Naturaleza dialéctica

[Traducido en 2015]

Artículo original: http://monthlyreview.org/2005/05/01/dialectical-nature/

 

Reflexiones con ocasión del 20 aniversario de El biólogo dialéctico de Levins y Lewontin

por Brett Clark y Richard York
Richard Levins escribió en estas páginas (julio-agosto 1986) que es necesario apreciar la historia y la ciencia para comprender el mundo, retar el monopolio ideológico burgués y trascender el oscurantismo religioso. Es necesario el conocimiento de la ciencia y la historia no solo para entender cómo el mundo ha llegado a ser lo que es, sino también para comprender cómo se puede cambiar el mundo. Marx y Engels fueron estudiantes entregados de ciencias naturales durante toda su vida, llenando cuadernos con comentarios detallados, citas y análisis del trabajo científico de su tiempo. Marx, a través de sus estudios de la filosofia natural griega -en particular Epicuro- y el desarrollo de las ciencias naturales, llegó a una concepción materialista de la naturaleza con la que su concepción materialista de la historia estaba orgánica e indisolublemente ligada. Marx y Engels, en cambio, rechazaban el materialismo mecánico y el reduccionismo, insistiendo en la necesidad de un análisis dialéctico del mundo. La dialéctica de la Naturaleza de Engels es un intento temprano, inacabado, de impulso de este proyecto. Un materialista dialéctico reconoce que los humanos y la naturaleza están en una relación coevolutiva. Los seres humanos están condicionados por su medio ambiente histórico, estructural; sin embargo también son capaces de afectar al medio y su propia relación con él mediante la intervención humana consciente.
 Como explica John Bellamy Foster en La ecología de Marx, la base materialista del enfoque de Marx para comprender la interconexión entre naturaleza y sociedad, que incluye un enfoque hacia el mundo material y sus transformaciones, se mantuvo e incluso avanzó gracias a algunos intelectuales marxistas en las ciencias naturales  al  tiempo que la ciencia social marxiana ya se estaba retirando de una concepción materialista del mundo físico, rechazando cualquier conexión entre naturaleza y dialéctica, materialismo dialéctico y naturaleza. Dentro del marxismo occidental el materialismo se fue vaciando progresivamente de cualquier relación con la naturaleza y fue reducido a materialismo práctico (las acciones transformadoreas de los humanos en la producción de vida social), particularmente en relación con las condiciones económicas que apuntalan la sociedad humana. Sin embargo, durante un breve periodo de tiempo en los años 20 y principios de los 30, un enfoque materialista y dialéctico (si bien a veces arruinado por la intrusión de supuestos mecanicistas) fue la base intelectual de muchos científicos soviéticos prominentes, como V.I. Vernadsky, N.I. Vavilov y Alexander Opalin, en sus diversos proyectos de investigación sobre la creación de la biosfera, los centros originales del mundo agrícola y el surgimiento de la vida. Todo esto se apagó, sin embargo, con el férreo control del estalinismo en los años 30. Un enfoque más rígidamente mecanicista se volvió dominante en la ciencia soviética (apoderándose del nombre de “materialismo dialéctico” mientras lo vaciaban de cualquier significado), poniendo fin a las etapas iniciales de una investigación esperanzadora y excitante.*
Afortunadamente, una generación de científicos británicos en los años 30 inmersos en las élites universitarias -inspirados tanto por Darwin como Marx e influenciados por sus contemporáneos en la ciencia soviética- se comprometió con una filosofía materialista histórica y dialéctica. Estos científicos británicos -Hyman Levy, Lancelot Hogben, J.D. Bernal, Joseph Needham, J.B.S. Haldane y el historiador/filósofo de la ciencia Benjamin Farrington- lucharon para conservar dentro de las ciencias naturales emergentes la posibilidad de la incerteza dialéctica, y dentro de las ciencias ecológicas un materialismo que no obstante permitía la acción humana. Buena parte de su trabajo sirvió como crítica y como reto al idealismo renovado bajo la forma de un vitalismo que (siendo areligioso) estaba inmerso en ideas de una dirección predeterminada en la evolución natural y social. Aunque el cambio formaba parte de este holismo vitalista, el desarrollo del universo era visto por muchos guiado por un propósito interno o teleología. La ideología burguesa, con sus polos opuestos de vitalismo y mecanicismo, buscaba justificar las jerarquías sociales existentes, en términos de un dominio que se derivaba biológicamente y estaba teleológicamente predeterminado -ya sea en términos de racismo, sexismo o alguna otra forma-. Los científicos marxistas en Gran Bretaña luchaban contra estos desarrollos distorsionados y particularmente contra los puntos de vista vitalistas, promoviendo un enfoque que combinaba el materialismo con la dialéctica, la crítica científica con la educación radical de los trabajadores. Su foco en la dialéctica de la naturaleza, aunque subdesarrollado y a veces todavía insuficientemente dialéctico, no era por tanto una extraña desviación tangente de la ciencia como a menudo se alega. Era central para muchos de los mayores descubrimientos científicos del momento y una fuente de críticas de los dogmas sociales.
Surgida a partir del trabajo de estos primeros críticos intelectuales, una ciencia no teleológica  más desarrollada, basada en la dialéctica materialista, saltó a la palestra en los 60 y 70 con el trabajo de científicos de influencia marxista -particularmente Richard Lewontin, Richard Levins y Stephen Jay Gould en Harvard, por aquel entonces el centro líder en biología evolutiva-. Este año se celebra el vigésimo aniversario del libro de Levins y Lewontin El biólogo dialéctico [The Dialectical biologist], uno de los ejemplos más destacados de un enfoque genuínamente materialista dialéctico sobre la historia y la ciencia. Levins y Lewontin discuten un amplio rango de materias entre las que se incluyen la evolución, el análisis científico, la ciencia como producto social, y los productos de la ciencia. Sus discusiones de estos temas son un reto al pensamiento recibido con su explicación naturalista de las condiciones sociales. Levins y Lewontin describen cómo la ciencia dominante supone normalmente que la evolución es un proceso progresivo que lleva a un estado de equilibrio. Desde este punto de vista dominante, se usa una ideología de determinismo biológico para justificar las desigualdades, argumentando que las diferencias en las capacidades entre los humanos son innatas u que estas diferencias innatas son heredadas biológicamente. Además, destaca Lewontin, se asume con demasiada frecuencia que es la naturaleza humana la que concede más recompensas y estatus a aquellos con “mejores” capacidades y el “tipo correcto de genes” (Biología como ideología, 10-23). Esta ciencia mecanicista, reduccionista se adecua perfectamente a la ideología de la clase dominante. En el nivel genético la vida se reduce a actores independientes, individuales (los así llamados “genes egoístas”), que llevan a cabo una lucha hobbesiana de todos contra todos, inscribiendo así la mayor parte de las características naturales y sociales dentro del ADN. De forma parecida a nivel de especie, las limitaciones se ven como afectando a especies que deben o adaptarse a su medio o morir. Se presupone que existe un rígido orden natural en este universo doblemente ahistórico que delimita estrechamente los roles interpretados por los seres vivientes, incluyendo los seres humanos, en su propia evolución, y en la evolución de su medio ambiente natural.
En El biólogo dialéctico, Levins y Lewontin rechazan las ideas unilaterales de reduccionismo mecánico y holismo superorgánico (común en ecología) y las concepciones jerárquicas de la vida y el universo que ambos generan. Al presentar su enfoque critican tanto el idealismo como el reduccionismo en las ciencias naturales. En su lugar Levins y Lewontin defienden un enfoque dialéctico y materialista que comprenda que el mundo “está constantemente en movimiento. Las constantes se convierten en variables, las causas se convierten en efectos y los sistemas se desarrollan, destruyendo las condiciones que dieron lugar a su surgimiento” (279). El universo es cambiante debido a las contradicciones existentes y en evolución, que fuerzan la transformación en las condiciones del mundo. “Las cosas cambian por las acciones de fuerzas opuestas sobre ellas, y las cosas son como son por el equilibrio temporal de fuerzas opuestas” (280).
Existe una relación dialéctica entre un sujeto, un organismo, o incluso la sociedad humana, y el medio. Existen como uno (en tensión) dado que un organismo forma parte de la naturaleza. El primero es dependiente del último para su existencia, y ambos ámbitos son transformados por su relación, pero “no se determinan completamente uno a otro” (136). Darwin minimizó (pero no negó) la importancia de las limitaciones impuestas en el cambio evolutivo debido a la naturaleza estructurada de la ontogenia (desarrollo individual) de los organismos, que restringe potencialmente los tipos de cambios que los organismos pueden llevar a cabo en su filogenia (historia evolutiva). Elevó las condiciones de existencia -fuerzas medioambientales externas-a la primacía para explicar la evolución, hasta establecer la selección natural, no los fines últmos de la teología natural, como la fuerza dominante en la transformación de las especies. Pero al hacerlo, estableció un punto de vista de la historia natural predominantemente unilateral -esto es, el medio ambiente era visto como principal determinante del proceso evolutivo y no igualmente como la consecuencia de la evolución de la vida. Darwin reconocía que la variación es un proceso interno, en el que causas externas a los organismos no determinaban cómo resultaban las cosas. Sin embargo, suponía en general que cualquier patrón de variación era de importancia subsidiaria para la evolución. Para luchar plenamente con la evolución de la vida y las transformaciones del mundo, destacan Levins y Lewontin, es necesario considerar las complejas interacciones de las dimensiones tanto internas como externas de la vida.
Mientras la visión ultradarwiniana de la evolución se centra casi exclusivamente en lo externo (aunque Darwin mismo era algo más pluralista), los genetistas modernos al analizar los procesos de desarrollo de organismos individuales (ontogenia) a menudo se centran casi exclusivamente en lo interno en su aceptación del determinismo genético. Contrarrestando este determinismo genético (y estrecho reduccionismo), Levins y Lewointin en El biólogo dialéctico, explican,
Un organismo no se computa a sí mismo a partir de su ADN. El organismo es la consecuencia de un proceso histórico que va desde el momento de la concepción hasta el momento de la muerte. En cada momento los genes, el medio ambiente, la suerte y el organismo en su conjunto participan conjuntamente… La selección natural no es una consecuencia de lo bien que resuelva el organismo un conjunto de problemas fijos planteados por el medio; al contrario, el medio y el organismo se codeterminan activamente uno a otro. (89)
En el centro del análisis de Levins y Lewontin el  foco está en la interacción, transformación y las limitaciones históricas. La vida no es simplemente un revoltijo de sucesos independientes fluyendo libremente. Al contrario, surge de las complejas interacciones que constantemente tienen lugar. Explican (89-106) que un organismo es tanto sujeto como objeto, y hace falta un análisis dialéctico para comprender la interacción entre organismos y medio ambiente. En las actividades del día a día, puede haber cualquier tipo de material (rocas, agua, etc.) en el medio, pero los organismos interactuan y utilizan una pequeña parte de lo disponible; por tanto en sus patrones de vida determinan lo que es relevante para su desarrollo. En el proceso para obtener sustento, los organismos deben interactuar con el medio ambiente y al hacerlo transforman el mundo externo, tanto para ellos mismos como para otras especies. Su consumo de partes del mundo externo es también la producción de nuevo medio ambiente. Por supuesto, se reconoce que las condiciones del medio no son completamente de su elección, dado que hay procesos naturales independientes de una especie particular. Los agentes que vivieron anteriormente han dado forma históricamente a la naturaleza y las especies coexistentes están implicadas también en la alteración de las condiciones materiales. Los organismos convierten las señales físicas y la información del medio ambiente externo en información que produce transformaciones físicas en esos mismos organismos. La biología de una especie determinará si y qué información se recibe. La luz ultravioleta conduce a las abejas exploradoras a  la comida; a los humanos les puede provocar cáncer de piel. El valor y uso de la información existente varía entre especies. Los “rasgos” seleccionados están determinados por la relación dinámica organismo-medio ambiente. “Ni el rasgo ni el medio ambiente existen independientemente, así  lo que llega a ser útil es una consecuencia de un largo proceso histórico -sujeto al cambio-. Un organismo es el resultado de complejas interacciones entre sus genes y el medio ambiente, donde los organismos toman parte en la creación de su medio ambiente y su propia construcción. En esto, establecen -en parte- las condiciones de su selección natural, al ser tanto el objeto como el sujeto.
En el momento actual, el reduccionismo biológico domina muchos debates sobre la estructura de la vida. En La triple hélice [The Triple Helix], Lewontin reta estas explicaciones simplistas del mundo y extiende su análisis dialéctico, destacando que mientras las diferencias genéticas pueden servir como explicación de por qué los leones son diferentes de las ovejas, no son suficiente para explicar “por qué dos ovejas son diferentes entre sí”. De hecho, los genes pueden ser irrelevantes para algunas características. En lugar de suponer que los genes determinan el curso del desarrollo Lewontin explica que “la ontogenia de un organismo es la consecuencia de una interacción única entre los genes que contiene, la secuencia temporal de los medios externos que atraviesa durante su vida y sucesos aleatorios de interacciones moleculares dentro de células individuales. Son estas interacciones las que se deben incorporar en cualquier explicación de cómo se forma un organismo” (17-18). El organismo es un lugar de interacción entre el medio ambiente y los genes. Fuerzas históricas específicas influyen en las condiciones de surgimiento de un organismo. Una influencia dialéctica se asocia constantemente con los cambios a lo largo de la vida. Lewontin subraya que aunque “etapas de desarrollo sucersivas internamente fijadas son una característica común del desarrollo, no son universales” (18). Por ejemplo, la morfología de la vid tropical Syngonium varía dependiendo de las condiciones de incidencia de la luz. La forma de sus hojas, así como su espaciamiento, cambian según las condiciones ambientales. En resumen, los organismos no se desarrollan independientemente de su contexto ambiental.

En La triple hélice, Lewontin desmonta el determinismo genético y la suposición asociada de la predictibilidad, mediante la ilustración de cómo interacciones complejas llevan a variaciones en todos los niveles. Explica experimentos en clones de diferentes cepas genéticas de la planta Achillea, en los que cada cepa creció a diferente altitud para comprobar las características intrínsecas de las plantas. Los resultados indican que no es posible predecir “el orden de crecimiento de un ambiente respecto a otro” (22). Las plantas (dentro de grupos genéticos) varían en crecimiento entre ambientes (contexto material), sin ningún patrón predecible. Por ejemplo, a una altura una cepa sería más alta que otras, pero en otra elevación podría ser más corta. Incluso la norma de reacción, “un patrón de diferentes resultados de desarrollo en diferentes ambientes” para las diversas planas se compone de “patrones complejos que se entrecruzan de formas impredecibles”, impidiendo una correlación fiable en el crecimiento entre una configuración y otra (23-24). Las características específicas de un organismo variarán dependiendo del ambiente (especificidad histórica) en el que está inmersa (28-30). Por tanto, debemos tener en cuenta la historia de los organismos vivos (incluyendo el medio ambiente y su estructura) para llegar a comprender su situación.

Stephen Jay Gould, quizá el teórico evolucionista reciente más ampliamente reconocido, estuvo muy fuertemente influenciado por Levins y Lewontin y fue, por derecho propio, una figura clave en el desarrollo de una visión dialéctica del proceso evolutivo. Entre sus muchas contribuciones hay una elegante teorización de cómo la interacción dialéctica entre la estructura interna que limita a los organismos -derivada de lo que ha sido conocido tradicionalmente como “leyes de la forma”- y las presiones externas del medio ambiente (selección natural) genera los patrones de cambio evolutivo observados. Su tratamiento más completo de este tema se puede encontrar en su opus magnum, La estructura de la teoría de la evolución [The Structure of Evolutionary Theory], publicada en 2002, poco antes de su prematura muerte. Él argumentaba que los organismos no son pura masilla esculpida en el curso de su filogenia por fuerzas ambientales externas sino que, más bien, su integridad estructural limita y canaliza la varación sobre la que opera la selección natural. En otras palabras, la suposición darwiniana de que la variación es efectiva sin patrón es incorrecta. Por lo tanto, el proceso evolutivo es una interacción dialéctica entre lo interno y lo externo, en buena parte de la misma forma que la ontogenia de organismos individuales es una interacción dialéctica entre sus genes y el medio ambiente (como defiende Lewontin en La Triple hélice).
El énfasis de Gould en el reconocimiento del importante papel que interpretan las fuerzas estructurales en la evolución surge de una crítica al hiper-funcionalismo y al extremo reduccionismo de los ultradarwinianos que identifican todas las características de los organismos como adaptaciones. Gould y Lewontin en un famoso artículo publicado en 1979 en los Proceedings of the Royal Society of London B, “Las enjutas de San Marco y el Paradigma Panglosiano: una crítica del programa adaptacionista”, identifican la visión funcionalista ultradarwiniana como el “paradigma panglosiano”. El paradigma panglosiano recibe su nobmre del personaje de Voltaire en su novela Cándido, el doctor Pangloss (una representación satírica de Gottfried Leibniz), quien respondía a todos los infortunios diciendo “Todo sucede para bien en el mejor de los mundos posibles”. Gould y Lewontin argumentaban que los ultradarwinianos habían terminado por basarse excesivamente en historias de “justo así” [impecable, perfecto] para explicar todas y cada una de las características de los organismos, construyendo cuentos de cómo todas y cada una de las características servian para alguna función, independientemente de si existen suficientes pruebas para apoyar estas afirmaciones.
Contrariamente a este enfoque funcionalista, Gould y Lewontin proponían que algunas características de los organismos son simplemente efectos secundarios de fuerzas estructurales, y no necesariamente adaptativas. Ilustran su argumento usando una analogía arquitectónica (véase la ilustración). Observan que la construcción de una cúpula sobre arcos redondeados requiere la construcción de cuatro enjutas (el término arquitectónico para los espacios que quedan entre los elementos estructurales de un edificio), que establecen la “simetría cuatripartita de la cúpula superior” (582). Las enjutas son, por tanto, un efecto secundario necesario de la exigencia estructural de una cúpula sobre arcos redondeados, pero no tienen una función por sí mismas. De forma similar, la naturaleza estructural del desarrollo ontogénico de los organismos lleva normalmente a la existencia de elementos estructurales no adaptativos (enjutas). Por ejemplo, como Gould explica en La estructura de la teoría de la evolución, los caracoles que crecen enrollando en espiral un tubo alrededor de un eje deben generar un espacio cilíndrico, llamado ombligo (umbilicus), a lo largo del eje” (1259). Aunque “algunas especies usan el umbilicus abierto como cámara de incubación para proteger sus huevos” (1259), la gran mayoría no lo hacen. Las pruebas sugieren que “las cámaras de incubación umbilicales ocupan solo alguna punta de ramitas separadas y tardías del cladograma [árbol evolutivo de los caracoles en espiral], no una posición central cerca de la raíz del árbol” (1260). Por lo tanto, parece claro que el umbilicus no surgió por razones adaptativas, aunque más tarde fue cooptado para una utilidad adaptativa en un puñado de linajes, sino, más bien, como una enjuta no adaptativa, un efecto secundario de un proceso de crecimiento basado en enrollar en espiral un tubo alrededor de un eje. Una lección clave a extraer del argumento de Gould y Lewontin, por tanto, es que las explicaciones funcionalistas no son suficiente para capturar la pluralidad de fuerzas que operan en el mundo natural.
Illustration of spandrels
Como explican Lewontin, Levins y Gould, la evolución no es un proceso que se despliega con resultados predecibles, sino un camino contingente, errante, a través de un mundo material de limitaciones y posibilidades. En El biólogo dialéctico Levins y Lewontin sostienen que el mundo físico, mayor, en el que se situa un organismo, está lleno de su propia historia contingente y condiciones estructurales -esto es, inmerso en lo que podría ser descrito como procesos históricos (286-288)-. Las interacciones (las colisiones de átomos, como escribió Epicuro) son parte del tejido de la vida, porque los objetos en el mundo físico están interconectados. Existen múltiples vías o canales, en relación a la integridad estructural de los organismos, para los procesos evolutivos -de hecho, son parte de lo que creó la vida y hace posible su continuación-. Hasta cuando las condiciones externas están fijadas, existen múltiples vías, porque la vida crea su propio camino, en sus interacciones con fuerzas opuestas. La aparición es un fruto de la vida, dada la existencia activa de su organización heterogenea. Las interacciones constantes e interpenetraciones de opuestos, en todos los niveles de la existencia, proporcionan los medios para la mutabilidad de la vida, haciendo de la contingencia una fuerza tanto en el mundo natural como social. El intercambio dialéctico entre el ambiente y el organismo es un principio central de la postura coevolutiva. Tanto el medio como el organismo son niveles integrados, “parcialmente autónomos y recíprocamente interactuantes” en ambas direcciones (288). El cambio es la regla de la vida. Los procesos orgánicos son históricamente contingentes, desafiando explicaciones universales. Así, tanto los parámetros de cambio como la naturaleza de la transformación están sujetos al cambio dadas las dinámicas internas y externas. Mientras los genes, los organismos y el medio ambiente se estudien separadamente, nuestro conocimiento del mundo vivo no avanzará. Levins y Lewontin nos ayudan a superar este problema proporcionándonos las bases para romper la visión miope, reduccionista de la ciencia burguesa, permitiéndonos conseguir una rica comprensión de la naturaleza y sus procesos dinámicos, y afirmando que la ciencia debería ser y necesita ser usada para educar y dar poder al público para enfrentarse a los diversos problemas con los que se enfrenta la sociedad, incluyendo su insostenible interacción con la naturaleza.
Una posición materialista dialéctica genuina es útil para comprender la relación dinámica que existe en la naturaleza y el proceso evolutivo de la vida. Aunque la historia social no se puede reducir a historia natural, forma parte de ella. Una postura dialéctica es esencial para entender el mundo material desde el  punto de vista apropiado: reconocer que la historia es abierta, contingente y contradictoria. En un momento en el que la ideología de la clase dominante penetra cada poro del mundo social y reinan las explicaciones genéticas como justificaciones de las diferencias sociales y las desigualdades, el trabajo de Lewontin, Levin y Gould libera la investigación científica y el conocimiento social de los constructos sociales de la “mala ciencia”. La dialéctica materialista ha sido preservada con firmeza en determinadas tradiciones en las ciencias naturales, así como escuelas de pensamiento marxiano específicas, como la representada por esta revista. Un enfoque dialéctico y materialista se ha convertido en algo esencial para la sociedad humana, dada la escala de degradación ambiental en nuestro mundo contemporáneo y el hecho de que no existen pruebas de que los organismos se estén adaptando mejor al medio. La evolución no conlleva un impulso hacia la perfección, ni hay un estado perfecto de equilibro de la existencia (mucho menos esperando a ser descubierto). Dejar las cosas como están no es una opción, porque el cambio es una constante. Pero debemos intentar conseguir tanto conocimiento como podamos respecto a las condiciones y procesos del mundo, para que podamos intentar afectar el curso del cambio, en el grado en que sea posible dadas las limitaciones y condiciones históricas, para hacer que sea posible un mundo decente para toda vida. Lo lejos que podamos llegar como agentes sociales determinará la longevidad de la historia social en el proceso, nuestra relación con el mundo natural y el potencial de un cambio revolucionario.
Notas
* El término “materialismo dialéctico” se utiliza a menudo de forma burlona en el marxismo occidental y ha llegado a simbolizar el dogma estalinista. Nuestra intención aquí es rehabilitar el término usándolo para referirse exclusivamente a aquellas investigaciones que pueden ser vistas como intentos genuinos de emplear las metodologías dialéctica y materialista en los ámbitos natural y social. El materialismo sin la dialéctica tiende al mecanicismo y el reduccionismo. La dialéctica sin el materialismo tiende al idealismo y el vitalismo. El materialismo dialéctico genuino busca trascender estas antinomias. Representa por tanto un realismo crítico extremadamente escaso en el pensamiento convencional.
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Acerca de Carlos Valmaseda

Trabajo como bibliotecario en el Instituto Cervantes. Tras vivir en Moscú y Manila actualmente resido en Nueva Delhi.
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