Viviendo la tesis 11

Artículo autobiográfico de Levins, recientemente fallecido. Es traducción del capítulo 31 del libro Biology under the influence de Levins y Lewontin, Monthly Review Press, 2007. Traducido a partir de la edición india, de Aakar Books, 2009.
Richard Levins
Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.
Karl Marx, tesis 11 sobre Ludwig Feuerbach
De niño siempre di por descontado que crecería para ser tanto un científico como un rojo. Más que enfrentarse al problema de combinar activismo y academicismo, lo tendría muy difícil para intentar separarlos.
Antes de que pudiese leer, mi abuelo me leía Ciencia e Historia para Niñas y Niños de Bad Bishop Brown. Mi abuelo creía que, como mínimo, todo trabajador socialista debería estar familiarizado con la cosmología, la evolución y la historia. Nunca separé la historia, en la que somos activos participantes, de la ciencia, el descubrimiento de cómo son las cosas. Mi familia había roto con la religión organizada cinco generaciones atrás, pero mi padre me sentaba para estudiar la Biblia cada viernes por la tarde porque era una parte importante de la cultura que nos rodeaba y era importante para mucha gente, un relato fascinante de cómo se desarrollan las ideas cuando cambian las condiciones, y porque todo ateo debería conocerla tan bien como los creyentes.
En mi primer día en la escuela primaria, mi abuela me instó a aprender todo lo que pudieran enseñarme, pero a no creérmelo todo. Era perfectamente consciente de la “ciencia racial” de la Alemania de los 30 y de las justificaciones para la eugenesia y la supremacía masculina que eran populares en nuestro país. Su actitud provenía de su conocimiento de los usos de la ciencia para conseguir poder y beneficios y de una desconfianza genérica de los trabajadores hacia los dirigentes. Su consejo conformó mi actitud en la vida académica: conscientemente dentro de la universidad, pero no de ella.
Crecí en un vecindario izquierdista de Brooklyn en el que las escuelas quedaban vacías el Primero de Mayo y donde me encontré por primera vez con un Republicano cuando tenía 12 años. Se debatían temas de ciencia, política y cultura en grupos permanentes en el paseo entablado de la Playa de Brighton y eran el pan de cada día de las conversaciones a la hora de comer. El compromiso político se daba por descontado, cómo actuar con ese compromiso era un tema de encendido debate.
En la adolescencia me interesé por la genética a través de mi fascinación con el trabajo del científico soviético Lysenko. Resultó estar terriblemente equivocado, especialmente al intentar llegar a conclusiones biológicas a partir de principios filosóficos. Sin embargo, su crítica de la genética de su tiempo me llevó al trabajo de Waddington y Schmallhausen y otros que no se limitaban a desestimarlo a la manera de la Guerra Fría sino que tenían que responder a su reto desarrollando una visión más profunda de la interacción organismo-medio ambiente.
Mi mujer, Rosario Morales, me dio a conocer Puerto Rico en 1951, y mis once años allí dieron una perspectiva latinoamericana a mi política. Las diversas victorias izquierdistas en Sudamérica fueron una fuente de optimismo incluso en aquellos tristes tiempos. La vigilancia del FBI en Puerto Rico me impedía acceder a los trabajos que estaba buscando y terminé cultivando verduras en las montañas del occidente de la isla para ganarme la vida.
Como estudiante universitario en la Escuela de Agricultura de la Universidad de Cornell, me habían enseñado que el principal problema agrícola de los Estados Unidos era librarse de los excedentes de las granjas. Pero como granjero en una región pobre de Puerto Rico, vi la importancia de la agricultura para las vidas de la gente. Esa experiencia me hizo ver la realidad de la pobreza cuando mina la salud, acorta la vida, cierra opciones y atrofia el crecimiento personal, y las formas específicas que toma el machismo entre los pobres rurales. La labor de organización directa de las plantaciones de café se combinaba con el estudio. Rosario y yo escribimos el programa agrario del Partido Comunista de Puerto Rico en el que combinábamos análisis económicos y sociales más bien amateurs con algunas visiones de primera mano de los métodos de producción ecológica, diversificación, conservación y cooperativas.
Fui a Cuba por primera vez en 1964 para ayudar al desarrollo de su genética de poblaciones y echar un vistazo a la Revolución Cubana. Con el paso de los años me he visto implicado en el desarrollo de la lucha cubana por una agricultura ecológica y una vía ecológica de desarrollo económico que sea justa, igualitaria y sostenible. El pensamiento progresivista, tan poderoso en la tradición socialista, esperaba que los países en desarrollo tuviesen que dar alcance a los países avanzados a lo largo de una única vía de modernización. Descartaba las críticas a la vía high-tech de la agricultura industrial como “idealistas”, nostalgias urbanas sentimentales de una edad dorada rural bucólica que nunca existió en realidad. Pero había otro punto de vista: que cada sociedad crea sus propias formas de relacionarse con el resto de la Naturaleza, sus propias pautas del uso de la tierra, su propia tecnología adaptada y sus propios criterios de eficiencia. Esta discusión se enconó en Cuba en los 70 y para los 80 el modelo ecológico básicamente había ganado, aunque su aplicación suponía todavía un largo proceso. El Periodo Especial, esa época de crisis económica tras el colapso de la Unión Soviética en la que los materiales de alta tecnología resultaron inaccesibles, permitió a los ecologistas por convicción reclutar a ecologistas por necesidad. Esto fue posible solo porque los ecologistas por convicción habían preparado el camino.
Me encontré por primera vez con el materialismo dialéctico en mi primera adolescencia a través de los escritos de los científicos marxistas británicos J.B.S. Haldane, J.D. Bernal, Joseph Needham y otros, y luego en Marx y Engels. Me atrapó inmediatamente tanto intelectual como estéticamente. Una visión dialéctica de la naturaleza y la sociedad ha sido un punto fundamental de mi investigación a partir de entonces. He disfrutado del enfásis dialéctico en la totalidad, la conexión y el contexto, el cambio, la historicidad, la contradicción, la irregularidad, la asimetría y la multiplicidad de niveles de los fenómenos como un refrescante contrapeso al reduccionismo dominante entonces y ahora.
Un ejemplo: después de que Rosario sugiriese que estudiase a Drosophila en la naturaleza -no solo en probetas en el laboratorio- empecé a trabajar con esta especie en el vecindario de nuestra casa en Puerto Rico. Mi pregunta era: ¿Cómo se enfrenta la especie Drosophila a los gradiantes espaciales y temporales de su medio ambiente? Empecé examinando las múltiples formas en que las diferentes especies de Drosophila respondían a retos medioambientales similares. Podía coger Drosophila en un solo día en los desiertos de Guánica y en el bosque tropical alrededor de nuestra granja en la cresta de la cordillera. Resultó que algunas especies se adaptan fisiológicamente a la alta temperatura en dos a tres días, y mostraban relativamente pocas diferencias genéticas en la tolerancia al calor a lo largo de un gradiente de 3000 pies de altitud (unas 20 millas). Otras tenían distintas subpoblaciones genéticas en los diferentes hábitats. Y aún otras se adaptaban y habitaban solo una parte del rango medioambiental disponible. Una de las especies desérticas no toleraba en absoluto mejor el calor que algunas Drosophila de la selva tropical, pero era mucho mejor encontrando los micrositios húmedos y frescos y escondiéndose en ellos después de las 8 de la mañana, aproximadamente. Estos descubrimientos me llevaron a diseñar el concepto de selección cogradiente, en la que el impacto directo del medio ambiente aumenta las diferencias genéticas entre poblaciones, y la selección contragradiente en la que las diferencias genéticas compensan el impacto directo del medio ambiente. Dado que en mi corte transversal las altas temperaturas estaban asociadas a condiciones de sequedad, la selección natural actuaba para aumentar el tamaño de las moscas en Guánica mientras que el efecto de la temperatura en el desarrollo las hacía más pequeñas. El resultado resultaba ser que las moscas del desierto al nivel del mar y las del bosque tropical eran aproximadamente del mismo tamaño en sus propios hábitats, pero que las moscas de Guánica eran mayores cuando se criaban con la misma temperatura que las moscas del bosque tropical.
En este trabajo cuestionaba el enfoque reduccionista predominante en biología al insistir en que los fenómenos tenían lugar a diferentes niveles, cada uno de ellos con sus propias leyes, pero también conectados. Mi enfoque era dialéctico: la interacción entre adaptaciones en los niveles fisiológico, conductual y genético. Mi preferencia por el proceso, la variabilidad y el cambio establecían la agenda de mi tesis.
El problema era cómo las especies se pueden adaptar a un medioambiente cuando este no es siempre el mismo. Cuando empecé el trabajo de tesis estaba confuso por la fácil conjetura de que, enfrentado a demandas opuestas, por ejemplo cuando el medio ambiente favorece un tamaño pequeño parte del tiempo y un tamaño grande el resto del tiempo, un organismo tendría que adoptar algún estadio intermedio como compromiso. Pero esta era una aplicación irreflexiva del tópico liberal de que cuando hay puntos de vista opuestos la verdad se encuentra en algún sitio en el medio. En mi tesis, el estudio de los conjuntos de aptitud fueron un intento de examinar cuándo una posición intermedia era verdaderamente óptima y cuando era la peor opción posible. La respuesta corta resultó ser que cuando las alternativas no son muy diferentes, una posición intermedia es realmente la óptima, pero cuando son muy diferentes comparadas con el rango de tolerancia de la especie, entonces un extremo solo o en algunos casos una mezcla de extremos es preferible.
El trabajo en la selección natural en la genética de poblaciones casi siempre presuponía un medio ambiente constante, pero yo estaba interesado en la inconstancia. Propuse que la “variación medioambiental” debe ser una respuesta a muchas cuestiones de ecología evolutiva y que los organismos se adaptan no solo a características medioambientales específicas, como una alta temperatura o suelos alcalinos, sino también al patrón del medio ambiente -su variabilidad, su incerteza, el grado de heterogeneidad, las correlaciones entre diferentes aspectos del medioambiente. Además, estos patrones del medioambiente no están simplemente dados, externos al individuo: los organismos seleccionan, transforman y definen sus propios medios.
Independientemente de la materia particular de una investigación (ecología evolutiva, agricultura, o más recientemente, salud pública) mi interés primordial ha sido siempre la comprensión de la dinámica de los sistemas complejos. También, mi compromiso político exige que me cuestione la relevancia de mi trabajo. En uno de sus poemas dice Brecht: “Realmente vivimos tiempos terribles… en los que hablar sobre árboles es casi un crimen porque supone callar sobre la injusticia”. Brecht estaba por supuesto equivocado sobre los árboles: hoy cuando hablamos de árboles no estamos ignorando la injusticia. Pero también tenía razón en que la academia que es indiferente al sufrimiento humano es inmoral.
La pobreza y la opresión cuestan años de vida y salud, reducen horizontes y cortan talentos potenciales antes de que puedan florecer. Mi compromiso con el apoyo a las luchas de los pobres y los oprimidos y mi interés en la variabilidad se combinaron para centrar mi atención en las vulnerabilidades fisiológicas y sociales de la gente.
He estado estudiando la capacidad del cuerpo de recuperarse tras ser estresado por la malnutrición, la contaminación, la inseguridad y una atención sanitaria inadecuada. El estrés continuo mina los mecanismos estabilizadores en los cuerpos de las poblaciones oprimidas haciéndolos más vulnerables a cualquier cosa que ocurra, a pequeñas diferencias en su medio ambiente. Esto se pone al descubierto en el incremento de la variabilidad en las medidas de presión de la sangre, índice de masa corporal y esperanza de vida cuando se comparan con resultados más uniformes en poblaciones confortables.
Al examinar los efectos de la pobreza no basta con examinar la prevalencia de enfermedades separadas en poblaciones diferentes. Mientras patógenos o contaminantes específicos pueden precipitar enfermedades específicas, las condiciones sociales crean una vulnerabilidad más difusa que vincula médicamente enfermedades no relacionadas. Por ejemplo, la malnutrición, una infección o la contaminación pueden romper las barreras protectoras del intestino. Pero una vez rotas por cualquiera de estas razones se convierten en un foco de invasión por parte de contaminantes, microbios o alérgenos. Por tanto, los problemas nutricionales, las enfermedades infecciosas, el estrés y los tóxicos causan una gran variedad de enfermedades aparentemente no relacionadas.
La idea dominante desde los 60 había sido que las enfermedades infecciosas desaparecerían con el desarrollo económico. En los 90 ayudé a formar el Grupo de Harvard sobre Enfermedades Nuevas y Renacientes para rechazar esa idea. Nuestro argumento era en parte ecológico: la rápida adaptación de los vectores a hábitats cambiantes -a la deforestación, los proyectos de irrigación y el desplazamiento de población por la guerra y el hambre-. También nos centrábamos en la igualmente rápida adaptación de los patógenos a los pesticidas y los antibióticos. Pero también criticábamos el aislamiento físico, institucional e intelectual de la investigación médica respecto a los estudios de patología vegetal y veterinaria que podrían haber mostrado con mayor antelación el amplio patrón de resurgimiento no solo de la malaria, el cólera y el SIDA, sino también de la fiebre porcina, la leucemia felina, la enfermedad de la tristeza de los cítricos y el virus del mosaico dorado de las judías. Debemos esperar cambios epidemiológicos con las crecientes disparidades económicas y con los cambios en el uso de la tierra, el desarrollo económico, los asentamientos humanos y la demografía. La fe en la eficacia de los antibióticos, las vacunas y los pesticidas contra patógenos de plantas, animales y humanos es ingenua a la luz de la evolución adaptativa. Y los acontecimientos están demostrando ser errónea la expectativa desarrollista de que el crecimiento económico llevará al resto del mundo a la opulencia y a la eliminación de enfermedades infecciosas.
El resurgimiento de enfermedades infecciosas no es sino una manifestación de una crisis más general:. El síndrome de sufrimiento ecosocial -la crisis multinivel generalizada de relaciones disfuncionales dentro de nuestra especie y entre ella y el resto de la naturaleza. Esto incluye una red de patrones de acciones y reacciones de enfermedades, relaciones de producción y reproducción, demografía, nuestro agotamiento y destrucción sin sentido de recursos naturales, el cambio en el uso de la tierra y asentamiento, y el cambio climático planetario. Es más profundo que en crisis anteriores, llegando más alto en la atmósfera, más profundo en la tierra, más extenso en el espacio y con más duración, penetrando en más rincones de nuestras vidas. Es tanto una crisis genérica de la especie humana como una crisis específica del capitalismo mundial. Es por tanto una preocupación fundamental tanto de mi ciencia como de mi política.
La complejidad de todo este síndrome mundial puede ser apabullante, y sin embargo, escapar de la complejidad separando el sistema para tratar los problemas de uno en uno puede llevar al desastre. Los grandes fracasos de la tecnología científica han venido de plantear los problemas de una forma demasiado estrecha. Los científicos agrícolas que propusieron la Revolución Verde sin tener en cuenta la evolución de las plagas y la ecología de los insectos, se han visto sorprendidos por el hecho de que los problemas de plagas hayan aumentado con el uso de los aerosoles. De forma similar, los antibióticos crean nuevos patógenos, el desarrollo económico crea hambre y el control de inundaciones provoca inundaciones. Los problemas deben ser resueltos en su rica complejidad; el estudio de la complejidad misma se convierte en un problema urgente tanto práctico como teórico.
Estos intereses dan forma a mi trabajo político: dentro de la izquierda, mi tarea ha sido argumentar que nuestras relaciones con el resto de la naturaleza no se pueden separar de una lucha global por la liberación humana, y dentro del movimiento ecologista mi tarea ha sido plantear un reto al idealismo de la “armonía de la naturaleza” del primer ecologismo e insistir en identificar las relaciones sociales que llevan a la actual disfunción. Al mismo tiempo, mi política ha determinado mi ética científica. Creo que están equivocadas todas aquellas teorías que promuevan, justifiquen o toleren la injusticia.
Una crítica izquierdista de la estructura de la vida intelectual es un contrapeso a la cultura de las universidades y las fundaciones. El movimiento antibélico de los 60 y los 70 planteó los temas de la naturaleza de la universidad como órgano de la clase dominante y estableció la comunidad intelectual como objeto de teorización así como de interés práctico. Me uní a Ciencia para el Pueblo (Science for the People), una organización que empezó con una huelga de investigadores del MIT en 1967, como protesta contra la investigación militar en el campus. Como miembro, ayudé en el reto frente a la Revolución Verde y el determinismo genético. El activismo antibélico también me llevó a Vietnam a investigar crímenes de guerra (especialmente el uso de defoliantes) y de ahí a la organización de Ciencia por Vietnam. Denunciamos el uso del agente naranja (usado como defoliante en la jungla vietnamita) que estaba causando defectos de nacimiento entre campesinos vietnamitas. El agente naranja fue uno de los peores usos de herbicidas químicos.
El movimiento de independencia de Puerto Rico me dio una conciencia antimperialista que me resulta muy útil en una universidad que promueve la “reforma estructural” y otros eufemismos para referirse al imperio. El agudo feminismo de clase obrera de mi mujer es una fuente constante de crítica al elitismo y machismo generalizado. El trabajo regular con Cuba me muestra vívidamente que hay una alternativa a la sociedad competitiva, individualista, explotadora.
Las organizaciones comunitarias, especialmente en comunidades marginadas, y el movimiento por la salud de las mujeres plantean problemas que la academia prefiere ignorar: las madres de Woburn que se dieron cuenta de que demasiados de sus hijos de la misma pequeña comunidad tenían leucemia, los cientos de grupos de justicia ambiental que hicieron notar que los vertidos tóxicos se concentraban en vecindarios de negros y latinos, y el proyecto de Women’s Community Cancer y otros que insistían en las causas medioambientales del cáncer y otras enfermedades mientras los laboratorios universitarios buscan genes culpables. Sus iniciativas me ayudaron a mantener una agenda alternativa tanto para la teoría como para la acción.
Dentro de la universidad tengo una relación contradictoria con la institución y con los colegas, una combinación de cooperación y conflicto. Podemos compartir la preocupación por las disparidades de salud y pobreza persistente, pero estamos en conflicto con la idea de que las empresas financien investigaciones para moléculas patentables y sobre agencias gubernamentales como la AID (Agencia para el Desarrollo Internacional) que promueven los objetivos del imperio.
Nunca aspiré a lo que convencionalmente se considera una “carrera de éxito” en la academia. No encuentro que mi validación personal se haga a través del sistema formal de recompensa y reconocimiento de la comunidad científica, e intento no compartir los presupuestos comunes de mi comunidad profesional. Esto me da libertad de opción. Así, cuando decidí no unirme a la Academia Nacional de Ciencias y recibí muchas cartas de apoyo alabando mi valentía o diciendo que era una decisión difícil, pude decir honestamente que no fue una decisión difícil, simplemente una elección política tomada colectivamente por el grupo de Ciencia para el Pueblo de Chicago. Consideramos que era más útil plantarse públicamente contra la colaboración de la Academia con la Guerra de Vietnam que unirse a la Academia e intentar influenciar en sus acciones desde dentro. Dick Lewontin ya lo había intentado infructuosamente y dimitió, junto con Bruce Wallace.
La mayor parte de mi investigación tiene objetivos en dos niveles: el problema particular en curso y algún tema teórico o polémico mayor. El estudio de la adaptación a la temperatura en las moscas de la fruta era también una discusión para muchos niveles de causación. La teoría del nicho era también una incursión en la interpenetración de opuestos (organismo y medio ambiente). La biogeografía trataba de muchos niveles de dinámicas ecológicas y evolutivas. La gestión ecológica de plagas era también una defensa de estrategias omnisistémicas. Trabajar en enfermedades infeccionas nuevas y recurrentes combinaba la biología y la sociología. Examinamos por qué la comunidad sanitaria fue pillada por sorpresa cuando las enfermedades infecciosas no desaparecieron. Fue por tanto un ejercicio de autoexamen de la ciencia.
Siempre he disfrutado de las matemáticas y he creído que una de sus tareas es hacer lo oscuro obvio. Empleo frecuentemente una especie de matemáticas de nivel intermedio de formas poco convencionales para promover la comprensión más que la predicción. Buena parte del modelado hoy tiene como objetivo ecuaciones precisas que den predicciones precisas. Esto tiene sentido en ingeniería. En el campo de la política, tiene sentido para aquellos que son consejeros de los gobernantes que se imaginan que tienen un control suficiente sobre el mundo para ser capaces de optimizar sus esfuerzos e inversiones de recursos. Pero aquellos de nosotros que estamos en la oposición no nos hacemos tales ilusiones. Lo mejor que podemos hacer es decidir dónde empujar al sistema. Para esto, una matemática cualitativa es más útil. Mi trabajo con digrafos con signo (análisis de bucle) es un enfoque de este tipo. Al rechazar la oposición entre análisis cualitativo y cuantitativo y la idea de que el cuantitativo es superior al cualitativo, he trabajado principalmente con aquellas herramientas matemáticas que ayudan a la conceptualización de fenómenos complejos.
El activismo político, por supuesto, atrae la atención de los órganos de represión. En este sentido he tenido suerte, habiendo experimentado solo una represión relativamente ligera. A otros no les ha ido tan bien, habiendo perdido carreras, sufrido años de prisión, ataques violentos, un acoso intenso incluso sobre sus familias y deportaciones. Algunos, sobre todo de los movimientos de liberación de Puerto Rico, afroamericano y nativo, así como los cinco cubanos antiterroristas arrestados en Florida, son todavía prisioneros políticos.
La explotación mata y hiere a la gente. El racismo y el machismo destruyen la salud y malogra vidas. Estudiar la avaricia y la brutalidad y el engreimiento del capitalismo tardío es doloroso y exasperante. A veces tengo que recitar la “Balada con mal humor” de Jonathan Swift:
Como el barquero del Támesis
remo y les insulto.
Como el sabio siempre sonriente,
gasto mi rabia en una broma.
Pero hay que sobreentender
que los colgaría a todos si pudiese.
En general, la academia y el activismo me han dado una vida agradable y gratificante, haciendo un trabajo que encuentro intelectualmente excitante, socialmente útil y con la gente que amo.
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Acerca de Carlos Valmaseda

Trabajo como bibliotecario en el Instituto Cervantes. Tras vivir en Moscú y Manila actualmente resido en Nueva Delhi.
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