Donald Trump y el crecimiento económico: un breve interregno de crecentismo

por Erik Lindberg

Artículo original: Resilience

“¿Qué va mal en la economía?” Esta es la pregunta que ha dirigido la política estadounidense al menos desde Reagan y por supuesto sigue haciéndolo hoy. Para Reagan, la simple respuesta era que la libertad había sido restringida. Libera los sueños, impulsos y deseos del pueblo americano, decía Reagan, y no hay límites para lo que pueda conseguir o cuánto crecimiento deberíamos esperar. Este mensaje sencillo se ha mantenido solo con pequeñas modificaciones a lo largo de las presidencias de los dos Bushes, casi dos Clintons y Obama. Ciertamente, los Republicanos nos dicen que podemos alcanzar nuestros sueños mediante la libertad y la desregulación, mientras los Demócratas (con algo más de complejidad) han destacado el rol de la educación y la inversión pública. Pero más allá de eso hay poco desacuerdo, que es por lo que hemos mantenido nuestro decoro democrático con relativamente pocos problemas.

A pesar de las diferencias que solemos destacar, liberales y conservadores han compartido por tanto la creencia en que nuestro bien común se encuentra en un mundo creciente y en expansión de mejoras materiales, la ampliación de horizontes, movilidad, elecciones y posibilidades en aumento. Han compartido las palabras clave ilimitado e infinito, discutiendo solo sobre diferencias en cómo levantar un mapa de nuestro progreso y trazar nuestro curso “adelante” hacia este horizonte siempre en retroceso de posibilidades ilimitadas.

Esto ha llegado a su fin con la nueva metáfora de la economía de Donald Trump. A la pregunta, “¿Qué va mal en la economía?” Trump responde: hemos hecho malos acuerdos. Aunque es cierto sin duda que la experiencia en los negocios de Trump como promotor inmobiliario y presentador de talk-shows (ambos exigen igualmente el así llamado “arte” del acuerdo) influye en su interpretación de la macroeconomía, algo mucho más grande está en marcha, y está incrustado en esta nueva forma de responder a nuestra pregunta política ineludible. Porque en su  foco sobre el acuerdo y la mesa de negociación hay implicadas varias suposiciones a destacar. La más importante de ellas, creo, es que la cantidad total de bienes y servicios disponibles son, de alguna manera, fijos.

Trump no dice esto directamente, pero sus palabras solo tienen sentido si esto es cierto. El suyo es un mercantilismo nuevo, un regreso a valores que han estado contra las cuerdas durante los últimos quinientos años. El negociador prospera verdaderamente en un mundo sin los “win-wins” (todos ganan) que hemos llegado a aceptar como parte del, normalizado pero mítico, arco de una historia progresiva. Aunque Trump ciertamente no es anticrecimiento, la visión económica de Trump opera de manera independiente respecto al crecimiento y su atractivo se alimenta de su mengua. En una economía de rápido crecimiento, Trump sería irrelevante y su foco en el hacer tratos parecería trivial y sin sentido, una atracción secundaria respecto al negocio principal de la expansión, los desvaríos de una estrella de los ‘realities‘ de televisión desempleada y monomaníaca. En un mundo en el que el crecimiento se ha detenido, o no ha mantenido su promesa, se convierte en el héroe de las masas y el presidente de la tierra, como muchos habían creído, del Crecimiento eterno.

Desde Reagan a Obama (e incluso la aspirante Clinton II), el supuesto había sido siempre que más tecnología, más educación, más libertad, más igualdad, más inversión, menos regulación, etc., etc., crearían siempre más riqueza, por la que no haría falta mucha lucha (solo un ignorante se apartaría, con los puños apretados, de tales posibilidad y promesa). Uno de los principales puntos políticos del crecimiento económico era la manera en que permitía que hasta los perdedores ganasen. El egoísmo podía por tanto ser también magnánimo, inclusivo, ilustrado, universalizante. Con Trump, al menos a fuerza de énfasis, el supuesto es que tenemos que luchar contra otros, y batirlos sin piedad y sin reservas para conseguir lo que queremos. La economía no sufre, aquí, por un fallo en la innovación. Sufre porque dejamos que los chinos o los mexicanos se queden con lo nuestro… y ahora, maldita sea, queremos que nos lo devuelvan. El egoísmo es pendenciero, combativo y beligerante (América Primero) -muy de acuerdo con el paquete completo de Trump, quien mantiene una gran coherencia entre la impredecible apariencia-. No decimos con esto que Trump sea anticrecimiento. Pero decimos que se presenta a sí mismo como el mesías que redime el proyecto americano en un mundo de suma cero.

¿Qué vamos a hacer con esto? La respuesta liberal estándar sería seguir a nuestros líderes de Silicon Valley y nuestros nuevos amigos de Wall Street y apostar el doble por la innovación y el crecimiento, abrir los últimos rincones del mundo a aún más comercio e invertir en la llamada economía del conocimiento -mensajes que se adecúan fácilmente con el otro mensaje liberal de inclusión y aumento de las libertades para los anteriormente desposeidos y marginalizados-. Los lectores habituales de Resilience comprenden, por supuesto, que este programa económico tiene un fuerte elemento mítico. Sí, os recordaría a todos, pero sin ninguna alegría, que el crecimiento económico ha sido el pegamento extrañamente elástico (la materia de esta serie) que ha mantenido unido el cuerpo político -o lo suficientemente separado-. Pero el crecimiento económico nunca consistió simplemente en innovación o libertad. Consistió en usar energía para convertir más y más recursos naturales en más y más productos utilizables bajo condiciones históricas muy específicas; no se podía mantener sin romper los límites ecológicos. El precio de un crecimiento económico continuado será un planeta recalentado, ecosistemas girando fuera de control, más guerra, hambre, olas de emigración forzosa iniciadas por la inestabilidad política, un mayor estrechamiento de nuestros horizontes de confianza que llevarán al tribalismo y al nacionalismo, la elección de demagogos populistas de derechas…

Como otros, yo he defendido en otra parte que Trump es un síntoma del final del crecimiento. He supuesto desde hace mucho que el fin del crecimiento crearía exactamente el tipo de neopopulismo peligroso y probablemente nacionalismo económico violento que representa Trump. Pero lo que queda de liberal en mí también albergaba la posibilidad de que, al mismo tiempo, el fin del crecimiento engendrase también un vigoroso y vibrante comunitarismo postcrecimiento -que liberales educados, sólidos, con mentalidad preocupada por el sistema, al menos, se unirían en un movimiento postcrecimiento basado en los valores de cuidado de la Tierra, cuidado de la gente y una distribución justa-. Pero a fecha de hoy esos valores siguen aislados en una pequeña e impotente subcultura. La América liberal está tan perdida como Trump con sus esperanzas no articuladas en el surgimiento de una clase media global cosmopolita, de ocho mil millones, una visión que contradice toda razón y cálculo matemático. Como el crecimiento ha sido magnánimo, o así podíamos creer razonablemente, los liberales han estrechado sus horizontes al crecimiento y solo el crecimiento como valor fundacional. Nunca se me hubiese ocurrido que la dura, grosera y beligerante derecha fuese la primera en plantar su bandera en el fin del crecimiento. Pero lo ha hecho -sea consciente de ello o no-.

Dicho de otra forma, todavía tiene que surgir un movimiento político postcrecimento ampliamente extendido basado en el universalismo (en lugar de en el nacionalismo), en el cosmopolitismo (en lugar de en el tribalismo), en la empatía (en lugar de en el pugilismo), en compartir lo que queda (en lugar de competir por él). Quizá era esperar demasiado -por el imposible trasplante de un tipo de altruismo y generosidad que, básicamente, puede ser el resultado solo del crecimiento y la expansión, a condiciones de contracción-. Pero la posibilidad de que un populismo planetario no sea simplemente una contradicción en los términos -por escasa que sea- me mantendrá yendo por otro asalto.

 

 

 

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Acerca de Carlos Valmaseda

Trabajo como bibliotecario en el Instituto Cervantes. Tras vivir en Moscú y Manila actualmente resido en Nueva Delhi.
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