La singularidad del Euromaidán

Andriy Manchuk 
22 de noviembre 2016
El tercer aniversario del inicio del Euromaidán ha servido de excusa para una ceremonia festiva para la que rápidamente se encontró dinero en el presupuesto del empobrecido país. Imitando la alegría popular ofrecen un rico festín para los comentarios irónicos que dejan ahora en las redes sociales miles de ucranianos engañados y frustrados, espectadores del hipócrita show propagandístico.

Sin embargo, de hecho, esta fecha es lógico que nos obligue a hacer balance del proceso político que empezó con el tristemente célebre flash-mob en Maidán, organizado en apoyo a la asociación con la Unión Europea y que terminó con la actual catástrofe para Ucrania. “Por sus frutos los conoceréis”: esta vieja tesis materialista nos obliga a preguntarnos ¿cuál ha sido el resultado del Euromaidán? Y la respuesta a esta pregunta se puede encontrar literalmente en todas partes: en el pago de los nuevos impuestos que casi igualan las pensiones y los salarios, en las declaraciones de los diputados vergonzosamente ricos ante un fondo de pobreza general, en los horribles informes sobre criminalidad, en la interminable sarta de mentiras sobre visas para ir al extranjero, en las continuas iniciativas locas planteadas por los nacionalistas en el poder o en los secos datos estadísticos que nos cuentan de manera concisa cuánto ha caído en estos tres años el nivel de vida de los ciudadanos ucranianos y cuánta gente ha perdido durante este tiempo el país -como resultado de las consecuencias de la crisis, la emigración y la guerra-.

Durante los tres últimos años los partidarios de Maidán han impuesto a los ucranianos la tesis de la singularidad de este acontecimiento político. Naturalmente, en realidad lo que se produjo en el país fue un banal golpe de estado cuando una parte de la élite, operando con una activa ayuda exterior, echaron a sus rivales políticos, movilizando contra ellos con la propaganda de la gente de los medios de comunicación. No obstante, hablar de la singularidad del Euromaidán tiene sin embargo algún sentido -aunque no el que le dan sus propagandistas gubernamentales-. Ningún otro movimiento político de los últimos años ha provocado consecuencias tan catastróficas en un periodo tan corto de tiempo. La alada frase latina “malum nullum est sine aliquo bono” -No hay mal que por bien no venga- claramente no fue dicha para la historia de Ucrania de los últimos años. Los resultados del Euromaidán empeoraron la vida de los ucranianos absolutamente en todos los indicadores, sin traer consigo algún cambio sustancial positivo. Y en este sentido supone realmente un fenómeno particular que corresponderá valorar a los futuros historiadores. Porque la gente que fueron hace tres años al centro de Kiev, creían la sagrada promesa de que iban a vivir mejor, que era como si su existencia por fin tuviese el sentido que antes había perdido. “Fue casi la única vez que sintieron que eran buenos para algo más que nacer, ir a trabajar y después morir. Se sentían gente que hacía historia. Sentían su importancia” -como escribe cabalmente sobre esto el periodista ucraniano Yuri Tkachev.

 Han pasado tres años, y según los datos de una encuesta de Kantar TNS Online Track, el 75% de los ucranianos piensan que los objetivos declarados hace tres años no se han alcanzado, y la opinión contraria es compartida solo por un 5% de los entrevistados. En un estudio del centro sociológico “Sofia” el 82 de los encuestados afirmaron que el Euromaidán empeoró su vida y solo un 4,9% declararon que era mejor. Estos datos muestran que como consecuencia del Maidán perdieron prácticamente todos los ucranianos. La clase obrera industrial, cuyos intereses ignoró con desprecio la rebelión inspirada por la burguesía liberal. Definitivamente los campesinos empobrecidos, que apenas sobrevivieron a la anterior abolición de la moratoria de venta de tierras. Los trabajadores emigrantes, especialmente afectados por la crisis de las relaciones ruso-ucranianas. El personal de las instituciones que dependen del presupuesto, maestros y médicos, estudiantes y pensionistas, numerosas categorías de beneficiarios y desplazados forzosos. Los periodistas, que tuvieron un papel especialmente miserable en los trágicos acontecimientos de los últimos tres años. Y también los pequeños e incluso medianos empresarios, cuyos negocios han sido aplastados sin piedad por el rodillo de la crisis. En vísperas del aniversario de Euromaidán en la prensa sonaron simbólicamente los llamamientos desesperados de los trabajadores de la industria ucraniana de IT. Sus representantes participaron activamente en las protestas hace tres años, y ahora se quejan de que el poder aterroriza y arruina sus empresas, constatando la salida masiva de especialistas de Ucrania.

 De hecho, desde el cambio en el país en realidad solo ha salido ganando un porcentaje muy pequeño de los ciudadanos. Básicamente, aquel que ha hecho carrera política como resultado del Euromaidán y la guerra posterior, el que ha hecho fortuna con los contratos corruptos con el gobierno o el que se aprovecha de negocios criminales -que incluye robos en al zona de la ATO [N. del trad. El gobierno ucraniano denomina la guerra en curso Operación Anti-Terrorista, ATO], la especulación con productos destinados al frente, el contrabando, el pillaje, el comercio de armas, el minado de ámbar y la deforestación. Y también los receptores de becas del extranjero, la clientela de los oligarcas que han aumentado su poder y los ayer marginales ultraderechistas, que se han unido con éxito al grupo de los poderosos y a las estructuras de poder. Pero los principales beneficiarios del Maidán por supuesto, han sido los ucranianos superricos, de entre cuyas filas ha surgido el presidente del país y que se han asegurado plena independencia en el marco de los feudos de sus imperios empresariales. Son ellos especialmente los que están interesados en el mantenimiento del status quo -lo que es fácil de entender echando un vistazo a los canales de televisión de Poroshenko, Kolomoyski, Akhmetov y Pinchuk, pontificando todos con un mismo guión y en un mismo sentido-.
 El mítico rey Midas convertía todo lo que tenía a su alrededor en oro, pero el gobierno ucraniano que llegó al poder como resultado del golpe, con la misma magia, ha conseguido destruir, literalmente, todo lo que de alguna manera ha permitido la existencia de la sociedad ucraniana desde el fin de la época soviética. La incitación al nacionalismo, que se utilizó para radicalizar y militarizar la protesta en la calle, ha ido desestabilizando gradualmente al país y ha sido una condición previa para que empezase la guerra, por la que han sufrido millones de personas. Y uno de los resultados del conflicto ruso-ucraniano, con las guerras comerciales y la ruptura de las anteriores relaciones de producción, ha sido la destrucción real de gran parte de la industrial nacional -en un amplio espectro que va del sector de la automoción y de las empresas aeroespaciales a las minas de carbón “superfluas” que resultaron no ser necesarias para un estado que sufre escasez de carbón-. Quebraron incluso las fábricas de procesamiento de madera -a pesar de que los bosques ucranianos son talados con rapacidad para la exportación a Europa-. Contrariamente a los informes oficiales, la caída de la producción industrial sigue estable. Y junto con la inflación, la crisis del sistema bancario, el continuo crecimiento de una inmanejable deuda externa, lo que arrastra irremisiblemente la economía ucraniana hacia el fondo.

Sin embargo, el gabinete de ministros no hace el menor esfuerzo por mitigar los efectos de la crisis sobre los ciudadanos. Al contrario, bajo la presión de los acreedores extranjeros las autoridades ucranianas han desmontado a un ritmo creciente los restos del sistema de seguridad social que suponía los rudimentos de la época soviética y que durante años ha permitido sobrevivir a millones de ciudadanos pobres. El sistema de salud y el sistema educativo han pasado abiertamente a funcionar sobre una base comercial. La publicitada reforma de los órganos de seguridad produjo una policía corrupta e incompetente: absorbió en sus filas a nacionalistas radicales, pero ha resultado completamente impotente frente al crimen, que aumenta constantemente en una Ucrania repleta de armas y rápidamente empobrecida. Y el ritmo de crecimiento de la pobreza es realmente increíble: desde la primavera de 2014 en el país ha habido una avalancha de subidas de precios e impuestos, en un trasfondo de paro y caída del nivel de salario real. Y como resultado, según datos anunciados recientemente por la ONU, hoy se encuentra por debajo del umbral de la pobreza el 80% de los habitantes del país, que es prácticamente de manera oficial el país más pobre de Europa.

 Al mismo tiempo, Ucrania se ha convertido definitivamente en un estado satélite, que casi se enorgullece de su dependencia de la Unión Europea, los EEUU y las organizaciones financieras internacionales. Y estas dictan abiertamente su voluntad, imponiendo medidas destructivas por las que tendrá que pagar más de una generación de ucranianos. A menudo estas reformas antisociales se llevan a cabo bajo el control directo de autoridades extranjeras, quienes generalmente abandonan el país inmediatamente después de su obvio fracaso. Al mismo tiempo, la política humanitaria del gobierno está enteramente a merced de los nacionalistas. Estos dan forma completamente a la agenda cultural, prohíben libros y películas, destruyen monumentos y cambian el nombre de las ciudades -reformateando la memoria histórica y convirtiendo a Ucrania en el campo de tiro europeo del revisionismo-. Combinado con la propaganda de la derecha esto ha llevado a una sociedad chovinista donde se ha vuelto común la delación, el lenguaje del odio y la intolerancia violenta hacia el disidente.
 A la vez que perdían sus fuentes de ingresos los ucranianos perdieron sus derechos y libertades democráticas -incluso en el grado que tenían en el régimen anterior-. En los últimos tres años las autoridades han arrestado por motivos políticos a centenares de personas, han limpiado preventivamente al país de la oposición, han prohibido o reducido a cero las actividades de los partidos de izquierda que pudiesen movilizar a la gente hacia la protesta social. Y también han establecido una censura real en los medios de comunicación, quienes hace mucho tiempo que no se permiten criticar al gobierno o al presidente de la forma en que lo hacían con Yanukovich. Hay que añadir que la presión por parte de las autoridades se combina con pogromos con acciones armadas de formaciones ultraderechistas que dispersan y persiguen a los oponentes, aprovechando el hecho de que su estatus les da la posibilidad de escapar de prácticamente cualquier delito -e incluso se alardea de esta falta de legalidad legalizada-.

La descarada demostración de sus privilegios es en general la tarjeta de visita del régimen actual. La élite política que se estableció en el poder como resultado del Euromaidán, al que denominaban con pasión la “revolución de la dignidad”, se limpia los pies con especial deleite sobre el pueblo ucraniano. Aquellos que en otro tiempo gritaban sobre la mítica taza del baño de oro del presidente que huyó del país, declaran abiertamente apartamentos de lujo, limusinas y trillones en efectivo, arrojando esto a la cara de la gente empobrecida. Los ucranianos aprecian esto en lo que vale. La valoración del partido del gobierno, el “Frente Popular” que llegó al poder en la ola de histeria patriótica prometiendo rodear el país con un muro protector y se apropió de los medios asignados a esto, ha caído al 0,8 por ciento. La popularidad del presidente también disminuye rápidamente -a pesar de su desvergonzada campaña de relaciones públicas en los medios- y la confianza en el “parlamento de la guerra” es aún menor. “Ninguna Rada Suprema anterior tuvo tal nivel de desconfianza como la actual. La última vez que el centro SOCIS realizó una encuesta sobre opinión pública fue en abril de 2016. Resultó que confía en el parlamento solamente el 0,7%; más bien confía un 8,4% y no confía el 90%. El nivel más bajo de apoyo de la Rada Ucraniana se observa en Kiev y en el sur, donde este índice fue de cero. Si tenemos en cuenta que desde abril han pasado ya más de seis meses, tiempo durante el cual los parlamentarios han conseguido abnegadamente cometer aún más escándalos, la situación de desconfianza se ve muy mal. No se trata solo del parlamento como tal. Es mucho peor: es la quiebra del sistema parlamentario” -escribe Marina Stavniychuk, quien durante mucho tiempo representó a Ucrania en la Comisión de Venecia del Consejo de Europa.

De hecho, estos datos señalan la ilegitimidad de los líderes del país. Sin embargo, si hace tres años los ciudadanos podían salir a la calle para manifestarse contra la política del gobierno en el cargo, hoy prácticamente les han privado de esta posibilidad. Los políticos que tomaron el poder no van a renunciar a él, a pesar del creciente descontento popular. Hablar de que si es necesario los ucranianos volverán de nuevo al Maidán para poner en su sitio a un poder que ha ido demasiado lejos resultó ser un bluff. Las protestas sociales previamente declaradas provocaciones de Putin, se promete serán aplastadas con los medios más duros -señalando expresivamente hacia los batallones nacionalistas convertidos en guardia de la corte de políticos y ejército privado de los oligarcas-. Y los detectores de metal y las rejas que se instalan estos días en el centro de Kiev muestran gráficamente cómo se han quedado sin derechos los habitantes de nuestro país -a pesar de toda la evocación propagandística  sobre dignidad y libertad-.

 Este es para nosotros exactamente el resultado de lo que empezó hace tres años el Euromaidán. Y hoy es muy necesario aprender la lección de lo que sucedió en el país a partir de noviembre de 2013 -cuando los ucranianos engañados fueron inducidos a luchar contra su propio futuro. Aunque su protesta debe tener objetivos y lemas completamente diferentes. “La gente siempre ha sido y siempre será víctima atontada del engaño y del autoengaño en política, mientras no aprendan a distinguir detrás de las frases, detrás de las promesas y de las declaraciones sociales, religiosas o políticas, los intereses de clase de los que las divulgan” dijo sobre esto Lenin contra el que tan duramente lucha hoy el gobierno ucraniano.

¿No os parece que esto se dijo hace cien años precisamente sobre el Maidán ucraniano único?

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Acerca de Carlos Valmaseda

Trabajo como bibliotecario en el Instituto Cervantes. Tras vivir en Moscú y Manila actualmente resido en Nueva Delhi.
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