Capitalismo y (De)crecimiento

Yo pienso en el capitalismo como un momento. Un parpadeo en el tiempo. La vida orgánica ha prosperado en la Tierra durante 4 mil millones de años. Los humanos modernos hemos estado rondando por aquí desde hace unos 200.000 años, pareciéndose mucho a como somos tú y yo. El momento mágico del capitalismo empezó hace solo 500 años con la expansión colonial europea que permitió el auge de las economías industriales alimentadas con combustibles fósiles.

Fueron vitales para este auge los sistemas jerárquicos de clase, género y raza que interactuaron con los mercados para construir -y justificar- el intercambio desigual. Quienes participan en mercados desde posiciones superiores consiguen más por su dinero. El valor ecológico fluye hacia ellos y la riqueza se acumula. Quienes venden su trabajo y otros recursos desde posiciones inferiores tienden a ser exprimidos. Degradados. Deforestados. Erosionados. Empobrecidos. Agotados. El intercambio cultural neto ha fluido en la otra dirección: las prácticas, valores y mitos capitalistas se han impulsado a lo ancho y a lo largo, con escaso retorno de otras tradiciones. Las características culturales del capitalismo parecen hoy tan omnipresentes que es difícil imaginarse y forjar alternativas. La maniobra más magistral de la modernidad es propagar la percepción de que este momento llena todos los horizontes. Como resultado, la izquierda y la derecha políticas, el pro-crecimiento y el decrecimiento, luchan a brazo partido en una palestra capitalocéntrica limitada.

El mayor reto al que se enfrenta el decrecimiento es la poca profundidad histórica y las estrechas miras culturales a las que se circunscriben los debates contemporáneos. ¿Cómo escaparse?

(1) Desacreditar los mitos que naturalizan las características del capitalismo,

(2) aprender de todo tipo de mundos socionaturales,

(3) forjar sistemas dirigidos por otros deseos distintos del crecimiento.

Se acusa al decrecimiento de eco-fascismo: una imposición dirigida ideológicamente que forzaría a víctimas que no lo desean a sacrificar sus libertades dadas por Dios y a traicionar sus egoísmos innatos. El capitalismo, en contraste, se percibe como apolítico y moralmente neutral: los mercados, en particular, aparecen como mecanismos fuera del tiempo mediante los cuales todos los humanos organizan libremente su sustento y establecen valores. Karl Polanyi (1944) demostró que es cualquier cosa menos eso. La mercantilización del trabajo y la naturaleza, unido a la colonización de las prácticas humanas y las visiones del mundo por parte de las relaciones de mercado y el valor monetario son excepciones históricas impuestas brutalmente en la Inglaterra de los siglos XVIII y XIX como esfuerzos para “moldear la naturaleza humana” hacia el crecimiento industrial. Pasando a finales del siglo XX, David Harvey (2007) y otros han expuesto las tremendas incursiones políticas puestas en marcha para forzar la expansión de relaciones de mercado “libres” en las partes más aisladas del mundo y los ámbitos más íntimos de las relaciones humanas.

Nuestra tozuda ceguera a estos y otros detalles históricos es debida a ciertas características estructurales del lenguaje, la ciencia y la filosofía occidentales, en especial, las jerarquías binarias. La visión binaria de blanco o no blanco, hombre sobre mujer, humano sobre otra naturaleza, están grabadas en el mundo en formas que hacen difícil cuestionar el intercambio desigual y la explotación, incluso desde la posición de aquellos más explotados. Lo binario naturaleza-cultura marca el pensar en los humanos como seres superiores sobre las bestias llevadas por sus instintos. También cimienta como “instinto natural” (y por tanto no cambiable) aquellos aspectos de la vida humana que no deberían ser cuestionados.

Hoy, la convicción de que la biología humana es responsable del impulso insaciable por aumentar la producción y el consumo es fomentada por poderosas narrativas culturales y científicas. Los mitos establecidos incluyen elHomo economicus, el agente racional innato que siempre maximiza la utilidad para el beneficio personal. La “propensión natural” de Adam Smith al truque e intercambio, y ese gen egoísta que hace que todos nosotros ansiemos el control sobre los recursos y luchemos por conseguir más de la parte que nos corresponde, condenando trágicamente cualquier intento de gestión de lo común.

Cuidado con los constructos culturales que hacen que el status quo parezca natural

Antonio Gramsci (1971) nos enseñó a tener cuidado con el poder de los constructos culturales que hacen que elstatus quo parezca natural e inevitable. También observó que las crisis históricas pueden desestabilizar ese poder, abriendo posibilidades transformadoras. Aprovechemos esta oportunidad para sacudir esos mitos.Aprender de todo tipo de mundos socio-naturales expande nuestra profundidad histórica y amplitud cultural. Los estudios arqueológicos y etnográficos demuestran que diversas culturas cazadoras-recolectoras-pescadoras con un metabolismo social extremadamente bajo y poca o ninguna actividad de mercado han prosperado a lo largo de la historia humana y lo siguen haciendo hoy. Ciertamente, han impactado y co-construido ecosistemas de muchas formas, pero no hay signos de que hayan cambiado el curso de los sistemas terrestres.

Las pruebas indican que una expansión gradual del metabolismo social per cápita en algunas poblaciones, a partir aproximadamente de unos 10.000 años atrás con el amanecer de la agricultura y el urbanismo, seguido por aumentos mucho más empinados hace solo unos cuantos cientos de años con el momento de gloria del capitalismo, y luego una milagrosa erección de crecimiento supercargado en el pasado siglo XX, acompañado de una concentración atmosférica de CO2 disparada.

Al poner este último momento en un contexto histórico más profundo y un contexto cultural más amplio se revela lo absurdo de proclamar que la capacidad de hacer fuego (evolucionada hace dos millones de años) lleva inexorablemente a la destrucción humana de los sistemas terrestres a mediados del siglo XX, cuando los geólogos marcan el inicio del Antropoceno. También cuestiona el mensaje común de que esta nueva era fue provocada por la humanidad en su conjunto (en lugar de por un grupo minoritario o sistema social).

La conciencia multicultural puede ayudarnos a responder preguntas del tipo: ¿”Cómo puede progresar la humanidad sin la motivación capitalista?” y “¿Cómo puede una economía que no se expanda incluso mantener la sociedad humana?” He estado aprendiendo con una red de expertos-activistas trabajando en 15 países con comunidades que intentan prosperar con igualdad y con bajo o decreciente metabolismo social. Algunos de los países presumen de un crecimiento económico y material disparado, otros se enfrentan al decrecimiento, o se han perdido completamente el crecimiento. Aunque muchos participantes en esta conferencia promueven el decrecimiento como un proyecto decidido, también prestamos atención al decrecimiento como una consecuencia no intencionada, no necesariamente bienvenida y no siempre reconocida como una consecuencia del crecimiento en alguna otra parte. Hemos descubierto prácticas y sentidos prometedores en planes mantenidos durante mucho tiempo, entre adaptaciones forzadas y entre innovaciones hacia nuevas visiones. Podrán leer sobre estas diversas vías culturales en un próximo número del Journal of Political Ecology sobre decrecimiento, cultura y poder.

El propósito de estos estudios no es promover un retorno a la vida primitiva o a condiciones del tercer mundo. Por el contrario, la conciencia de los muchos modos posibles de existencia humana amplía horizontes para construir futuros sin precedentes. Volvemos ahora al crisol donde se forjan estos futuros. Hemos dejado claro que las conductas y valores que dirigen el crecimiento capitalista no son naturales. Son artefactos de sistemas recientes de cultura y poder. Pero hay algo sobre la biología humana que es relevante tener en cuenta aquí. Las criaturas que interactúan en los ecosistemas terrestres muestran increíbles características evolucionadas para cubrir sus necesidades y garantizar la supervivencia de sus descendientes. Las salamandras moteadas usan la energía solar, el pez lobo atlántico produce anticongelante y los escarabajos peloteros africanos navegan con la Vía Láctea. A los cactus les crecen espinas para defender sus troncos jugosos contra los comedores de plantas suculentas, y las ortigas pinchan a los depredadores (y los paseantes), inyectando veneno en sus heridas. En relación con estas u otras criaturas, los cuerpos humanos no brillan con especial fuerza, velocidad o dureza.

Lo que destaca es la capacidad biofísica de pensamiento simbólico y comunicación que nos permite desarrollar colaborativamente sistemas culturales que sobreviven al individuo y, a su vez, dan forma a la producción de nuevas generaciones de Homo sapiens, sus hábitos y sus hábitats. Estos sistemas exclusivamente humanos toman la forma de lenguajes, religiones y ciencias; sistemas de producción, parentesco y género. Son nuestro bien común más fundamental. Es de donde viene el imperativo de crecer, y es lo que ya estamos cambiando para mantener un decrecimiento equitativo y placentero.

Esta presentación fue parte de la sesión plenaria “Capitalism and Degrowth“. Vea esta sesión de la conferencía en nuestro Canal de YouTube (en inglés)

Bibliografía:

– Gramsci, A. 1971.Selections from the Prison Notebooks of Antonio Gramsci. New York: International Publishers.

– Harvey, D. 2007. A Brief History of Neoliberalism. Oxford: Oxford University Press.

– Malm, A. and A. Hornborg. 2014. The geology of mankind? A critique of the Anthropocene narrative. The Anthropocene Review 1(1): 62-69.

– Polanyi, K. 1944. The Great Transformation. New York: Farrar & Rinehart.

– Steffen W, Crutzen PJ and McNeill JR (2007) The Anthropocene: Are humans now overwhelming the great forces of nature? Ambio36: 614–621.

Sobre la autora:

Susan Paulson ha pasado muchos años en América Latina, investigando y enseñando las formas en las que interactúan sistemas de género, clase y etno-raciales con el medio ambiente biofísico, influenciando el desarrollo de cuerpos, paisajes y ecosistemas (incluídos los humanos). Entre los libros que ha escrito/editado se encuentran: Masculinities and Femininities in Latin America’s Uneven Development (Routledge 2015),Masculinidades en movimiento, transformación territorial (TESEO 2013), Political Ecology across Spaces, Scales, and Social Groups (Rutgers University Press 2005), Huellas de género en el mar, el parque y el páramo(AbyaYala 2009), y Desigualdad social y degradación ambiental en América Latina (AbyaYala 1998). Tras vivir y trabajar durante más de 20 años fuera de su país natal, Estados Unidos, se ha unido al Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Florida en 2014.

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Acerca de Carlos Valmaseda

Trabajo como bibliotecario en el Instituto Cervantes. Tras vivir en Moscú y Manila actualmente resido en Nueva Delhi.
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