para una estrategia ecológica de salida.
El precipicio ecológico al que nos acercamos
La ciencia nos dice hoy que como mucho tenemos una generación para llevar a cabo una transformación radical de nuestras relaciones económicas y nuestras relaciones con la Tierra si queremos evitar un gran punto de inflexión o “punto de no retorno”, tras el cual enormes cambios en el clima de la Tierra estarán probablemente más allá de nuestra capacidad de evitarlos y serán irreversibles.4 En ese punto será imposible parar que se sigan fundiendo las capas de hielo en la Antártida y Groenlandia y por tanto que el nivel demar suba hasta “decenas de metros”5. Ni seremos capaces de impedir que el hielo ártico marino desaparezca completamente en los meses de verano, o que el dióxido de carbono y el metano se liberen masivamente por la descomposición de la materia orgánica actualmente atrapada bajo el permafrost -suponiendo ambos retroalimentaciones positivas que acelerarían peligrosamente el cambio climático-. Los acontecimientos climáticos extremos se harán más y más frecuentes y destructivos. Un artículo en los Proceedings of the National Academy of Sciences ha demostrado que la ola de calor récord que golpeó el área de Moscú en 2010 con efectos desastrosos fue cinco veces más probable en la década que terminaba ese año comparada con las décadas anteriores debido a la tendencia al calentamiento, que implicaba una “probabilidad aproximada del 80%” de que “no se hubiese producido sin el cambio climático”. Otros ejemplos de clima extremo como la mortal ola de calor europea en 2003 y la grave sequía en Oklahoma y Texas en 2011 se han demostrado conectados al calentamiento de la Tierra. El huracán Sandy, que devastó buena parte de Nueva York y Nueva Jersey a finales de octubre de 2012 se vió impactado y amplificado en buena parte por el cambio climático.6 El punto de cambio climático irreversible se fija normalmente en un aumento de 2º C (3,6º F) de la temperatura media global, que ha sido descrito como el equivalente a nivel planetario a “cortar la última palmera” en la Isla de Pascua. Un aumento de 2ºC de la temperatura media global coincide aproximadamente con las emisiones de carbono acumuladas de un billón de toneladas métricas. Basándose en las tendencias de emisiones pasadas los científicos del clima en la Universidad de Oxford predicen que alcanzaremos la marca del billón de toneladas métricas en 2043, o treinta y un años a partir de ahora. Podríamos evitar emitir la tonelada métrica un billón si redujésemos nuestras emisiones de carbono a partir de ahora mismo a una tasa anual de 2,4 por ciento por año.7
Sin lugar a dudas, la ciencia climática no es lo suficientemente exacta como para señalar exactamente cuánto calentamiento global es necesario para llevarnos más allá del punto de inflexión.8 Pero todos los indicadores recientes nos dicen que si queremos evitar el desastre planetario debemos permanecer considerablemente por debajo de los 2ºC. En consecuencia, casi todos los gobiernos han firmado quedar por debajo de los 2ºC como objetivo a instancias del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de las NNUU. Cada vez más, los 2ºC  han llegado a simbolizar la realidad de un punto de no retorno planetario. En este sentido, todas las discusiones sobre cómo será el clima si el mundo se calienta hasta 3ºC, o hasta 6ºC son relativamente absurdas.9 Antes de que se alcancen tales temperaturas ya habremos alcanzado los límites en nuestra capacidad para controlar el proceso de cambio climático y nos quedará entonces la tarea de adaptarnos a condiciones ecológicas apocalípticas. El hielo marino ártico ya experimentó una fusión record en el verano de 2012, y algunos científicos predicen un Ártico libre de hielo en el verano tan pronto como en 2016-2020. En palabras de James Hansen, el climátologo lider mundial, nos enfrentamos a una “emergencia planetaria” -puesto que si nos acercamos a los 2ºC habremos empezado un proceso que está fuera del control de la humanidad-“.10
Dado todo esto, en realidad plantearnos como objetivo la marca del billón de toneladas métricas en emisiones de carbono acumuladas, o un aumento de 2ºC en la temperatura global, sería cortejar el desastre a largo plazo. Algunos analistas climáticos destacados han propuesto el objetivo de quedar por debajo de los 750 mil millones de toneladas métricas de carbono -estimando que así se tiene una oportunidad de un 75 por ciento de quedar por debajo del punto de inflexión del cambio climático-. Con el ritmo actual de emisión de carbono se calcula que alcanzaremos la marca de los 750 mil millones de toneladas métricas en 2028, es decir, dentro de dieciseis años. Podríamos evitar emitir la tonelada 750 mil millones si redujésemos nuestras emisiones de carbono inmediatamente a una tasa media anual de un 5,3 por ciento.11 Para tener una cierta perspectiva de lo que esto significa, la Stern Review en The Economics of Climate Change publicada por el gobierno británico en 2007, y que es considerada generalmente como un representante del ala progresista del debate sobre el carbono, argumentaba que una reducción de las emisiones de una tasa de más de un 1 por ciento anual ocasionaría una grave crisis a la economía capitalista y sería por tanto impensable.12 Muchos creyeron que la Gran Crisis Financiera daría como resultado una abrupta reducción de las emisiones de carbono, ayudando así a limitar el calentamiento global. Las emisiones de carbono se redujeron un 1,4 por ciento en 2009, pero esta breve disminución fue más que compensada por un crecimiento record de un 5,9 por ciento de emisiones de carbono en 2019, incluso cuando la economía mundial como conjunto permanecía estancada. Este rápido aumento ha sido atribuido principalmente a una mayor intensidad en el uso de combustibles fosiles de la economía mundial y a la continua expansión de las economías emergentes, especialmente China.13 
En un artículo influyente publicado en Nature Climate Change,”Efectos asimétricos del empeoramiento económico en las emisiones de CO2″, Richard York utilizó datos de más de 150 países entre 1960 y 2008 para demostrar que las emisiones de dióxido de carbono no disminuyen en la misma proporción en una fase descendente de la economía como aumentan en una ascendente. Así, por cada 1 por ciento de crecimiento del PIB per cápita las emisiones de carbono crecieron un 0,733 por ciento, mientras por cada caída del 1 por ciento en PIB, las emisiones de carbono cayeron solo un 0,430 por ciento. Estos efectos asimétricos se pueden atribuir a las infraestructuras fijas -fábricas, redes de transporte y hogares- en el sentido de que estas estructuras no desaparecen durante las recesiones y siguen influyendo en el consumo de combustibles fósiles. Se sigue de ahí forzosamente que un sistema económico de boom y caída no puede reducir las emisiones de carbono. Que esto solo se puede conseguir mediante una economía que reduzca tales emisiones sobre una base constante junto con cambios en la infraestructura de producción y de la sociedad en general.14
De hecho, hay razones para creer que existe un fuerte impulso en el capitalismo en su actual fase monopolista-financiera para buscar formas de producción más intensivas en el uso de combustibles fósiles cuanto más profundamente cae en la trampa del estancamiento, dando como resultado repetidos intentos de reiniciar el motor del crecimiento recurriendo, a todos los efectos, a darle más gas. Según el Índice de Carbono Bajo la intensidad del uso del carbono de la producción mundial  cayó un 0,8 por ciento en 2009, y un 0,7 por ciento en 2010. Sin embargo, en 2011 la intensidad de uso del carbono en la producción mundial creció un 0,6 por ciento. “La recuperación económica, allí donde se ha producido, ha sido sucia.”15 La idea de que una economía capitalista del crecimiento tendente al estancamiento (lo que Herman Day llama una “economía de crecimiento fallida”) sería aún más intensamente destructiva del medio ambiente fue una tesis avanzada ya en 1976 por el sociólogo ecologista marxista pionero Charles H. Anderson. Como señaló Anderson, “a medida que crece la amenaza del estancamiento, lo hace la necesidad de rendimiento para mantener tasas de crecimiento tolerables.”16
La esperanza de muchos de que el pico de producción de crudo y el fin del petróleo barato servirían para limitar las emisiones de carbono también se han demostrado falsas. Esta claro que en una era de crecimiento de la producción a nivel mundial de carbón, fracking y petróleo procedente de las arenas asfálticas no falta carbono para calentar el planeta. Las existencias conocidas hoy de reservas de petróleo, carbón y gas son al menos cinco veces el “presupuesto” que le queda de carbono al planeta, ascendiendo a 2,8 gigatones de carbono potencial, y hay signos de que el sistema capitalista pretende quemarlas todas.17 Como observó Bill McKibben en relación a estas reservas de combustibles fósiles: “Sí, este carbón y petróleo están todavía técnicamente bajo tierra. Pero económicamente  ya están fuera.”18 Las empresas y los gobiernos cuentan con estos recursos de carbono y activos financieros, lo que significa que se cuenta con explotarlos. No hace mucho los ecologistas estaban preocupados porque el mundo se quedase sin combustibles fósiles (especialmente crudo). Ahora este sentimiento se ha invertido por las preocupaciones sobre el cambio climático.
Por mala que sea la crisis climática, sin embargo, es importante entender que es solamente una parte de una crisis ecologica global mayor -puesto que el cambio climático es simplemente una entre toda una serie de peligrosas brechas en los límites planetarios producto de las transformaciones humanas de la Tierra. La acidificación de océano, la destrucción de la capa de ozono, la extinción de especies, la alteración de los ciclos del nitrógeno y el fósforo, el aumento de la escasez de agua dulce, el cambio en la cobertura de la tierra y la contaminación química suponen todas ellas crisis/transformaciones ecológicas globales. Ya hemos cruzado los límites planetarios (definidos por los científicos basándose como punto de partida en las condiciones del Holoceno) no solo en relación al cambio climático, sino también con respecto a la extinción de especies y al ciclo del nitrógeno. La extinción de especies se produce a unas mil veces la “tasa de fondo”, un fenómeno conocido como la “sexta extinción” (refiriéndose a las cinco periodos anteriores de extinciones masivas en la historia de la Tierra -la más reciente de las cuales, hace 65 millones de años, tuvo como resultado la extinción de los dinosaurios)-. La contaminación por nitrógeno constituye hoy una de las causas principales de la existencia de zonas muertas en los océanos. Otras brechas planetarias en desarrollo, como la acidificación de los océanos (conocida como “el gemelo malo” del cambio climático puesto que también es causada por las emisiones de carbono) y la pérdida crónica de suministros de agua dulce, que está llevando a la privatización global del agua, son una preocupación cada vez mayor. Todo esto plantea cuestiones básicas de supervivencia: la crisis definitiva a la que se enfrenta la humanidad.19
La crisis definitiva

La escala y velocidad del reto ecológico emergente, manifestado no solo en el cambio climático sino también en otras numerosas brechas planetarias, constituyen una prueba irrefutable de que la raíz del problema medioambiental se encuentra en nuestro sistema socioeconómico, y especialmente en la dinámica de acumulación de capital.

Frente a tales problemas intratables, la respuesta de los intereses dominantes ha sido siempre que la tecnología, complementada con la magia del mercado y el control de la población, puede solucionar todos los problemas, permitiendo una acumulación sin fin del capital y el crecimiento económico sin indebidos efectos ecológicos mediante un absoluto desacople del crecimiento respecto a la producción medioambiental. Así, cuando se le preguntó al presidente Obama por los problemas planteados por los combustibles fósiles (entre los que se incluyen las arenas asfálticas, el shale gas y shale oil y el carbón) este respondió: “Vamos a tener que trabajar todos juntos de una manera efectiva para resolver cómo compensamos el imperativo del crecimiento económico con las muy reales preocupaciones por los efectos que estamos teniendo sobre nuestro planeta. Y en última instancia pienso que esto puede ser resuelto con tecnología”.20 Sin embargo, el sueño de que la tecnología sola, entendida en un sentido abstracto, pueda solucionar el problema medioambiental al permitir un crecimiento económico sin efectos ecológicos indebidos mediante un absoluto desacople de uno respecto al otro, se está desvaneciendo rápidamente.21 No es solo que las soluciones tecnológicas estén limitadas por las leyes de la física, en concreto la segunda ley de la termodinámica (que nos dice, por ejemplo, que la energía se disipa parcialmente cuando se usa), sino que también están sujetas a las leyes del capitalismo mismo.22 El cambio tecnológico bajo el actual sistema nos proporciona rutinariamente ganancias relativas de eficiencia en el uso de energía, reduciendo la energía y los inputs de materias primas por unidad de producto. Sin embargo, esto raramente da como resultado disminuciones absolutas en producción medioambiental en el nivel agregado. Más bien la tendencia es hacia un aún mayor uso de materias primas y energía. Esto lo explica la bien conocida paradoja de Jevons, llamada así en honor del economista del siglo XIX William Stanley Jevons. Jevons señaló que las mejoras en eficiencia energética casi invariablemente aumentan la cantidad absoluta de energía usada, puesto que tal eficiencia alimenta la expansión económica. Jevons subrayaba cómo cada nueva máquina de vapor de la famosa máquina de Watt era cada vez más eficiente en su uso del carbón que la anterior, pero la introducción de cada máquina de vapor mejorada sin embargo daba como resultado un mayor uso absoluto de carbón.23 En realidad, la paradoja de Jevons tal como se concibió originalmente es simplemente una aplicación restrictiva de la paradoja de la eficiencia del capitalismo en general. Las mejoras en la productividad del trabajo, por ejemplo, no llevan generalmente a un menor tiempo de trabajo total gastado en la producción, puesto que el objeto de tal mejora es aumentar aún más la acumulación. Como señalaba Marx, la reducción del trabajo duro “no es de ninguna manera el objetivo de la aplicación de la maquinaria bajo el capitalismo… La máquina es un medio para producir plusvalor” y expander indefinidamente la acumulación de capital.24


Marx captó la naturaleza expansiva y la lógica del capitalismo como sistema en lo que él llamaba “la fórmula general del capital”, o D-M-D’. En una economía de mercancías simples el dinero existe simplemente como intermediario para facilitar el intercambio entre distintas mercancías asociadas con valores de uso definidos, o M-D-M. El intercambio empieza con un valor de uso y termina con otro, con el consumo de la mercancía final como final del proceso. El capitalismo, sin embargo, toma la forma de D-M-D’ en la que el dinero (D) es intercambiado por trabajo y medios materiales de producción con los que producir una nueva mercancía (M), a ser intercambiada por más dinero (D’), lo que rinde el valor original más el valor añadido, esto es, plustrabajo o beneficio
(D + Δ d). Aquí el proceso no termina lógicamente con la recepción de D’. Por el contrario, el beneficio se reinvierte de forma que lleva a la siguiente fase de D-M-D” y luego a D-M-D”’, en una secuencia sin fin solo interrumpida por crisis económicas periódicas. El capital en esta concepción no es nada más que un valor que se autoexpande, y es indistinguible del impulso a acumular a una escala aún mayor: “¡Acumulad, acumulad! ¡He ahí a Moisés y los profetas!”25

Este impulso incesante para amasar más y más riqueza, exigiendo más y más consumo de energía y recursos y generando más desechos, constituye “la ley general absuluta de la degradación medioambiental bajo el capitalismo”.26 Hoy la escala de la economía humana ha llegado a ser tan grande que sus actividades cotidianas, como las emisiones de dióxido de carbono y el uso de agua dulce, amenazan ahora los procesos biogeoquímicos fundamentales del planeta. El análisis ecológico muestra de forma bastante irrefutable que estamos enfrentandonos a los límites de la Tierra. No es solo ya que no sea posible un crecimiento económico exponencial continuado durante más tiempo, sino que también es necesario reducir la huella ecológica de la economia mundial. Y puesto que no existe tal cosa como un absoluto desacople de la economía del consumo ecológico esto significa que el tamaño de la economía mundial también debe dejar de crecer. Por el contrario, debe disminuir su tamaño.27 Por encima de esto y dando más fuerza a este dilema, la economía mundial debe desengancharse completamente de los combustibles fósiles como fuente de energía -antes de llegar al billón de toneladas métricas (y con suerte antes de los 750 mil millones de toneladas métricas) de carbono emitidas a la atmósfera-. Pero sin el subsidio de los combustibles fósiles la continuación de una economía mundial-capitalista-industrial en su forma actual se demostrará imposible.28

Monopolio de capital y un “Próspero Descenso”

Para entender por qué el problema ecológico es tan intratable para el capitalismo, y lo que esto nos dice sobre la salida necesaria de nuestra actual emergencia planetaria, es útil referirse a un pasaje de los editores de Monthly Review Harry Magdoff y Paul Sweezy escrito hace casi cuarenta años, pero que vale la pena examinar con atención hoy:
Tomemos… la profundamente asentada fe en que el aumento de la producción y la productividad son la panacea soberana para todas las enfermedades del capitalismo… Esta claro que este mito ha sido fuertemente sacudido y hemos llegado a darnos cuenta de la creciente escasez de materias primas y fuentes de energía y del impacto cada vez más grave de múltiples formas de contaminación sobre la salud y el bienestar de poblaciones enteras. En lugar de una panacea universal, resulta que el crecimiento es en sí mismo una causa de la enfermedad. Pero, ¿cómo va uno a parar el crecimiento y seguir manteniendo la empresa capitalista a flote? Ante la ausencia de crecimiento, por ejemplo, las industrias que producen maquinaria y otros medios de producción se marchitarían puesto que estarían limitadas a fabricar solo equipamiento de repuesto. La disminución de las industrias de bienes de capital, a su vez, daría como resultado una reducción del empleo y por tanto una disminución de la demanda de consumo, lo que a su vez terminaría en cierres de fábricas de bienes de consumo.
Pero esto es solo una parte del cuadro. Supongamos que nos olvidamos de intentar controlar el crecimiento y nos centramos en cambio en disminuir los efectos del crecimiento reduciendo la contaminación y organizando un uso más racional de las materias primas y la energía. Un enfoque como este, esta claro, supondría un alto grado de planificación social: nada menos que un completo redireccionamiento de la economía lo que supondría, entre otras cosas, cambios en la distribución de la población, los métodos de transporte y la localización de las plantas -ninguno de los cuales puede estar sujeto a una verdadera planificación social sin violar los derechos de propiedad privada sobre la tierra, las fábricas, las acciones y bonos, etc.
Desde cualquiera que sea el lado con el que nos acercamos al problema -controlar el crecimiento o reestructurar la producción existente, el transporte y los modelos residenciales- tropezamos con antagonismos y conflictos de interés con los que los capitalistas y aquellos encargados de proteger a la sociedad capitalista no pueden, por la propia naturaleza del caso, enfrentarse. En el análisis final, lo que queda en el camino a cualquier acción efectiva es la contradicción entre el potencial social de la tecnología actual y los resultados antisociales de la producción privada de los medios de producción.
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A pesar de que los problemas medioambientales son inconmesurablemente peores que cuando lo anterior fue escrito, este análisis no ha perdido nada de su relevancia. Es aún más evidente que el crecimiento, en lugar de ser una “panacea universal” es una “causa de enfermedad”. Hoy, “lo que es esencial para el éxito es un giro total, no una mero ralentización de las tendencias subyacentes de los últimos siglos”.30 Sin embargo, por lo que se refiere al capitalismo, la expansión es una exigencia para la existencia del sistema mismo. “El capitalismo”, como observó Murray Bookchin, “no puede ser ‘persuadido’ de limitar el crecimiento más de lo que un ser humano puede ser ‘persuadido’ de dejar de respirar. Los intentos de ‘capitalismo verde’, de hacerlo ‘ecológico’ están condenados por la naturaleza misma del sistema como un sistema de crecimiento infinito.”31

Los problemas son igualmente intratables desde el otro lado del cuadro, como expusieron Magdoff y Sweezy. La incapacidad del capitalismo para implicarse en una planificación social y económica se refleja en décadas de política mediomabiental fallida. Aunque ha habido algunas mejoras medioambientales relativamente menores, todos los intentos de una planificación completa y una acción del tipo necesario para evitar lo que la comunidad científica está señalando como un  camino seguro a la destrucción han sido sistemáticamente rechazados por el sistema. A cambio se invoca al cambio tecnológico como un deus ex machina que nos permitiría seguir por el camino actual de producción, distribución y consumo. No hay duda de que ya existe el potencial socio-tecnológico para resolver nuestros problemas medioambientales más crónicos y para mejorar la existencia humana -si utilizásemos las actuales capacidades humanas y recursos naturales de una forma racional y planificada-. Pero este potencial existente simplemente es descartado: tales soluciones racionales necesariamente se las tienen que ver con “los resultados antisociales [y antiecológicos] de la propiedad privada de los medios de producción.”

Aquí es esencial reconocer que el capitalismo en su etapa monopolista es un sistema con un nivel tan alto de productividad del trabajo que tiene tendencia constantemente a la sobreacumulación de capital y al estancamiento debido a la saturación del mercado y la escasez de canales rentables para una inversión productiva. Para seguir existiendo y seguir cosechando márgenes de beneficio monopolísticos bajo estas condiciones ha mutado en una economía intrínsecamente derrochadora: tanto económica como ecológicamente. Nuestra sociedad se caracteriza por (1) unos esfuerzos de venta pantagruélicos y siempre en aumento que han penetrado en la misma estructura de producción; (2) la obsolescencia programada (incluyendo la obsolescencia psicológica programada); (3) la producción de bienes de lujo para una minoría opulenta; (4) enormes gastos militares y penitenciarios; y (5) el crecimiento de una superestructura especulativa completa bajo la forma de mercados financieros, de seguros e inmobiliarios. Es una característica de este sistema que gran parte del enorme plusvalor económico de la sociedad moderna aparece como un derroche económico incorporado a la producción misma. Todo ello utiliza enormes cantidades de energía y recursos y contribuye a los desechos finales ecológicos arrojados al planeta. También maximiza la toxicidad de la producción, puesto que los plásticos y otros bienes basados en productos petroquímicos son más tóxicos, así como más baratos económicamente.32 Por esta razón el ecologista de sistemas líder Howard Odum, en un texto sobre Marx, insistía en que la clave para resolver el problema medioambiental -la forma de encontrar lo que en otra parte llamaba un “próspero descenso”- necesariamente implica eliminar el “lujo y el derroche” incrustados.33

Entre los primeros teóricos del capitalismo monopolista a principios del siglo XX se encontraba el economista y sociólogo estadounidense iconoclasta Thorstein Veblen quien argumentaba poderosamente que un sistema dominado por corporaciones gigantes, tendente a la superproducción y a la sobrecapacidad unido a su política monopolista de precios, estaba intrínsecamente caracterizado por la proliferación de derroche económico.34 El resultado fue el socavamiento de la estructura de producción de valor de uso, llevando a un derroche de recursos naturales y trabajo humano, una brecha creciente entre la producción real y la potencial y un fracaso a la hora de cubrir las necesidades sociales genuinas. Bajo el capitalismo monopolista (caracterizado por lo que los economistas llaman “competencia monopolística”), “Los productores”, escribió Veblen, “han prestado constantemente más atención a la posibilidad de venta de sus productos, de forma que buena parte de lo que aparece en los libros como costes de producción debería en realidad ser cargado a la producción de apariencias vendibles. La distinción entre calidad de trabajo y capacidad de venta se ha difuminado progresivamente hasta que sin duda es hoy cierto que el coste-de-venta de muchos artículos producidos para el mercado se puede atribuir principalmente a la producción de apariencias vendibles… Es presumiblemente seguro afirmar que los envases suponen la mitad de los costes de venta de lo que deberían en realidad llamarse “bienes paquete” y algo así como la mitad del precio pagado por el consumidor. En ciertas líneas, sin duda, como, por ejemplo, en los cosméticos y los remedios para el hogar, esta proporción se supera por un margen sustancial.35
El argumento de Veblen sobre la proliferación de desechos económicos en el mundo de las corporaciones gigantes tuvo una enorme influencia sobre librepensadores críticos político-económico en los Estados Unidos y demás países durante buena parte del siglo XX, entre los que se incluyen figuras como Scott Nearing, K. William Kapp, Vance Packard y John Kenneth Galbraith.36

No obstante, fueron los economistas políticos marxianos Paul Baran y Paul Sweezy en su obra El capital monopolista quienes llevaron más lejos la visión de Veblen. El esfuerzo en las ventas que caracterizaba al capitalismo monopolista, argumentaban, iba mucho más allá de la mera propaganda y promoción de ventas. Lo que aparecía más bien era “una condición en la que los esfuerzos de venta y producción se interpenetraban hasta tal punto que llegaban a ser virtualmente indistinguibles”, señalando “un cambio profundo en lo que constituyen los costes socialmente necesarios de producción así como en la naturaleza del producto social en sí mismo”. Baran y Sweezy llamaban a este fenómeno en su correspondencia “el efecto interpenetración”. Lo ilustraban refiriéndose a un estudio económico influyente que había sido llevado a cabo en relación a los cambios en los modelos de coche. Estimando los costes directos anuales de los cambios en los modelos de coche en los 50, muchos de los cuales se referían simplemente a la apariencia o a la “carrera por los caballos de potencia”, el estudio de los autores demostraba que tales costes eran “asombrosamente altos” elevándose a más de un 25 por ciento de los costes totales de los coches vendidos. Y nada de esto incluía los costes de los cambios de modelos de coche que se gastaban durante la vida de los vehículos, como la obsolescencia programada, los mayores costes de reparación y el aumento del consumo de gasolina. Ni tampoco cuestionaban los enormes beneficios monopolistas de las corporaciones fabricantse de coches o los enormes incrementos de precios de los concesionarios, que llegaban a un 30 a 40 por ciento.37

La teoría del capital monopolista sugiere así que el derroche económico de la sociedad capitalista no se encuentra solo en la superficie de la sociedad, como es evidente en el gasto militar, la publicidad, la especulación y demás, sino que más bien la irracionalidad se extiende a la producción misma en formas que raramente se analizan incluso entre los críticos radicales sociales y medioambientales del sistema. Hoy se supone generalmente que cualquier bien producido se fabrica bajo condiciones óptimas y tiene por objetivo la satisfacción de la soberanía del consumidor. Pero nada podría estar más lejos de la verdad en este caso. La mayor parte de la producción y del trabajo que se hace hoy en la economía de los EEUU constituye un derroche económico en el sentido de Veblen de “gasto” que “no sirve a la vida humana o al bienestar humano en su conjunto” y pertenece a la categoría de trabajo improductivo.38 Como señalaron Baran y Sweezy: “El diseñador de un nuevo modelo de un bien de consumo duradero, el ingeniero que remodela la fábrica para la producción de ese modelo, el trabajador manual que pinta con cromo el automóvil o mezcla una nueva “edición” de una pasta de dientes, el impresor que crea un nuevo envoltorio atrayente para una vieja sopa, y el trabajador de la construcción que ayuda a construir un nuevo “palacio de cristal” para una corporación, son todos miembros del enorme ejército de ventas que se mantiene gracias a una parte considerable de la producción de la sociedad”.39

En otras palabras, buena parte del trabajo en la producción moderna es improductivo, en el sentido de que no contribuye al plusvalor económico de la sociedad sino que más bien lo gasta. Este desarrollo también representa la destrucción de la estructura de valor de uso de la economía capitalista, que ya no está dominada por los valores de uso sociales, C, sino cada vez más por valores de uso específicamente capitalistas, CK, que tienen como único propósito promover el valor de cambio. El problema de D-M-D’ se transforma entonces por la introducción de tales valores de uso específicamente capitalistas en D-CK-D’. El avance cuantitativo del valor de cambio, y por tanto el crecimiento económico tal como es medido en nuestra sociedad, ya no se puede suponer que constituya un avance del bienestar humano en su conjunto, sino que muy probablemente suponga lo contrario.40 Se convierte cada vez más en la fuente principal de la crisis definitiva actual.41

En su libro de 1960 The Waste Makers [Los fabricantes de derroche], Packard citaba al diseñador industrial líder Brooks Stevens quien dijo, “toda nuestra economía está basada en la obsolescencia programada” y quien sin embargo negaba que esto constituyese un sistema de “derroche organizado” basándose en el cuestionable criterio de que esto contribuía positivamente al crecimiento económico.42

No vivimos en un mundo de riqueza real en aumento, sino más bien de “pobreza o malestar” [los autores usan la palabra creada por Ruskin “illth” con la raíz “ill”, enfermedad, haciendo un juego con “wealth”, riqueza, pero también bienestar. Nota del tr.] usando el memorable término de John Ruskin. En su pionero Índice de Bienestar Económico Sostenible en For the Common Good (1994), Herman Daly y John Cobb proporcionaron un análisis del bienestar económico total, incorporando los costes ecológicos a los tradicionales datos de entrada, y demostraron que el bienestar económico sostenible per cápita estaba disminuyendo, a partir de los 80, aunque aumentase el PIB.44 No obstante, este intento de cálculo más adecuado de los cambios en el bienestar material -puesto que no analizaba la producción en sí misma- solo rascaba la superficie de las irracionalidades incorporadas en las leyes de movimiento del capital monopolista-financiero contemporáneo y su cada vez más destructiva relación con el medio ambiente.45

Hoy la naturaleza eternamente derrochadora de la producción capitalista, vista desde una perspectiva cualitativa o de valor de uso, es descarnadamente evidente. La industria de embalaje, buena parte de la cual se dedica a los centros comerciales, es la tercera mayor industria en el mundo tras los alimentos y la energía.46 Se ha estimado que los costes de empaquetamiento suponen una media de un 10-40 por ciento de los productos no alimentarios comprados. El embalaje de los cosméticos cuesta en ocasiones tres veces más que producir su contenido.47 Cada año se producen mundialmente unos 300 millones de toneladas de plástico. Solo dos tercios de ellos bastarían, según The Guardian, para “cubrir los 48 estados contigüos de los EEUU con plástico para envolver comida”. La publicidad de algunos productos, como la sopa o la cerveza, supone un 10-12 por ciento de los costes de venta por unidad vendida, mientras en algunos juguetes la publicidad es un 15 por ciento del precio de venta al por menor.48 Mientras tanto, los presupuestos de promoción de venta de las corporaciones son a menudo tres veces los de sus presupuestos de publicidad.49 Solo en 2005 se gastaron en los EEUU más de un billón de dólares en marketing.50

No hay ninguna forma clara de estimar el coste completo de la irracional estructura de producción de un sistema así. No obstante, está claro que es de enormes dimensiones, y el coste material de los bienes es superado generalmente de largo por sus costes de marketing y distribución. De ahí se sigue que la planificación social y ecológica dirigida a a la producción de valores de uso y no a la promoción artificial de valor de cambio podría promover las genuinas necesidades humanas con un coste ecológico drásticamente reducido. Esto se multiplicaría por dos o por tres si reconociésemos la posibilidad de planificación social del transporte, la estructura urbana, la densidad de población, etc.

Los críticos medioambientales mainstream atribuyen a menudo las cada vez más derrochadoras y destructivas formas de consumo que plagan nuestra sociedad a los errores del consumidor ordinario bajo el supuesto de la “soberanía del consumidor”, uno de los principales dogmas de la economía ortodoxa. Pero con uno de cada 12 dólares del PIB de los EEUU gastado en marketing (lo que no incluye los costes de marketing  incorporados en la producción misma de las mercancías) la soberanía del consumidor es una mera ilusión. Los individuos en la sociedad están sujetos a una propaganda incesante casi en cada momento de sus vidas mientras están despiertos. De hecho, como argumentaba John Kenneth Galbraith con su famoso “efecto dependencia”, la forma en que consumimos en el capitalismo de hoy es en gran parte dependiente de la forma en que producimos, y no al revés.51

El marketing de mercancias en formas que explotan la alienación de los seres humanos en la sociedad capitalista monopolista es hoy una Bella Arte. Ya en 1933, el sociólogo Robert S. Lynd observó en una monografía titulada “Las personas como consumidores”, escrito para el Comité Presidencial de Investigación de Tendencias Sociales, que los cambios en “la publicidad, la política de marca y el estilo” se diseñaron para tomar plena ventaja de la inseguridad social y la alienación generadas por las condiciones económicas cambiantes. Las empresas veían en la “inseguridad en el trabajo, la monotonía, la soledad, el fracaso en el matrimonio y otras situaciones de tensión” oportunidades para elevar “cada vez más las mercancías a la clase de amortiguadores de la personalidad. En cada punto expuesto el vendedor alerta está listo con una panacea”.52 La necesidad simbólica que consiguen por tanto las mercancías en nuestra sociedad es crucial para lo que Juliet Schor ha llamado “la paradoja de la materialidad”, esto es, la venta de bienes materiales para satisfacer necesidades que en realidad no se pueden cubrir con mercancías materiales.53 Irónicamente, es esta incapacidad para conseguir satisfacción a partir de estas mercancías lo que asegura al capital un mercado permanente -en tanto que, como se nos dice constantemente, la “satisfacción está garantizada”-. El marketing juega con estas vulnerabilidades sociales, creando una serie interminable de nuevas necesidades, aumentando el despilfarro general del sistema.

El capitalismo monopolista exige una circulación de las mercancías cada vez más rápida para aumentar las ventas. La durabilidad es el enemigo del sistema. Los máximos beneficios son aquellos generados por una cultura de lo desechable. La vida económica de los móviles en los EEUU es solo de un par de años debido tanto a la obsolescencia programada como a la psicológica, con el resultado de que 140 millones de móviles alcanzaron lo que la Agencia de Protección Medioambiental llama su “fin de la vida” (FDV) en 2007. Unos 250 millones de ordenadores y periféricos llegaron a su FDV en ese mismo año.54 En 2006 Steve Jobs urgió a los consumidores a comprar un iPod cada año para estar siempre al día con la última tecnología. Más de 150 mil millones de envases de bebida de un solo uso se compran en los Estados Unidos cada año, mientras 320 millones de bebidas para llevar se venden y se tiran cada día. Desde los 60, los envases de un solo uso han subido en las bebidas no alcohólicas empaquetadas desde un 6 por ciento hasta el actual 99 por ciento. Los más de 100 mil millones de correos basura recibidos en los hogares y los negocios en los Estados Unidos cada año añaden 51 millones de toneladas de gases de efecto invernadero anualmente.56 En una economía diseñada para maximizar el derroche general, los productos se fabrican sistemáticamente para que no se puedan reparar. Los consumidores se ven por tanto impelidos a tirarlos y volver al mercado para comprarlos de nuevo.

La macro-ineficiencia del sistema, la falta de cualquier cosa que se parezca a una planificación social y económica, y las enormes montañas de residuos son realidades omnipresentes allá donde miremos -aunque, como el proverbial pez en el agua, a menudo somos incapaces de verlas-. La estructura de las ciudades organizadas alrededor de un sistema de transporte de “el coche primero”, la proliferación de centros comerciales, la congestión del tráfico urbano, la economía de casino, la sociedad litigante, la economía de guerra, el régimen carcelario y el consumo lujoso, ostentoso del 1 por ciento -todo señala a un mundo de excesos extremos, acompañados de una tremenda privación social y degradación medioambiental-. Se estima que el viajero medio de los EEUU de más de 18 años pasa 18,5 horas a la semana en un coche. En los 80 los conductores estadounidenses conducían una media de unos 16.000 kilómetros al año. Hoy son unos 22.500. Los estadounidenses condujeron 4,827 millones de km. en 2010. En 2010, el peso medio de un vehículo estadounidense era casi 360 kg. más alto que en 1987. Para cada millón de coches en los Estados Unidos, hacen falta el equivalente a casi 200.000 campos de fútbol de pavimento asfaltado.57

Diversos estudios han mostrado que el plusvalor económico en los Estados Unidos -buena parte del cual encuentra su rastro estadístico en el derroche económico asociado a la publicidad, el gasto militar y otras formas de producto socialmente improductivo- constituye más del 50 por ciento del PIB.58 A esto habría que añadir los costos innecesarios asociados al “efecto interpenetración”. Nada de esto, además, tiene en cuenta el daño real inflingido a los seres humanos y al medio ambiente -las llamadas “externalidades negativas”-. De hecho, el capitalismo, como argumentó en cierta ocasión el economista ecologista K. William Kapp, es una “economía de costes impagados.”59

Lo que todo esto significa es que la mayor parte de la economía se dirige a cualquier cosa menos a las necesidades de la gran mayoría de los seres humanos que trabajan y general producto. “Por toda su mezquindad”, escribió Marx, “la producción capitalista es totalmente derrochadora de material humano, igual que … [lo es] de recursos materiales, de forma que pierde para la sociedad lo que gana para el individuo capitalista”.60 El resultado bajo el capital monopolista-financiero de hoy es que, medido por cualquier estándar racional, el progreso material en la actualidad se está volviendo más negativo cada vez. Como señalaron Barry Commoner y Charles Anderson ya en los 70, estamos sobrepasando la capacidad de la naturaleza para mantener nuestras actividades económicas y generando por tanto una enorme “deuda ecológica” que finalmente tendremos que pagar simplemente para nuestra supervivencia.61

Odum, que se pasó las últimas dos décadas de su vida perfeccionando una crítica ecológica devastadora de la economía neoclásica en la que enfatizaba repetidamente la superposición de sus puntos de vista con los de Marx, proporcionó quizá el análisis más claro y más completo de lo que debe hacerse frente a la crisis planetaria. Argumentaba que era posible encontrar una solución social a las condiciones del clímax de acumulación representado por el sobrepasamiento ecológico alterando la estructura de producción y consumo a una escala mundial y reorientando el sistema económico hacia la riqueza real. Esto implicaría reconocer que “un derroche principal de nuestra sociedad es usar los combustibles fósiles en actividades improductivas. Conducimos más coches de los necesarios, los conducimos demasiado a menudo, y conducimos coches con demasiada potencia. Usamos coches para desplazarnos de casa al trabajo porque las ciudades no organizan con medios de transporte alternativos. Dado que mayores costes de energía hacen que la gente elimine algunos derroches estúpidos, puede que sean necesarios impuestos más altos sobre los combustibles en los Estados Unidos para estos usos derrochadores.”

Odum insistía en que era crucial para el desarrollo de condiciones económicas sostenibles la eliminación del intercambio ecológico desigual. Demostró que a finales de los 90 los Estados Unidos estaban ganando 2,5 veces más riqueza real (esto es, energía gris [embodied energy]) de la que exportaba, principalmente para desventaja de los países subdesarrollados. El cambio social necesario también exigía “el control de la tendencia inherente del capitalismo mundial a la explotación a corto plazo de los recursos”, lo que podía socavar la “base de recursos nacional/internacional … causando un colapso”. El crecimiento capitalista se “identificaba”, según sus ideas, “con una analogía a gran escala de un sobrecrecimiento de las semillas.” A nivel mundial, “el dominio exclusivo del  capitalismo a gran escala” debería ser “reemplazado por el énfasis en la cooperación con el medio ambiente y entre los países”.62

Para superar lo que llamaba un “capitalismo canceroso” que dejaba en descubierto los recursos y la energía, Odum insistía en que sería esencial eliminar el “derroche y el lujo” económico y ecológico que no mantuviesen trabajo, productividad real y riqueza real. De ahí que fuese necesario, entre otras cosas, sugería él: (1) que la industria cambiase su foco de la “construcción” (esto es, la inversión neta) al “mantenimiento” (esto es, la inversión en reposición); (2) “poner un límite máximo a los ingresos individuales”; (3) reducir la “renta de los intereses y los dividendos”; (4) “reducir el tamaño de las empresas reduciendo los salarios [de nivel superior] en lugar de despidiendo empleados”; (5) “proporcionar programas de trabajo público para los desempleados”; (6) “descentralizar la jerarquía organizativa”; (7) “limitar el poder de los coches privados”; (8) eliminar “el empaquetado plástico desechable”; (9) priorizar “la producción ecológica neta sobre el consumo”; (10) promover una economía óptima mediante una “gran diversidad, cooperación eficiente”; (11) “compartir información sin beneficio”; (12) promover “la igualdad entre los países” en el intercambio ecológico; y (13) “usar las variedades agrícolas que necesiten menos inputs”. Odum dejaba claro que esta transición exigía una ruptura con el “capitalismo imperial”.63 “Los ideales socialistas sobre distribución”, observó, “son más congruentes con un estado homeostático que con el crecimiento”, mientras en el capitalismo ocurre exactamente lo contrario.64

El Sur global y la Crisis definitiva
Los análisis de huella ecológica nos dicen que el mundo está sobrepasado, usando actualmente los recursos a un ritmo que sería sostenible para una Tierra y media. La fuente principal de este descubierto mediambiental se encuentra en los excesos de los países ricos que, no obstante, están siendo ahora duplicados a lo largo de todo el planeta. De hecho, si todo el mundo tuviese la huella ecológica per capita de los Estados Unidos, serían necesarias cinco Tierras.65 El mismo tamaño de la huella ecológica de una economía rica como la de los Estados Unidos es un indicador de su fuerte dependencia de un intercambio ecológico desigual, extrayendo recursos del resto del mundo, especialmente de los países subdesarrollados para expandir su propio crecimiento y poder.

Odum pudo demostrar, concretamente, que mientras los Estados Unidos recibían más del doble de energía gris del comercio que exportaba, Ecuador estaba exportando más de cinco veces la energía gris que recibía. El comercio entre los dos países era por tanto enormemente desventajoso para Ecuador desde el punto de vista de la riqueza real, mientras proporciona un enorme beneficio ecológico a la economía estadounidense.66

De ahí se deduce que la reducción de tamaño de la huella ecológica para que el mundo vuelva a estar de acuerdo con los límites medioambientales debe caer necesariamente muy desproporcionadamente sobre los países ricos capitalistas. La única solución justa y sostenible es la de una contracción y convergencia por las que las emisiones mundiales de carbono per capita y las huellas ecológicas se igualan, junto con la eliminación del intercambio ecológico desigual.67

El Sur global está más inmediatamente amenazado que el Norte por el cambio climático y otras brechas planetarias. Es aquí también donde ha surgido un movimiento campesino internacional, La Vía Campesina, y con él la esperanza de desarrollo de un proletariado medioambiental.68 Mientras tanto, la maquinaria de propaganda de los países ricos capitalistas retrata a las economías emergentes (en especial a China, donde las emisiones de carbono superan ahora a las de los Estados Unidos) como la principal amenaza única al medio ambiente. Comprender la relación del Sur global con la crisis definitiva es por tanto crucial. La comparación del nexo economía-ecología de los paises subdesarrollados con la de las economías capitalistas-monopolistas desarrolladas solo sirve para subrayar el caracter derrochador de estas últimas. A los principales países industrializados en la era posterior a la Segunda Guerra Mundial los han caracterizado los altos niveles de intensidad en el uso de energía y carbono (combustibles fósiles).69 Esta intensidad en un uso alto de energía fue posible por el sistema imperial de intercambio ecológico (y económico) desigual. Privados de sus enormes subsidios imperial-ecológicos y de combustibles fósiles, las economías ricas serían percibidas rápidamente como los sistemas ineficientes que son.70 Simon Kuznets, visto a menudo como la figura más destacada en el desarrollo de la contabilidad de la renta nacional en los Estados Unidos, subrayó algunas de las contradicciones al comparar el PIB de las economías desarrolladas y subdesarrolladas. En un artículo de 1949 “Renta nacional y estructura industrial”, Kuznets argumentaba que los los países capitalistas ricos estaban groseramente sobrevalorados desde el punto de vista de la renta nacional en comparación con formaciones económicas menos industrializadas, con menor comercialización, porque todo lo que pasaba por el mercado -incluidos costes que eran meras “compensaciones” a la ineficiencia y capacidad destructora de la producción industrial-capitalista concentrada- eran vistos como algo que aumentaba la renta nacional y el crecimiento económico.71 Así, era bien conocido (con referencia concreta a China) que las economías “preindustriales” o subdesarrolladas eran capaces de producir un contenido nutricional más alto con un menor coste; eran más eficientes “con respecto a la distancia” al unir a los productores con los consumidores y en la falta de necesidad de empaquetar y procesar los productos para evitar su pérdida; y eran capaces de dar seguridad a los individuos en sus ciclos de vida mediante la organización de una “vida familiar y comunitaria” (que en las economías ricas exige seguros).72

Buena parte de lo que se contaba como renta y crecimiento económico en la sociedad industrial moderna, como el “transporte extra y el manipulado” podían por tanto ser excluídos como meras compensaciones a las ineficiencias y capacidad destructiva de la vida industrial concentrada y urbana. Aquí Kuznets incluía la innecesaria dependencia del automóvil, buena parte de los costes de las viviendas, las enormes cantidades gastadas en distribución, transporte y comunicación; los gastos en los bancos, agencias de empleo, corredurías, etc.

Una gran parte de lo que se contaba como PIB y como crecimiento económico no consistía en nada más que “libaciones de petroleo en la maquinaria de la sociedad industrial”. En las economías altamente industrializadas “la producción, en el estrecho sentido de convertir pieles en zapatos”, observaba Kuznets, “explica meramente una pequeña parte de los valores de los bienes terminados, mientras” en las economías subdesarrolladas “lo explica todo. Las actividades de transporte y distribución en una sociedad industrial pueden ser vistas claramente como compensaciones a las desventajas [real materiales] de la fabricación con máquina a gran escala”. Para Kuznets, por tanto, muchos de los costes adicionales en los que incurren las sociedades industriales avanzadas eran compensaciones intermedias a características negativas asociadas con esas sociedades, no añadiendo nada a los valores de uso finales. Sin embargo, desde una perspectiva de planificación social o socialista, como en los análisis de Baran y Sweezy, la crítica era aún más profunda, puesto que la mayor parte de estos costes sociales artificiales se podrían clasificar no solo como compensaciones a la vida urbana-industrial, sino como productos del caracter explotador, centrado en el beneficio y monopolístico de la economía capitalista, y por tanto socialmente irracionales también en ese sentido.73
En el capital monopolista-financiero cada vez más globalizado de hoy, las irracionalidades ecológicas, sociales y económicas de la organización de la producción son visibles a escala planetaria. Esto es particularmente cierto en el agribusiness, dada su alta, casi exclusiva dependencia de inputs intensivos en carbono en cada etapa del proceso de producción (incluyendo la producción de fertilizantes); su destrucción de la agricultura de subsisencia; sus enormes cadenas de procesamiento, empaquetado y venta; y sus redes globales de distribución y transporte que maximizan la cantidad de kilómetros recorridos por los alimentos. Según el New York Times: “Un bacalao pescado en las costas de Noruega es enviado a China para convertirlo en filetes y luego enviado de vuelta a Noruega para su venta”. Esto se debe principalmente al arbitraje mundial de la mano de obra, que se aprovecha de los bajos salarios chinos (basados en el trabajo inmigrante y por tanto subvencionados por la agricultura campesina de subsistencia que cubre los principales costes de reproducción de los trabajadores). De la misma forma, el arbitraje mundial de la mano de obra explica por qué “la mitad de los guisantes de Europa crecen y se empaquetan en Kenia”. Un estudio analizó un típico desayuno sueco de pan, mantequilla, queso, manzana, café, leche, zumo de naranja y azucar y llegó a la conclusión de que los alimentos habían viajado el equivalente a 40.066 km. -la circunferencia del planeta-.74 El alimento medio en el consumo de los EEUU viaja más de 2400 km del campo a la mesa. Los km. recorridos por los alimentos asociados al consumo en el Reino Unido ascendieron a “33 mil millones de kilómetros-vehículo en 2002”.75

Una y otra vez el agribusiness se ha demostrado menos eficiente en la producción de alimentos que la pequeña granja orgánica intensiva, que es también menos dañina par el medio ambiente y mucho más capaz de proporcionar un medio de vida a la gente y a comunidades enteras en la tierra.76 De ahí que La Via Campesina reclame que para proporcionar seguridad alimentaria, medios de vida, trabajos y salud humana así como para proteger el medio ambiente, la producción alimentaria global debe estar en las manos de campesinos sostenibles a pequeña escala, en lugar de en la de grandes corporaciones monopolísticas de agribusiness y cadenas de supermercados. “La moraleja del cuento”, observó Marx en la década de 1860, “… es que el sistema capitalista va en contra de una agricultura racional, o que una agricultura racional es incompatible con el sistema capitalista … y necesita o pequeños campesinos trabajando para ellos mismos o el control de los productores asociados”.77

La revuelta mundial de los campesinos a pequeña escala coloca cada vez más la ecología al frente, cuando grupos de trabajadores rurales se organizan para luchar contra la lógica del capital para establecer el control social sobre las relaciones ecológico-materiales y forjar condiciones de vida con más sentido, menos alienadas y más sostenibles. Según los sociólogos ecologistas Mindi Schneider y Philip McMichael en Journal of Peasant Studies, “el concepto de Marx de “brecha metabólica” … en el contexto de una movilización internacional campesina que acepte la ciencia de la ecología … se ha convertido en el punto focal de los intentos por restaurar formas de agricultura que sean social y medioambientalmente sostenibles.”78

Odum insistía en que aumentar las limitaciones para el uso de los combustibles fósiles supondría el fin del sistema petroagrícola actual. “Los altos rendimientos de la agricultura industrial generaron una
ilusión muy cruel porque los ciudadanos, los profesores y los líderes no entendieron la energía implicada … Toda una generación de ciudadanos pensaron que había llegado una mayor eficiencia en el uso de la energía del sol. Esto era un triste engaño, porque la gente del mundo desarrollado ya no come patatas hechas con energía solar… La gente en realidad está comiendo patatas hechas en parte con petróleo.”79

Sin el subsidio que proporcionan los combustibles fósiles, el sistema de agribusiness actual simplemente colapsará. Como resultado, será necesario volver a formas ecológicamente más eficientes de agricultura tradicional. De esta forma, el sistema de conocimiento dará un giro de 180º. En lugar de empresas de agribusiness proporcionando conocimiento a campesinos tradicionales, serán estos últimos quienes serán la inspiración para la agricultura más adecuada, basada en miles de años de conocimiento acumulado de cultivo del suelo, complementado con los avances asociados con la moderna agroecología. “Las políticas sobre población y desarrollo adecuadas para una restauración de baja energía”, escribió Odum, “pueden ser como aquellas halladas antiguamente en culturas de baja energía como las de los indios Yanomamo de Venezuela”.80

La idea de que las áreas del Sur global, entre las que se incluyen China y la India, puedan incorporar fácilmente los miles de millones de personas dedicados actualmente a la agricultura a pequeña escala en los centros urbanos superpoblados del Tercer Mundo es el producto de una ideología del desarrollo según la cual los países ricos del Oeste de Europa se dice que absorbieron rápidamente sus propias poblaciones rurales en las ciudades industrializadas que surgieron. En realidad hubo enormes olas de emigración de europeos hacia las colonias sacando presión fuera de las ciudades. (En los Estados Unidos, que fue una tierra de acogida para buena parte de esta emigración europea, la urbanización se produjo mucho más gradualmente. En 1900, casi el 80 por ciento de la población británica vivía en ciudades, mientras en los Estados Unidos lo hacía el 40 por ciento: No fue hasta 1960 cuando el 70 por ciento de la población de los EEUU residía en ciudades, y hasta el 2000 antes de que fuese el 80 por ciento). Un modelo como este de industrialización-urbanización, basado en la emigración en masa, claramente no es factible en el Sur global actual, que no tiene la vía de la emigración en masa a la escala hoy necesaria ni los mismos subsidios de carbono- dadas las limitaciones del cambio climático-. Ni tiene las condiciones económicas favorables -expansión a todo un “nuevo” continente (bien que llevase a la conquista genocida de los habitantes originales)- bajo la que los Estados Unidos surgieron como un poder industrial mundial. Lo que está ocurriendo en muchos países, por el contrario, es el enorme crecimiento de zonas de chabolas cuando la gente emigra del campo a ciudades que no tienen suficientes oportunidades de empleo. Cerca de un tercio de los habitantes de ciudades del mundo viven hoy en zonas de chabolas.81

En respuesta a estas realidades ha surgido en China un poderoso Nuevo Movimiento de Reconstrucción Rural -asociado en concreto con el pensamiento ecológico pionero de Wen Tiejun- que rechaza los sistemas de agribusiness a gran escala como modelo viable de desarrollo en las circunstancias de hoy. En cambio la agricultura debe enraizarse en el sistema de aldeas con derechos de la tierra colectivos (el producto de la Revolución China) y la utilización del conocimiento tradicional de unos 240 millones de pequeños hogares campesinos -informado además por la ciencia ecológica contemporánea-. Esta transformación de la producción de alimentos y de las relaciones socio-ecológicas también supone expandir la educación rural, los servicios médicos y las infraestructuras. Esta estrategia está comprometida con las Tres P (los Principios del Pueblo): medios de vida para el pueblo; solidaridad popular y diversidad cultural popular”.82

La sociedad del desarrollo humano sostenible
“El trabajo”, escribió Marx, “es antes que nada, un proceso entre el hombre y la naturaleza, un proceso por el que el hombre, mediante su propia acción, media, regula y controla el metabolismo entre él mismo y la naturaleza”.83 Es esta relación metabólica central entre los seres humanos y el medio ambiente natural la que está siendo actualmente puesta en cuestión por el capitalismo a una escala planetaria generando brechas metabólicas constantes y cada vez mayores.84 Incluso cuando el capital monopolista-financiero cae víctima de una crisis de estancamiento sin fin debido a sus propias contradicciones internas, está también cruzando todos los límites ecológicos en su búsqueda de una acumulación sin fin, activando así sus contradicciones externas en la más amplia escala, principalmente planetaria.85
El crecimiento económico bajo el capitalismo es inseparable del incremento, citando a Herman Daly, del “flujo metabólico de materia útil y energía de fuentes naturales, a través del subsistema económico (producción y consumo) y de vuelta a los sumideros naturales como desechos”. La clave para una sociedad sostenible es por tanto la regulación racional de este “flujo metabólico en relación a los ciclos naturales que regeneran el agotamiento de recursos de la economía y absorben sus emisiones de desechos, así como proporcionan otros incontables servicios naturales.”86 Reconociendo estas limitaciones materiales, y que la producción no era en última instancia nada más que la relación entre los seres humanos y la naturaleza, Marx definió el socialismo como una sociedad en la que “el hombre socializado, los productores asociados, gobiernan el metabolismo humano con la naturaleza de una forma racional … cumpliendo esto con el menor gasto de energía y en las condiciones más favorables y adecuadas para su naturaleza humana”.87

Estamos muy lejos de la regulación racional, social del metabolismo humano con la naturaleza imaginada por Marx en el siglo XIX. Hoy la brecha en este metabolismo está amenazando a todo el planeta como el hábitat para la humanidad y otras incontables especies. La gravedad del problema con el que nos enfrentamos al intentar resolver tanto la emergencia planetaria actual como el metabolismo social desmesuradamente destructivo del capital no debería ser minimizada. Para evitar un cambio climático catastrófico será necesario, nos dice la ciencia, encontrar una forma de mantener los combustibles fósiles bajo tierra. Debemos quedar muy por debajo del billón de toneladas métricas de emisiones de carbono si queremos tener una oportunidad razonable de evitar un cambio climático irreversible y catastrófico. Cortar rápidamente el consumo de combustibles fósiles, sin embargo, significa eliminar el subsidio de energía sobre el que críticamente descansa el sistema actual de capitalismo monopolista-financiero, poniendo todo el sistema en cuestión.88 Al mismo tiempo, será necesario revertir las otras brechas planetarias, como la extinción de especies, la ruptura de los ciclos del nitrógeno y el fósforo, la acidificación de los océanos, el agotamiento o sobreexplotación de los acuíferos, la eliminiación de la cobertura vegetal natural de la tierra, y la degradación del suelo- para no clausurar el futuro-. Aquí también estamos forzados a enfrentarnos con la naturaleza de nuestro sistema social.

La verdad realmente inconveniente es que no hay otra forma de conseguir alguna, y mucho menos todas estas cosas, más que rompiendo con la lógica subyacente de la acumulación de capital, D-M-D’ -y la actual aún más mortal D-CK-D’-. Lo que es necesario tanto para una supervivencia humana a largo plazo como para la creación de una nueva condición de “plenitud” es una huella ecológica más pequeña de la economía mundial, unida a un sistema completo de planificación social, tecnológica y económica- uno que sea de, por y para el pueblo.89 Esto implica el abandono del mito del crecimiento económico absoluto como la panacea a todos los males de la sociedad, y la reducción de tamaño a una economía sostenible, homeoestática, basada en el desarrollo de la comunidad humana en lugar de en la acumulación individual.90

Sin embargo, la triste realidad es que el equilibrio de fuerzas en el mundo de hoy y la falta de tiempo no deja espacio para un optimismo real en este respecto. Como observó contundentemente Minqi Li en The Rise of China and the Demise of the Capitalist World Economy, salvo un muy rápido derrocamiento del capitalismo de una forma que difícilmente puede ser imaginada hoy, el sistema nos llevará inevitablemente a una catástrofe global. Incluso si triunfa el socialismo en la segunda mitad de este siglo, “la tarea par los futuros gobiernos socialistas ya no será impedir las catástrofes sino intentar sobrevivir a ellas mientras se están produciendo.”91 Todo lo que se puede decir ciertamente es que cuando antes supere el mundo el capitalismo mayores serán las oportunidades de supervivencia.

“Es imposible pensar en nada que esté relacionado con las condiciones elementales de reproducción social metabólica”, ha escrito István Mészáros, “que no esté mortalmente amenazado por la forma en que el capital se relaciona con ello -la única forma en que puede-” como un mero medio de acumulación. De hecho, ya en 1971, en la apertura de la moderna era medioambiental, Mészáros declaró,
[Una] contradicción básica del sistema capitalista de control es que no puede separar el “avance” de la destrucción, ni el “progreso” del derroche -por catastróficos que sean los resultados-. Cuanto más libera los poderes de la productividad, más libera los poderes de la destrucción; y cuando más extiende el volumen de producción, más debe enterrar todo bajo montañas de asfixiantes desechos. El concepto de economía es radicalmente incompatible con la “economía” de la producción de capital, que, necesariamente, para colmo de males primero usa con un derroche rapaz los recursos limitados de nuestro planeta y después agrava el resultado contaminando y envenenando el medio ambiente humano con sus desechos y emanaciones producidas en masa.92
Irónicamente, es en el mismo derroche y capacidad de destrucción de lo que Odum llamaba el “capitalismo canceroso” de hoy donde podemos descubrir el potencial para una sociedad más racional, justa y sostenible. Analizando el crecimiento explosivo de las finanzas, ya visible en su tiempo, junto con “la publicidad, la diferenciación de productos, la obsolescencia artificial, los cambios de modelo, y los demás recursos para las ventas”, Baran y Sweezy observaron: “El enorme volumen de recursos absorbidos en todas estas actividades constituyen de hecho los costes necesarios de la producción capitalista. Lo que debería quedar meridianamente claro es que un sistema económico en el que tales costes con socialmente necesarios ha dejado de ser hace mucho un sistema económico socialmente necesario”.93

Notas
  1. John Bellamy Foster y Robert W. McChesney, The Endless Crisis (New York: Monthly Review Press, 2012).
  2. Karl Marx y Frederick Engels, The Communist Manifesto (New York: Monthly Review Press, 1964), 2.
  3. Robert Heilbroner, “Ecological Armageddon,” en Warren A. Johnson and John Hardesty, eds., Economic Growth vs. the Environment (Belmont, CA: Wadsworth Publishing Co., 1971), 36–45.
  4. Susan Solomon, et al., “Irreversible Climate Change Due to Carbon Dioxide Emissions,” Proceedings of the National Academy of Sciences 106, no. 6 (10 febrero, 2009): 1704–9; Heidi Cullen, The Weather of the Future (New York: Harper, 2010), 261–71; James Hansen, “Tipping Point,” en Eva Fearn y Kent H. Redford, eds., State of the Wild 2008 (Washington, D.C.: Island Press, 2008), 7–8.
  5. James Hansen, “Comments on Assertions of Pat Michaels at Grover Norquist’s ‘Wednesday’ Meeting,” 5 de septiembre, 2012; http://www.columbia.edu.
  6. Stefan Rahmstorf y Dim Coumou, “Increase of Extreme Events in a Warming World,” Proceedings of the National Academy of Sciences 108, no. 44 (1 noviembre 2012): 17905–9; John Carey “Global Warming: Faster Than Expected?,” Scientific American 307, no. 5 (Noviembre 2012): 54; James E. Hansen, “Climate Change is Here—And Worse Than We Thought,” Washington Post, 3 agosto 2012; Mark Fischetti, “Did Climate Change Cause Hurricane Sandy?” Scientific American blog, 30 octubre 2012, http://blogs.scientificamerican.com.
  7. Myles Allen, et al., “The Exit Strategy,” Nature Reports Climate Change, 30 de abril 2009, 56–58, y “Warming Caused by Cumulative Carbon Emissions Towards the Trillionth Tonne,” Nature 458 (20 abril 2009): 1163–66; Malte Meinshausen, et al., “Greenhouse-Gas Emission Targets for Limiting Global Warming to 2°C,” Nature 458 (30 abril 2009): 1158–62; TrillionthTonne.org; Catherine Brahic, “Humanity’s Carbon Budget Set at One Trillion Tons,” New Scientist, 29 abril 2009; Katherine Richardson, Will Steffen y Diana Liberman, Climate Change: Global Risks, Challenges, and Decisions (Cambridge: Cambridge University Press, 2011), 212.
    Un aumento de la temperatura media mundial de 2ºC es equivalente al una concentración de dióxido de carbono  en la atmósfera de 450 partes por millón (ppm). Esto sería excesivo para la estabilización a largo plazo del clima, que exige que no se superen las 350 ppm. Sin embargo, mantenerse por debajo del billón de toneladas métricas de emisiones es visto como un límite prioritario puesto que constituye un punto de no retorno desde el punto de vista de la posibilidad de una acción humana efectiva con respecto a estos procesos. Si las emisiones de carbono se pudiesen parar por debajo del billón de toneladas métricas, sería posible volver con el tiempo a las 350 ppm. Véase  http://trillionthtonne.org/questions.html#5, visto el 23 de octubre 2012.
  8. Climate Central, Global Weirdness (New York: Pantheon Books, 2012), 165–67.
  9. Véase Mark Lynas, Six Degrees (Washington, DC: National Geographic, 2008).
  10. Ending Its Summer Melt, Arctic Sea Ice Sets a New Low that Leads to Warnings,” New York Times, 19 septiembre 2012, http://nytimes.com; “Arctic Expert Predicts Final Collapse of Sea Ice Within Four Years,” Guardian, 17 septiembre 2012, http://guardian.co.uk; Carey, “Global Warming: Faster Than Expected?”, 52.
  11. See http://trillionthtonne.org, visto el 7 de septiembre 2012.
  12. Nicholas Stern, The Economics of Climate Change: The Stern Review (Cambridge: Cambridge University Press, 2007), 4–16, 95, 193, 220–34, 637–51; John Bellamy Foster, Brett Clark, y Richard York, The Ecological Rift (New York: Monthly Review Press, 2010), 153–56.
  13. Glen P. Peters, et al., “Rapid Growth in CO2 Emissions After the 2008–2009 Global Financial Crisis,” Nature Climate Change 2 (Enero 2012): 2–3.
  14. Richard York, “Asymmetric Effects of Economic Growth and Decline on CO2 Emissions,” Nature Climate Change (7 octubre 2012), http://nature.com; “Greenhouse Link to GDP Not Symmetric,” ABC Science, http://abc.net.au.
  15. Pwc (Pricewaterhousecoopers), Counting the Cost of Carbon: Low Carbon Economy Index 2011, http://pwc.com, 2–7.
  16. Charles H. Anderson, The Sociology of Survival (Homewood, IL: Dorsey Press, 1976), 122–23; Herman E. Daly, “Moving from a Failed Growth Economy to a Steady-State Economy,” en Julien-François Gerber y Rolf Seppacher, eds., Toward an Integrated Paradigm in Heterodox Economics (New York: Palgrave Macmillan, 2012): 176–89.
  17.  “Unburnable Carbon—Are the World’s Financial Markets Carrying a Carbon Bubble?“ Carbon Tracker Initiative,  visitada el 24 de octubre 2012, http://www.carbontracker.org.
  18. Bill McKibben, “Global Warming’s Terrifying New Math,” Rolling Stone (19 julio 2012): 55–60.
  19. Johan Rockström, et al., “A Safe Operating Space for Humanity,” Nature 461, no. 24 (septiembre 2009): 472–75.
  20. President Barak Obama, “Interview of the President by the CBC,” 17 febrero 2009, http://whitehouse.gov.
  21. El téorico de la modernización ecológica (capitalista verde) Arthur Mol, señala: “En algunas ocasiones (respecto a países y/o sectores específicos y/o problemas medioambientales específicos) la reforma medioambiental puede incluso dar como resultado una disminución absoluta del uso de recursos naturales y descarga de emisiones, independientemente del crecimiento económico desde el punto de vista financiero o material (salida de producto).” Véase Arthur P.J. Mol, “Ecological Modernization and the Global Economy,” Global Environmental Politics 2, no. 2 (Mayo 2002): 93. Sin embargo, recientes análisis empíricos muestran que tal “desacople absoluto” es inexistente a nivel global, esto es, el grado con el que se produce el desacople entre naciones se debe a un cambio en la producción y los efectos medioambientales de una parte del globo (normalmente la más poderosa) a otra (la más débil). Véase Andrew Jorgenson y Brett Clark, “Are the Economy and the Environment Decoupling?: A Comparative International Study, 1960–2005,” American Journal of Sociology 118, no. 1 (julio 2012): 1–44.
  22. Sobre cómo la ley de la entropía limita las soluciones tecnológicas a los problemas medioambientales véase Nicholas Georgescu-Roegen, Energy and Economic Myths (New York: Pergamon, 1976), 12, 57.
  23. Sobre la paradoja de Jevons véase Foster, Clark, y York, The Ecological Rift, 169–82; David Owen, The Conundrum (New York: Riverhead Books, 2011).
  24. Karl Marx, Capital, vol. 1 (London: Penguin, 1976), 492.
  25. Marx, Capital, vol. 1, 247–57, 742. Para la relación de D-M-D’ con las contradicciones económicas del capitalismo véase Paul M. Sweezy, Four Lectures on Marxism (New York: Monthly Review Press, 1981), 26–45.
  26. Foster, Clark, y York, The Ecological Rift, 207–11.
  27. Sobre el fracaso del desacople absoluto e incluso relativo de la economía del medioambiente véase Tim Jackson, Prosperity Without Growth (London: Earthscan, 2011), 67–86.
  28. La energía solar es abundante pero “intrínsecamente diluida”. Se necesita mucha energía para convertirla a su forma concentrada y por tanto la Tasa de Retorno Energético (TRE) es baja. Véase Howard T. Odum, Environment, Power, and Society (New York: Columbia University Press, 2007), 207–9; Howard T. Odum y Elisabeth C. Odum, A Prosperous Way Down (Boulder, CO: University Press of Colorado, 2001), 163–68. La energía nuclear presenta serios peligros y no es una alternativa general viable a los combustibles fósiles. Véase Kozo Mayumi y John Polimeni, “Uranium Reserve, Nuclear Fuel Cycle Delusion, CO2 Emissions from the Sea, and Electricity Supply: Reflections After the Fuel Meltdown of the Fukushima Nuclear Power Units,” Ecological Economics 73 (2012): 1-6.
  29. Harry Magdoff y Paul M. Sweezy, “Notes on Watergate One Year Later,” Monthly Review 26, no. 1 (Mayo 1974): 8–10.
  30. Paul M. Sweezy, “Capitalism and the Environment,” Monthly Review 41, no. 2 (Junio 1989): 6.
  31. Murray Bookchin, Remaking Society (Boston: South End Press, 1990), 93–94.
  32. Esto fue subrayado como es famoso por Barry Commoner, The Closing Circle (New York: Knopf, 1971), 138-75.
  33. Howard T. Odum y David Scienceman, “An Energy Systems View of Karl Marx’s Concepts of Production and Labor Power,” in Emergy Synthesis 3 (Proceedings from the Third Biennial Emergy Conference, Gainesville, Florida Center for Economic Policy, 2005), 41; Odum y Odum, A Prosperous Way Down.
  34. El argumento en las siguientes páginas desarrolla un análisis anterior en John Bellamy Foster, “The Ecology of Marxian Political Economy,” Monthly Review 63, no. 4 (Septiembre 2011): 1–16.
  35. Thorstein Veblen, Absentee Ownership and Business Enterprise in Modern Times (New York: Augustus M. Kelley, 1964), 300-301.
  36. Véase especialmente K. William Kapp, Social Costs of Private Enterprise (Cambridge, MA: Harvard University Press, 1950); Scott Nearing, The Economics of the Power Age (East Palatka, FL: World Events Committee, 1952); John Kenneth Galbraith, The Affluent Society (New York: New American Library, 1958); y Vance Packard, The Waste Makers (New York: Simon and Schuster, 1960).
  37. Véase See Paul A. Baran y Paul M. Sweezy, “The Last Letters,” Monthly Review 64, no. 3 (Julio–agosto 2012), 68, 73; Franklin M. Fisher, Zvi Grilliches, y Carl Kaysen, “The Costs of Automobile Changes Since 1949,” The Journal of Political Economy 70, no. 5 (Octubre 1962): 433–51; Baran y Sweezy, Monopoly Capital, 131–38.
  38. Thorstein Veblen, The Theory of the Leisure Class (New York: New American Library, 1953), 78–80.
  39. Paul A. Baran y Paul M. Sweezy, “Some Theoretical Implications,” Monthly Review 64, no. 3 (Julio–Agosto 2012), 57.
  40. El tema de una “valor de uso específicamente capitalista” fue tratado en un comentario sobre el análisis de Baran y Sweezy de Henryk Slajfer, “Waste, Marxian Theory, and Monopoly Capital,” en John Bellamy Foster y Henryk Slajfer, eds., The Faltering Economy (New York: Monthly Review Press, 1984), 302–13. El concepto fue desarrollado en John Bellamy Foster, The Theory of Monopoly Capitalism (New York: Monthly Review Press, 1986), 39–42. Su explicación como una transformación de la fórmula general de Marx bajo el capitalismo monopolista, desde el punto de vista del surgimiento de D-CK-D’ apareció por primera vez en Foster, “The Ecology of Marxian Political Economy.” Desconocido en aquel tiempo para el autor, una formulación similar dela fórmula general de Marx como M-W-M había sido introducida años antes en Patrick Brantlinger and Richard Higgins, “Waste and Value: Thorstein Veblen and H.G. Wells,” Criticism 48, no. 4 (Otoño 2006): 466. Sobre cómo esta idea de derroche (trabajo improductivo) influyó en el análisis de Baran y Sweezy véase Paul A. Baran y Paul M. Sweezy, “Some Theoretical Implications,” Monthly Review 64, no. 3 (Julio–Agosto 2012): 45–58; John Bellamy Foster, “A Missing Chapter of Monopoly Capital,” Monthly Review 64, no. 3 (Julio–Agosto 2012): 17–21.
  41. La visión de la teoría del socialismo de Marx como la de el desarrollo sostenible humano en Paul Burkett, “Marx’s Vision of Sustainable Human Development,” Monthly Review 57, no. 5 (Octubre 2005): 34–62.
  42. Vance Packard, The Waste Makers (New York: Simon and Schuster, 1960), 46.
  43. John Ruskin, Unto This Last (Lincoln, NE: University of Nebraska Press, 1967), 73.
  44. Herman E. Daly y John B. Cobb, Jr., For the Common Good (Boston: Beacon Press, 1994), 463.
  45. Véase Frederik Berend Blauwhof, “Overcoming Accumulation,” en Ecological Economics (próximamente).
  46. Captain Charles Moore, Plastic Ocean (New York: Penguin, 2011), 129.
  47. Diana Wicks, “Packaging Sales Goals and Strategies,” Chron, http://smallbusiness.chron.com, Visitado el 16 de octubre 2012; “Product Packaging Can Cost Three Times as Much as What’s Inside,” Daily Mail, 13 julio 2007, http://dailymail.co.uk.
  48. Global Hunger for Plastic Packaging Leaves Waste Solution a Long Way Off,” Guardian, 29 diciembre 2011, http://guardian.co.uk; Moore, Plastic Ocean, 41; Hannah Holleman, Inger L. Stole, John Bellamy Foster y Robert W. McChesney, “The Sales Effort and Monopoly Capital,” Monthly Review 60, no. 11 (Abril 2009): 6.
  49. Kevin C. Clancy y Robert S. Shulman, “Marketing with Blinders On,” Across the Board 30, no. 8 (Octubre 1993): 33-38; y su Marketing Myths That Are Killing Business (New York: McGraw Hill, 1994), 140, 171–72, 221.
  50. U.S. Marketing Spending Exceeded $1 Trillion in 2005,” Metrics Business and Market Intelligence, 26 junio 2006, http://metrics2.com.
  51. Galbraith, The Affluent Society, 121-28. La cifra de uno de cada doce para marketing se basa en la estimación de mercado de Blackfriars 2005, suponiendo aproximadamente esta parte del PIB ese año. Véase nota 50. Sobre el rol del marketing en el mantenimiento del capital monopolista véase Michael Dawson, The Consumer Trap (Urbana: University of Illinois Press, 2005).
  52. Robert S. Lynd, “The People as Consumers,” en President’s Research Committee on Social Trends, Recent Social Trends in the United States, vol. 2 (New York: McGraw Hill, 1933), 858, 867–88.
  53. Juliet Schor, Plenitude (New York: Penguin, 2010), 40–41.
  54. Schor, Plenitude, 38.
  55. Marc Perton, “Jobs: ‘You Have to Buy a New iPod at Least Once a Year,’” 26 mayo 2006, http://endgadget.com.
  56. Paper or Plastic—Abstract,” Watershed Media, http://watershedmedia.org, accessed October 24, 2012; “Environmental Facts,” Ecocycle, http://ecocycle.org, visitado el 24 de octubre 2012; Annie Leonard, The Story of Stuff (New York: Free Press, 2010), 195; “Beverage Containers,” Report Buyer, http://www.reportbuyer.com, visitado el 24 octubre 2012.
  57. Bianca Mugyenyi y Yves Engler, Stop Signs: Cars and Capitalism (Vancouver, BC: Red Publishing, 2011), 13, 108, 115–16; U.S. Department of Transportation, “Nation’s Highway Traffic Reaches Highest Level Since 2007,” Marzo 2011, http://fhwa.dot.gov; “Your Big Car is Killing Me,” 27 junio 2011, http://slate.com; Arbitron Inc., The Arbitron National In-Car Study, 2009, http://arbitron.com, 2–5; Office of Department of Transportation, Office of Highway Transportation Information, “Our Nations Highways: 2011,” http://fhwa.dot.gov, visitado 30 octubre 2012; Lester R. Brown, Outgrowing the Earth (New York: W.W. Norton, 2004), 92. La referencia a un sistema de transporte de “el coche primero” procede de Michael Dawson, “Electric Evasion,” Counterpunch, 15–17 octubre 2010, http://counterpunch.org.
  58. Véase Baran y Sweezy, Monopoly Capital, 389; Michael Kidron, Capitalism and Theory (London: Pluto Press, 1974), 53; Michael Dawson y John Bellamy Foster, “The Tendency of Surplus to Rise, 1963–1988,” en John B. Davis, ed., The Economic Surplus in the Advanced Economies (Brookfield, VT: Edward Elgar, 1992): 63.
  59. Kapp, The Social Costs of Private Enterprise, 231.
  60. Karl Marx, Capital, vol. 3(London: Penguin, 1981), 180.
  61. Por lo que sabemos, el término “deuda ecológica” apareció por primera vez en Anderson, The Sociology of Survival, 143. La inspiración directa, sin embargo, fue Commoner, quien había empleado el concepto de “deuda medioambiental”. Véase Commoner, The Closing Circle, 295; Odum y Odum, A Prosperous Way Down, 139, 173, 175, 179. Odum usó el concepto de “emergía” [emergy], que reducía todas las formas de energía a la energía de un tipo (medida en emjulios solares) como medio para analizar la energía gris; Odum, Environment, Power, and Society, 278.
  62. Odum y Odum, A Prosperous Way Down, 149.
  63. Odum y Odum, A Prosperous Way Down, 183; Odum, Environment, Power, and Society, 58, 276, 389–91.
  64. Howard T. Odum, “Energy, Ecology and Economics,” Ambio 2, no. 6 (1973): 222.
  65. Global Footprint Network, “World Footprint,” http://footprintnetwork.org, visitado el 16 octubre 2012; Robynne Boyd, “One Footprint at a Time,” Scientific American, 14 julio 2011, http://blogs.scientificamerican.com.
  66. Howard T. Odum y J.E. Arding, Emergy Analysis of Shrimp Mariculture in Ecuador (Narrangansett, RI: Coastal Research Center, University of Rhode Island, 1991), 33–39.
  67. Tom Atthanasiou y Paul Baer, Dead Heat (New York: Seven Stories Press, 2002).
  68. Foster, Clark, and York, The Ecological Rift, 439–40.
  69. Esto también era cierto para la Unión Soviética, cuyo análisis, sin embargo, no nos corresponde aquí. Véase John Bellamy Foster, The Vulnerable Planet (New York: Monthly Review Press, 1999), 96–101.
  70. Odum, Environment, Power and Society, 274.
  71. Simon Kuznets, “National Income and Industrial Structure,” Econometrica 17, suplemento (1949): 217.
  72. Ibid, 212–14, 229.
  73. Ibid, 216–19, 227.
  74. Environmental Cost of Shipping Groceries Around the World,” New York Times, 26 abril 2008, http://nytimes.com; Sally Deneen, “Food Miles,” The Daily Green, http://thedailygreen.com, visitado 16 octubre 2012.
  75. Report Buyer, The Food Miles Challenge (2006), http://reportbuyer.com, 2; Daniel Imhoff, “Thinking Outside of the Box,” Whole Earth (Winter 2002): 12.
  76. Véase en particular Amory B. Lovins, L. Hunter Lovins y Marty Bender, “Energy and Agriculture,” en Wes Jackson, Wendell Berry y Bruce Coleman, eds., Meeting the Expectations of the Land (San Francisco: North Point Press, 1984), 68–69; Michael A. Altieri, “Agroecology, Small Farms, and Food Sovereignty,” David Pimentel, “Reducing Energy Inputs in the Agricultural Production System,” y Jules Pretty, “Can Ecological Agriculture Feed Nine Billion People,” en Fred Magdoff y Brian Tokar, eds., Agriculture and Food in Crisis (New York: Monthly Review Press, 2010).
  77. Marx, Capital, vol. 3, 216.
  78. Mindi Schneider y Philip McMichael, “Deepening and Repairing, the Metabolic Rift,” Journal of Peasant Studies 37, no. 3 (2010): 461.
  79. Odum, Environment, Power, and Society, 189–90.
  80. Odum y Odum, A Prosperous Way Down, 87. Para una discusión sobre cómo ha transformado Cuba su producción alimentaria véase Richard Levins, “How Cuba is Going Ecological,” Capitalism, Nature, Socialism 16, no. 3 (2005): 7–25; Sinan Koont, “Food Security in Cuba,” Monthly Review 55, no. 8 (2004): 11–20.
  81. Samir Amin, “World Poverty, Pauperization and Capital Accumulation,” Monthly Review 55, no. 5 (Octubre 2003): 1–9; Prabhat Patnaik, “The Myths of Capitalism,” MRZine, July 4, 2011, http://mrzine.monthlyreview.org; UK House of Commons, A Century of Trends in UK Statistics Since 1900 (House of Commons Library Research Paper 99/111), 21 diciembre 1999, http://parliament.uk, 13; U.S. Census Bureau, Statistical Abstract of the United States, 2012, Tablas 28 y 29, http://census.gov, visitado el 30 octubre 2012.
  82. Wen Tiejun, et. al., “Ecological Civilization, Indigenous Culture, and Rural Reconstruction in China,” Monthly Review 63, no. 9 (Febrero 2012): 29–35; Wen Tiejun, “Deconstructing Modernization,” Chinese Sociology and Anthropology 49, no. 4 (Verano 2007): 10–25.
  83. Marx, Capital, vol. 1, 283.
  84. Sobre la escala de la brecha planetaria actual véase Foster, Clark y York, The Ecological Rift.
  85. Sobre la relación entre las contradicciones internas del capitalismo y las ecológicas externas véase Kent A. Klitgaard y Lisi Krall, “Ecological Economics, Degrowth, and Institutional Change,” Ecological Economics (próximamente).
  86. Herman E. Daly, “Further Commentary,” en Jackson, Prosperity Without Growth, 267–68.
  87. Marx, Capital, vol. 3, 959.
  88. Max Weber fue muy probablemente el primer gran pensador en destacar que el capitalismo industrial moderno se afirmaba sobre un régimen medioambiental basado en los combustibles fósiles. Véase John Bellamy Foster y Hannah Holleman, “Weber and the Environment,” American Journal of Sociology 117, no. 6 (Mayo 2012): 1636, 1646–50.
  89. Sobre la naturaleza de la planificación para un socialismo del siglo XXI véase Harry Magdoff y Fred Magdoff, “Approaching Socialism,” Monthly Review 57, no. 3 (Julio-Agosto 2005): 19–61.
  90. Sobre el importante concepto de plenitud véase Schor, Plenitude, 4–7.
  91. Minqi Li, The Rise of China and the Demise of the Capitalist World-Economy (New York: Monthly Review Press, 2008), 187.
  92. István Mészáros, Beyond Capital (New York: Monthly Review Press, 1995), 174, 893–94.
  93. Baran y Sweezy, Monopoly Capital, 141.
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Acerca de Carlos Valmaseda

Trabajo como bibliotecario en el Instituto Cervantes. Tras vivir en Moscú y Manila actualmente resido en Nueva Delhi.
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