Capitalism in the Web of Life: Ecology and the Accumulation of Capital de Jason Moore 

[Traducido en octubre de 2016]
Hoy os paso una crítica mucho más amable para el libro que la de ayer. Es de Louis Proyect. El próximo será el de Foster y Clark citado en este mismo artículo.

 Louis Proyect, The Unrepentant Marxist, Octubre 10, 2016

 

A principios de este año me sorprendió descubrir que había estallado un debate entre los partidarios de John Bellamy Foster por un lado y los de Jason Moore por otro sobre cómo teorizar adecuadamente la ecología desde un punto de vista marxista. Dado que los estudios de Moore han estado influenciados por Immanuel Wallerstein me preguntaba dónde podía estar el problema. ¿No estaban todos ellos en la misma longitud de onda habiendo servido Monthly Review como plataforma para las escuelas de la teoría de la dependencia/sistemas mundo que incluían a Wallerstein, Andre Gunder Frank, Samir Amin y otros?
Resulta que la ecología es un tema que lleva al debate ya que, excepto por la discusión relativamente breve de Marx sobre la fertilidad del suelo y las observaciones de Engels sobre el expolio de los Alpes, había muy poco análisis hasta que despegó el movimiento Verde a principios de los 60. El artículo de Rachel Carson sobre el DDT ayudó a crear conciencia de que la contaminación no era solo una molestia sino una amenaza a la existencia humana. Esto llevó a los investigadores marxistas a intentar anclar el nuevo movimiento teóricamente aunque hablase en cien voces diferentes. A diferencia del análisis del imperialismo, no había continuidad teórica sobre la que construir. Básicamente, el ecosocialismo tenía que ser creado desde cero.
Para mí esto significó abandonar parte del bagaje que había recogido en el movimiento trotskista. Después de todo, Trotsky aceptó la energía nuclear en Si Norteamérica se hiciera comunista y Joe Hansen, quien fuera guardaespaldas de Trotsky en Coyoacan, alabó la Revolución Verde (el término para la agricultura basada en productos químicos más que en ecología) en un panfleto de 1960 titulado “¿Demasiados bebés? El mito de la explosión de la población”.
Cuando empecé a leer y escribir sobre marxismo y ecología hace cerca de 25 años, pronto fui consciente de que era un campo muy disputado con casi tanta acritud como la que podías encontrar en la izquierda leninista sobre cómo construir un partido revolucionario. Aunque casi todo el mundo excepto Frank Furedi podía estar de acuerdo en que el fracking y la agricultura industrial eran amenazas al medio ambiente, había desacuerdo sobre cómo teorizar el nexo naturaleza/sociedad.
Inicialmente hubo una fuerte tendencia a ver a Marx y Engels como guías inadecuados para comprender la crisis medioambiental. En un artículo de noviembre-diciembre de 1989 en New Left Review, Ted Benson era en general empático con M&E pero los consideraba propensos al “productivismo” que reinaba todopoderoso en el siglo XIX cuando el capitalismo estaba transformando el mundo. Benson veía esto como excesivamente optimista encontrando el error en la frase del V. 3 del Capital según la cual “el desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo social es la tarea histórica y la justificación del capital” puesto que no tenía en cuenta la problemática de los límites naturales.
 
A principios de los 90 tuve contactos ocasionales por correo electrónico con James O’Connor, quien había lanzado una revista titulada Capitalism, Nature and Socialism (CNS) en 1988 que proporcionaba una plataforma a gente como Benson. O’Connor fue uno de los primeros intelectuales trabajando en el campo que intentó basar su ecosocialismo en la teoría marxista o al menos su propia interpretación de la teoría. Proponía algo que él llamaba “la segunda contradicción del capitalismo” que describía un capitalismo que socavaba las condiciones necesarias para su reproducción:
Una explicación ecológica marxista del capitalismo como un sistema cargado de crisis se centra en la forma en que el poder combinado de las relaciones de producción capitalistas y las fuerzas productivas se autodestruye al perjudicar o destruir más que reproducir sus propias condiciones (“condiciones” definidas desde el punto de vista tanto de sus dimensiones sociales como materiales).
Aunque finalmente me alejé de la teoría de O’Connor hacia la desarrollada por John Bellamy Foster y Paul Burkett que yo consideraba mejor fundamentadas en el marxismo, sigo en deuda por sus hallazgos que alabé en articulos sobre el Huracán Sandy y Flint (Michigan).
En 1998 escribí una breve crítica de Justicia, Naturaleza y la geografía de la diferencia de David Harvey en la Red Progresista de Economistas (PEN-L) que tomaba nota de lo que yo consideraba su errónea posición sobre los indios americanos que era un eco del mal titulado El indio ecológico de Shepherd Krech, un libro que tenía la basura habitual sobre bisontes arrojados por los acantilados, etc. Yo sospechaba que O’Connor, que era un suscriptor de PEN-L en ese momento, tenía diferencias ideológicas con Harvey puesto que me pidió ampliar mi breve post y enviarlo a CNS. Tras trabajar un par de meses en él, me quedé estupefacto cuando descubrí que O’Connor pensaba que sus lectores no lo encontrarían útil.
En ese momento yo estaba bastante cercano a John Bellamy Foster y le pregunté por qué mi artículo podía haber sido rechazado. Tras leerlo, me dijo que era demasiado “materialista” para la visión editorial dominante en CNS.
Poco después descubriría que O’Connor también estaba molesto con Foster probablemente por una recensión en cierto modo crítica de su Causas naturales: ensayos de marxismo ecológico en el número de febrero de 1999 de Monthly Review por Paul Burkett que describía su teoría de la “segunda contradicción” como obstaculizada por las líneas artificiales que dibuja entre explotación del trabajo por el capital y uso destructivo de las condiciones naturales y sociales del capital.”
O’Connor tuvo la oportunidad de vengarse de Foster, a quien probablemente culpaba por publicar el artículo de Burkett, en el número de junio de 2001 de CNS que contenía críticas a La ecología de Marx de Foster. Yo defendí lealmente a Foster contra los ataques, como hizo Jason Moore en el siguiente número de CNS donde escribió: “La idea que la naturaleza tiene sus propias leyes de movimiento que pueden ser dobladas pero no controladas por la sociedad humana recorre como un hilo rojo La ecología de Marx. Al hacerlo, Foster hace una contribución notable a la renovación de una perspectiva materialista activista que sea a la vez histórica y geográfica, social y ecológica”.
Resultó que David Harvey tenía sus propios problemas con Foster, quien le había etiquetado como “neomalthusiano” en el libro que yo había revisado para CNS. Supongo que en el mundo de las celebridades del marxismo ser un “neo” es uno de los insultos preferidos teniendo en cuenta la etiqueta de Paul Sweezy a Robert Brenner como “neosmithiano” en NLR. Así que se pueden hacer una idea. En este pequeño mundo tener diferencias teóricas sobre cómo teorizar el ecosocialismo puede llevar un verdadero resentimiento.
A pesar de estar molesto por cómo MRZine se había convertido en una avanzadilla de la propaganda pro-Assad, no tenía problemas con los escritos de Foster sobre ecología, así como con los de Paul Burkett, quien estaba en la misma longitud de onda. Los dos han hecho importantes contribuciones para resaltar el componente “verde” de los escritos de Marx, especialmente los pasajes que tratan de la “brecha metabólica”, un término que se refiere al abismo creciente entre ciudad y campo, con los humanos contaminando con desechos el Támesis en lugar de fertilizar los campos de trigo. Para Marx, la crisis de fertilidad del suelo del siglo XIX era una amenaza tan grande para la sociedad como lo es el calentamiento global hoy.
Así que cuando me enteré de que había campos rivales apoyando a Foster o a Jason Moore, no estaba seguro de qué hacer. Ahora que acabo de terminar Capitalism in the Web of Life: Ecology and the Accumulation of Capital de Moore estoy en una mucho mejor posición para comentar las diferencias entre dos de los más respetados intelectuales ecosocialistas.
Para empezar, a pesar de haber conocido en persona a Jason Moore por primera vez solo este año, he intercambiado correos electrónicos con él durante varios años, principalmente para mostrar mi agradecimiento por su contribución al debate Brenner en artículos como “El azucar y la expansión de la primera Economía-Mundo moderna”, que mostraba la influencia de Sidney Mintz, quien había argumentado que las plantaciones de azúcar en Jamaica eran mucho más avanzadas que cualquier fábrica en Europa en el siglo XVII, a pesar de estar basadas en el trabajo esclavo.
Cuando descubrí que la tesis doctoral de Moore se titulaba La ecología y el auge del capitalismo, estuve ansioso por leerla, especialmente porque incluía un epígrafe de uno de mis músicos favoritos: “Va a caer una dura lluvia” [A hard rain’s a-gonna fall, Bob Dylan].
Hacía mucho que yo creía que los orígenes del capitalismo tienen mucho más que ver con la colonización europea de las Américas que con la agricultura de arrendamiento en Gran Bretaña, especialmente ya que Marx fue bastante explícito sobre eso en el capítulo 26 del v. 1 del Capital: “El descubrimiento de oro y plata en América, la extirpación, esclavización y enterramiento en minas de la población aborigen, el principio de la conquista y el saqueo de las Indias Orientales, la conversión de África en una madriguera para la caza de pieles negras, señalaron la aurora rosada de la era de la producción capitalista.”
Mi atención se centraba principalmente en las guerras genocidas contra los pueblos nativos, pero secundariamente en cómo estaba esto conectado con el despojo medioambiental, como señalé en un artículo sobre los indios Pies Negros que publicó Foster en Organization and Environment, una revista que perdió en una compra hostil. Cuando se eliminó al bisonte de las altas llanuras para servir a la búsqueda de beneficio de los rancheros de ganado, el resultado final fue el mismo tipo de brecha metabólica que diagnosticó Marx:
La moderna sociedad capitalista rechaza el consejo de Engels o la filosofía Pies Negros. Ve la naturaleza simplemente como algo a ser dominado. Construye ciudades en el desierto y perfora en busca de petróleo en la selva tropical. Las terribles consecuencias de estas acciones las tenemos delante de nuestros ojos. Ciudades como Phoenix (Arizona) y Los Ángeles son pesadillas ecológicas en las que el agua de los estados vecinos se desvía de su uso adecuado en agricultura. Las ciudades pueden tener bonitos arbustos en centros comerciales con aire acondicionado, pero mientras tanto el campo circundante se está convirtiendo rápidamente en un desierto.
Lo que hizo Moore en su tesis doctoral fue conectar los puntos entre el auge del capitalismo en Europa y la transformación de la naturaleza en el Nuevo Mundo en una fuente de recursos naturales crítica para el crecimiento de la industria en el Viejo Mundo. Sin plantaciones de azúcar y algodón, minas de plata y demás, Europa hubiera seguido siendo un páramo. No fue solo la llegada de Colón la que lo hizo posible. Europa Occidental también marchó hacia el este y llevó a cabo depredaciones similares en China, India y el Este de Europa. En esencia era todo parte de un Sistema Mundo en evolución que veía la naturaleza solo como sustrato útil para la producción de mercancías.
Moore describía así el proceso:
Podemos ahora exponer el asunto con simplicidad. La principal expresión espacial de la acumulación infinita de capital es la infinita conquista de la Tierra. La expansión económica ilimitada basada en la productividad creciente del trabajo es una expansión geográfica ilimitada basada en la explotación a bajo coste de la naturaleza humana y extrahumana. Dado que el sistema ha sido despiadadamente competitivo, hay una contraparte temporal ineludible a esta tendencia geográfica: no solo la conquista sin fin de la Tierra sino la conquista e incorporación de la Tierra de la forma más rápida posible.
Esencialmente, Capitalism in the Web of Life: Ecology and the Accumulation of Capital es un intento de extraer un marco teórico para el ecosocialismo basado en la investigación contenida en su tesis doctoral. Es en parte una repetición de algunos de los hallazgos históricos esenciales de la tesis con un intento de fundamentarlas filosóficamente rompiendo con un dualismo cartesiano que ha obstaculizado ostensiblemente la teorización marxista del nexo naturaleza/sociedad. De hecho, el objetivo del libro es eliminar la barra entre naturaleza y sociedad y verlas como dialécticamente relacionadas.
El dualismo cartesiano es una criatura peculiar. Estas abstracciones de Naturaleza/Sociedad separa simbólicamente lo que está unido prácticamente en la historia del capitalismo: la actividad viva de la especie humana en la red de la vida. Por una parte, la combinación binaria es claramente falsificadora y confusa. Supone una separación ontológica que da vida a narrativas históricas en las que las relaciones entre humanos (relaciones “sociales”) son teóricamente independientes de las relaciones entre humanos y el resto de la naturaleza. La combinación binaria, además, confunde naturalezas particulares que son objetos del desarrollo capitalista con naturaleza como matriz dentro de la cual se desarrolla el capitalismo. Naturaleza/Sociedad forma una combinación binaria de abstracciones violentas en el sentido de Sayer del término: eliminar relaciones constitutivas de los fenómenos históricos bajo investigación. Uno no puede extraer “naturaleza” de la constitución del capitalismo más que lo que podría eliminar la ley, la lucha de clases, el estado moderno, la ciencia o la cultura.
Volveré a cómo este rechazo del dualismo cartesiano llevó a los actuales conflictos ideológicos entre los partidarios de Foster y de Moore tras daros una sensación de la erudición que distingue el libro de Moore de cualquier otro que haya leído en la literatura sobre ecología. La comprensión de las facetas históricas, geográficas, científicas y culturales y cómo interactúan entre ellas puede ser impresionante.
 
Por ejemplo, en el capítulo 8, titulado “Naturaleza abstracta y los límites del capital”, Moore explica lo crítico que fue el sistema métrico para el auge del capitalismo. Adoptado por la república francesa en 1799, sirvió como moderno mecanismo de intercambio. Surgió para facilitar el comercio entre fronteras, un ingrediente clave para socavar las economías feudales que dependían de sistemas de medida diferentes.
Los mapas fueron también un sine qua non para el capitalismo mundial en sus primeras etapas. Los diestros creadores de mapas de la compañía holandesa de las Indias Orientales fueron necesarios para ayudar a sus colonizadores a identificar qué pieza del territorio estaba madura para la conquista.
La medición adecuada fue necesaria no solo para la conquista de la tierra. También era cómo los seres humanos podían igualmente convertirse en mercancía, particularmente en el comercio de esclavos. Los comerciantes tenían definido a un esclavo “estándar”: varón, treinta a treinta y cinco años y entre metro y medio y metro ochenta de altura. Denominado pieza de India (sic en el original, nota del t.), el esclavo así designado podía ser usado en la planificación económica por parte del colono.
¿Es posible que tal integración necesaria de sistemas mundo y ecología se pudiese llevar a cabo sin estar comprometida con la perspectiva de “red de vida” defendida por Moore? Yo por mi parte no puedo afirmar que este sea el caso y solo puedo decir que si le permitió escribir un relato tan poderoso de cómo hemos terminado en la crisis medioambiental intratable y en curso de hoy, esto lo justifica prácticamente.
Volviendo ahora a la crítica de Moore de Foster, se encuentra en el capítulo tres titulado “Hacia un metabolismo singular: del dualismo a la dialéctica en la ecología-mundo capitalista” y es relativamente breve -no más de un par de páginas- y empieza con un tributo a los escritos de Foster sobre la brecha metabólica que integró capital, clase y metabolismo como un todo orgánico.
La crítica, por lo que a mí me parece, se encuentra en estas pocas palabras:
La perspicacia de Foster fue presentar al capitalismo como un metabolismo de flujo abierto que exige más y más Naturaleza Barata  solo para quedarse en el mismo sitio: no solo naturaleza como input (por ejemplo, fertilizante barato), sino también naturaleza como frontera de desechos (por ejemplo, emisiones de gases de efecto invernadero). Muchas de las implicaciones más poderosas del pensamiento sobre la brecha metabólica, sin embargo, siguen encadenadas por los mismos dualismos que Foster inicialmente cuestionaba. En particular hay una visión excesivamente estrecha de la acumulación como un proceso “económico” (seguro que es mucho más que esto) y un énfasis excesivo en la raramente especificada “destrucción” de la naturaleza. Las naturalezas históricas están sujetas a procesos ampliamente entrópicos -la degradación de la naturaleza- pero estos son también reversibles dentro de ciertos límites. Mucha de esta reversibilidad se vuelve en contra de las fronteras de apropiación del capitalismo.
Sin embargo, se puede encontrar en realidad una crítica más extensa de la teoría de la brecha metabólica en un artículo titulado “Trascendiendo la brecha metabólica: una teoría de las crisis en la ecología mundo capitalista” que apareció en el número de enero de 2011 de Journal of Peasant Studies. Allí escribe Moore:
Seguramente parte de la respuesta está dada directamente en la lectura de Marx de Foster. Según su interpretación, la crítica de Marx del capitalismo enfatizaba cómo la “dominación de la humanidad … de la sociedad burguesa” descansaba en su ‘dominio de la Tierra’, especialmente bajo la forma de propiedad de la tierra a gran escala. La acumulación de capital infinita es, en otras palabras, la infinita mercantilización de la naturaleza. Pero en lugar de meter las crisis de acumulación en una jaula y la crisis de la biosfera en otra, ¿podríamos en cambio empezar con las relaciones que conectan a las dos? A mi me preocupa por tanto que la destilación particular de la brecha metabólica en ‘propiedades generales’ pierda de vista el conjunto como una ‘rica totalidad de muchas determinaciones y relaciones’.
En otras palabras, en 2011 y ahora en su último libro, la critica de Moore no es que la lectura de Foster de la brecha metabólica de Marx sea erróna sino que no va lo suficientemente lejos. El primer indicio que tuve de que a Foster le escocía la crítica de Moore fue un artículo titulado “La ecología de Marx y la izquierda” que era principalmente una polémica contra el tipo de análisis inspirados en la Escuela de Frankfurt que se podían encontrar en la CNS de James O’Connor. Pero me cuesta imaginar por qué Moore estaría incluido como lo estaba hacia el final del artículo cuando Foster y Brett Clark se referían a “algunos pensadores” que invierten la tesis del dominio de la naturaleza de la Escuela de Frankfurt y la convierten en una “idea acrítica de producción de naturaleza” que efectivamente “desnaturaliza la teoría social hasta el extremo, imponiendo anteojeras ecológicas”. Cuando fui a las notas finales descubrí que Moore era uno de esos pensadores:
Moore presenta un punto de vista social “monista y relacional” enraizado en un concepto metafórico de “metabolismo singular” y definido en términos de relaciones sociedad-naturaleza “empaquetadas”, en las que iguala capitalismo y “ecología-mundo”, rechazando la teoría de brecha metabólica del propio Marx.
Con todo el debido respeto a John Bellamy Foster y Brett Clark, no hay pruebas de que Moore rechazase la teoría de brecha metabólica de Marx o los trabajos de Foster que descansan sobre ella. Él la acepta totalmente y solo critica que no vaya lo suficientemente lejos en su aplicación.
Posteriormente Foster y Clark escribieron un artículo titulado “El marxismo y la dialéctica de la ecología” que sonaba como si Moore pudiese haber sido incluido en la lamentable recopilación de Sasha Lilley titulada Catastrofismo: la política apocalíptica de colapso y renacimiento, un libro que advertía contra las advertencias de que el capitalismo está destruyendo el planeta:
En un alejamiento de la ciencia ecológica, Moore alerta contra la “fetichización de los límites naturales.” Contradiciendo directamente a algunos de los científicos climáticos líderes mundiales, miembros del Grupo de Trabajo sobre el Antropoceno, afirma: “La realidad no es una humanidad [es decir, sociedad] ‘ arrollando las grandes fuerzas de la naturaleza'”. En cambio, él sugiere que el capitalismo tiene una capacidad aparentemente infinita de “derrotar ‘limites naturales’ aparentemente insuperables” -por tanto no hay una brecha real en los límites planetarios asociados con el Antropoceno e, implicitamente, tampoco motivo para preocuparse. En el peor de los casos, la apropiación del sistema de la naturaleza termina por aumentar los costes de los recursos naturales, creando un problema final para el capital puesto que la “naturaleza barata” se vuelve más escurridiza. El capitalismo en sí es visto como una ecología-mundo que se “despliega en la red de la vida”, innovando para derrotar la escasez económica donde y cuando surge. (cursivas añadidas)
Este intento de pintar a Moore como un neoliberal verde solo podía haber sido escrito ignorando su capítulo diez titulado “La larga Revolución Verde: la vida y tiempos de los alimentos baratos en el largo siglo XX” que tiene el mismo mensaje básico que El planeta vulnerable de Foster, es decir, que nos enfrentamos a una catástrofe a no ser que el capitalismo sea abolido.
Este capitulo vuelve a prestar atención a la crisis de fertilidad del suelo del siglo XIX que nunca fue en realidad resuelta por la Revolución Verde saludada por Joe Hansen. Describe un duro fracaso para mantener a una clase obrera que se benefició de Comida Barata, históricamente todo para beneficio de una clase dirigente necesitada de Trabajo Barato. El capítulo también alude a la creciente crisis de cambio climático que además de amenazar con la completa destrucción de las ciudades costeras también impacta en la producción de alimentos puesto que la sequía socava la posibilidad de alimentar a la población trabajadora. La página final del capítulo difícilmente puede ser confundida con un apoyo a la idea que el capitalismo tiene una “infinita capacidad” de superar los límites naturales:
La agricultura capitalista hoy se dirige hacia una transición de cambio de época: de contribuir a la acumulación de capital al reducir los costes de la mano de obra a socavar incluso las condiciones a medio plazo para una acumulación renovada. Esto es señalizado por el auge del valor-negativo. En el punto de producción el efecto de las plantas resistentes a los herbicidas nos muestran nuestro futuro en el presente: estrategias más intensivas en el uso de energía y productos químicos para disciplinar agroecologías a medida que estas evolucionan hacia formas de trabajo/energía hostiles a la ley de Naturaleza Barata. A escala de la biosfera el uso intensivo de la energía de la agricultura capitalista alimenta ahora una espiral global de calentamiento que cada vez más limita al capitalismo en conjunto.
 
El calentamiento global supone una amenaza fundamental no solo para la humanidad sino, más inmediata y directamente, para el capitalismo mismo. Esto invierte la línea crítica radical usual, que exagera la resiliencia del capitalismo frente a estos cambios -una exageración que se deriva de un punto de vista del capitalismo como sistema social que actúa sobre la naturaleza, en lugar de una ecología-mundo que se desarrolla mediante la red de vida-. La condición para mantener el valor negativo en su estado latente era la posibilidad de mover la entropía fuera de la producción de mercancías. Hoy, este valor negativo latente ya no puede ser movido hacia afuera ya que los cambios biosféricos penetran en las relaciones globales de re/producción con inusual fuerza e importancia. El calentamiento global, en las próximas dos décadas, movilizará tan completamente el hasta ahora latente valor-negativo -alimentado por la agricultura capitalista y a su vez minado por el modelo de Alimentos Baratos- que es difícil ver cómo puede sobrevivir la agricultura capitalista. (cursivas añadidas)
Tal como yo lo entiendo, Moore ha estado intentado sin éxito tener un debate público con Foster. Espero que se pueda organizar uno pronto porque sería de profundo interés para activistas e intelectuales a la vez. Aunque algunos de los temas puede parece abstruso, en última instancia nos afectan en el nivel más básico, en concreto la posibilidad de que continúe la vida humana. Enfrentándonos con lo que muchos científicos llaman la Sexta Extinción, lo que está en juego en este intercambio es muy importante.
Me gustaría concluir este post con algunas de mis propias reflexiones sobre los temas suscitados por el libro de Moore.
Para empezar, yo no estoy convencido de que el dualismo cartesiano sea exactamente el obstáculo para comprender y resolver la crisis medioambiental. Para empezar, el dualismo cartesiano trata mucho más del individuo y la naturaleza que de la sociedad y la naturaleza, y en particular la mente del individuo como indicaría la máxima famosa Cogito ergo sum (Pienso luego existo).
De hecho, los filósofos de la modernidad, que en muchas formas no son nada más que discutidores de las Meditaciones acerca de la filosofía primera de Descartes, tienen poco interés en la sociedad como tal. Estaban preocupados por cuestiones epistemológicas en torno a si la mente puede verdaderamente percibir el mundo real. Tal como informó Boswell, Samuel Johnson tenía esto que decir sobre George Berkeley, un idealista radical:
Tras salir de la iglesia, nos quedamos en pie hablando juntos durante algún tiempo de la ingeniosa sofistería del obispo Berkeley para probar la no existencia de la materia y que todo en el universo es simplemente ideal. Yo observé que aunque estamos satisfechos de que su doctrina no sea cierta, es imposible refutarla. Nunca olvidaré la celeridad con la que respondío Johnson, golpeando su pie con poderosa fuerza contra una gran piedra, hasta que rebotó: “Yo lo refuto así”.
La tradición cartesiana es básicamente una repetición de la alegoría de la cueva en La república de Platón, una que prioriza la mente filosóficamente. Como tal, el idealismo influyó en la forma en que los científicos sociales, incluidos los historiadores, explicaron el mundo pasado, presente y futuro. Es la filosofía que actúa como sirvienta del capitalismo ya que predica el cambio social progresivo como el resultado de buenas ideas más que de la acción de las masas. Pueden ver esto más claramente en la política electoral, donde los candidatos que prometen reformas han conseguido engatusar a la población trabajadora durante los últimos tres siglos al menos.
Marx y Engels rompieron con el idealismo como parte de la generación de posthegelianos que habían finalmente asumido la prioridad del mundo real sobre las ideas. Como un materialismo, el marxismo constituye el punto final del idealismo cartesiano como explicaba Engels en Del socialismo utópico al socialismo científico:
 
Los nuevos hechos obligaron a someter toda la historia anterior a nuevas investigaciones, entonces se vio que, con excepción del estado primitivo, toda la historia anterior había sido la historia de las luchas de clases, y que estas clases sociales pugnantes entre sí eran en todas las épocas fruto de las relaciones de producción y de cambio, es decir, de las relaciones económicas de su época: que la estructura económica de la sociedad en cada época de la historia constituye, por tanto, la base real cuyas propiedades explican en última instancia, toda la superestructura integrada por las instituciones jurídicas y políticas, así como por la ideología religiosa, filosófica, etc., de cada período histórico. Hegel había liberado a la concepción de la historia de la metafísica, la había hecho dialéctica; pero su interpretación de la historia era esencialmente idealista. Ahora, el idealismo quedaba desahuciado de su último reducto, de la concepción de la historia, sustituyéndolo una concepción materialista de la historia, con lo que se abría el camino para explicar la conciencia del hombre por su existencia, y no ésta por su conciencia, que hasta entonces era lo tradicional.
 
Si Marx y Engels tenían razón al defender un enfoque dialéctico y materialista para comprender y luego cambiar el mundo, ¿se podría decir que seguían operando sobre la base de algún tipo de dualismo? En el pasaje anterior, Engels se refiere a la superestructura que desarrolla la “base real” de la sociedad, siendo las relaciones de clase entre trabajador y jefe de suprema importancia. ¿No es la concepción base/superestructura fundamentalmente idealista? No hace falta decir que ha habido muchos marxistas a los que les preocupó esta fórmula que se desliza fácilmente hacia el determinismo económico y que se pudo convertir en una religión de estado con Stalin. Dicho lo cual, los escritos de Marx están repletos de referencias a un tipo de dualidad entre sociedad (a la que se hace referencia normalmente como hombre) y naturaleza. Por ejemplo, en el capítulo 48 del v. 3 del Capital, que trata extensamente de los problemas de la fertilidad del suelo, escribe Marx:
Así como el salvaje tiene que luchar con la naturaleza para satisfacer sus necesidades, para encontrar el sustento de su vida y reproducirla, el hombre civilizado tiene que hacer lo mismo, bajo todas las formas sociales y bajo todos los posibles sistemas de producción. A medida que se desarrolla, desarrollándose con él sus necesidades, se extiende este reino de la necesidad natural, pero al mismo tiempo se extienden también las fuerzas productivas que satisfacen aquellas necesidades. La libertad, en este terreno, solo puede consistir en que el hombre socializado, los productores asociados, regulen racionalmente este su intercambio de materias con la naturaleza, lo pongan bajo su control común en vez de dejarse dominar por él como por un poder ciego, y lo lleven a cabo con el menor gasto posible de fuerzas y en las condiciones más adecuadas y más dignas de su naturaleza humana.
 
Ahora bien, yo sería la primera persona en defender el derecho de cualquiera a cuestionar algo que escribieron Marx o Engels. Eran producto de su época y difícilmente podían no ser tocados por el dinamismo del capitalismo que estaba en su cénit cuando ellos intentaban construir un movimiento revolucionario. Tengamos en mente que Marx era un descarado admirador de Abraham Lincoln, quien era la quintaesencia del burgués revolucionario incluso para un devoto político marxista como Vivek Chibber. Si Marx tomo nota alguna vez de las chorradas de Marx sobre la abolición, nunca llegó a mi atención.
A pesar de mis reservas sobre el dualismo cartesiano como un obstáculo clave para desarrollar un ecosocialismo adecuado en la tarea de salvar el planeta, simpatizo con la idea de un proyecto de investigación marxista que sea monista en espíritu. Específicamente, identificaría un programa para resolver la crisis medioambiental que sintetice la investigación científica y la estrategia política como urgentemente necesario. Actualmente, hay esfuerzos dispersos normalmente basados en la formación profesional de uno como biólogo, científico climático, historiador, sociólogo, etc. que equivale a la historia de los ciegos y el elefante. ¿Es un colmillo (cambio climático) o es una trompa (fertilidad del suelo) o es una cola (asaltos contra los pobres como en Flint) o es una oreja (biodiversidad)?
La falta de una síntesis desde el lado científico parece particularmente evidente. Tienes toda una panoplia de amenazas medioambientales nacidas de la explotación comercial de la selva amazónica que exigen un análisis que abarque la química del agua y el suelo, la salud pública y la ciencia climática. Y todo esto conectado a los apuros de los pueblos nativos que son como los canarios en las minas de carbón, los primeros en enfrentarse a la extinción por parte del inexorable afán por los beneficios del sistema capitalista.
Para identificar, confrontarse y finalmente abolir el sistema que amenaza a la humanidad y la naturaleza será necesario un movimiento de científicos, intelectuales y trabajadores que funcione como un subconjunto de un movimiento mundial mayor que en última instancia es el único capaz de mover hacia un futuro basado en el bien común en lugar del beneficio privado. Por abrumador que suene, será posible porque es el sistema capitalista mismo el que llevará a la gente a esta lucha común.
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Acerca de Carlos Valmaseda

Trabajo como bibliotecario en el Instituto Cervantes. Tras vivir en Moscú y Manila actualmente resido en Nueva Delhi.
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