El robo del suelo

Rabindranath Tagore

Publicado como introducción a una charla de Leonard Elmhirst en la Universidad de Calcuta en 1922. Elmhirst fue el agrónomo inglés al que Tagore invitó a su proyecto de un Instituto de Reconstrucción Agraria, más conocido como Sriniketan, paralelo a su escuela experimental y más tarde universidad para la unión intelectual de Oriente y Occidente, Visva-Bharati.

El nivel de vida de la civilización moderna se ha elevado muchísimo más que el nivel medio de nuestras necesidades. El esfuerzo que supone sirve en primer lugar para aumentar nuestra alerta física y mental. La reclamación de nuestra energía acelera el crecimiento. Esto a su vez produce actividad que se expresa el nivel de vida aún más.
Cuando este nivel llega a un grado que está muy por encima de lo normal alienta la pasión de la avaricia. La tentación de un nivel de vida desmesuradamente alto, que estuvo una vez confinado a una pequeña parte de la comunidad, se extiende ampliamente.La carga se demuestra fatal para la civilización que no pone límites a la emulación de la autocomplaciencia.
En la geografía de nuestro mundo económico las subidas y bajadas resultado de la desigualdad de fortunas solo son sanas dentro de un rango moderado. En un país dividido por la constante interrupción de altas montañas ninguna civilización es posible porque en tales lugares el flujo natural de comunicación es siempre difícil. Como las montañas, las grandes fortunas y el disfrute del lujo son también altas murallas de segregación. Producen peores divisiones en la sociedad que cualquier barrera física.
Mientras la vida es simple la riqueza no se convierte en algo demasiado exclusivo y los propietarios de propiedad indididual no encuentran grandes dificultades en reconocer su responsabilidad comunal. De hecho, la riqueza puede incluso convertirse en el mejor canal para la comunicación social. En los viejos tiempos en India la opinión pública imponía grandes impuestos sobre la riqueza y la mayor parte de las obras públicas del país eran pagadas voluntariamente por los ricos. El suministro de agua, la asistencia médica, la educación y el ocio eran mantenidos naturalmente por hombres de fortuna por un sentido espontáneo de obligación mutua.Esto era posible porque los límites establecidos al derecho individual a la autocomplacencia eran estrechos y el excedente de riquza seguía fácilmente el canal de la responsabilidad social. En una sociedad así la civilización era sostenida por los fuertes pilares de la propiedad, y la riqueza daba la oportunidad a los afortunados al autosacrificio.
Pero con el aumento del nivel de vida la propiedad cambia su aspecto. Cierra la puerta a la hospitalidad que es el mejor medio de comunicación social. Sus propietarios muestran su riqueza en una extravagancia egocéntrica. ESto crea la envidia y la irreconciliable división de clases. En otras palabras, la propiedad se vuelve antisocial.
Como la propiedad, con lo que se dice progreso material, se ha vuelto intensamente individualista, la forma de ganarla se ha convertido en un asunto de ciencia y no de ética social. La propiedad y su adquisición  rompe los vínculos sociales y drena la savia viva de la comunidad. La falta de escrúpulos implicada causa estragos en todo el mundo y genera una fuerza que puede convencer o obligar a la gente a actos de injusticia y del más completo horror.
El fuego en el bosque se alimenta del mundo vivo del que surge hasta que se agota él mismo completamente junto con su combustible. Cuando una pasión como la avaricia se libra del obstáculo del control social actúa como el fuego, alimentándose de la vida de la sociedad. El final es la aniquilación. El objeto de la educación espiritual del hombre siempre ha sido luchar con aquellas pasiones que son antisociales y mantenerlas encadenadas. Pero últimamente la tentación anormal las ha liberado y están devorando con ferocidad todo aquello que les sirve de combustible.
Hay siempre insectos en nuestros campos cultivados que, a pesar de sus robos, tienden a dejar el excedente suficiente para quienes cultivan el suelo, de manera que no vale la pena intentar exterminarlos completamente. Pero cuando alguna plaga, que tenga un enorme poder de multiplicación, ataca toda nuestra cosecha de alimentos debemos considerarla una gran calamidad. En la sociedad humana, bajo circunstancias normales, hay muchas causas que provocan desperdicios, pero no nos cuesta mucho ignorarlas. Pero hoy la plaga que ha caído sobre nuestra vida social y sus recursos es desastrosa porque no está restringida a límites razonables. Es una epidemia de voracidad que ha infectado el área total de civilización. Todos reclamamos nuestro derecho, y libertad, a ser extravagantes en nuestro disfrute si nos lo podemos permitir. No poder desperdiciar tanto como mi vecino rico solo prueba en mí una pobreza de la que me avergüenzo y contra la que las mujeres de mi familia y otros parásitos, naturalmente mantienen sus propios agravios. La nuestra es una sociedad en la que, mediante el tiránico estándar de respetabilidad, todos los miembros se incitan unos a otros al límite máximo de su capacidad. Hay un continuo atornillamiento del nivel ideal de qué es conveniente y cómodo, cuyo aumento es proporcionalmente menor que la energía que consume. El mismo chillido de la publicidad, que acompaña constantemente el progreso de la producción ilimitada, supone malgastar una cantidad inmensa de material y de fuerza vital que ayuda simplemente a hinchar lo barrido por el tiempo. La civilización hoy sirve a toda una población de glotones. Una embriaguez, que hubiera podido ser tolerada con seguridad en unos pocos, que ha extendido su contagio a la multitud. Esta avaricia universal, que hoy nos infecta a todos, es la causa de todo tipo de mezquindades, de crueldad y de mentiras en la política y el comercio, y vicia toda la atmósfera humana. Una civilización que ha llegado a tal apetito antinatural debe, para seguir existiendo, depender de innumerables víctimas. Estas están siendo buscadas en aquellas partes del mundo en las que la carne humana es barata. En Asia y África se produce un regateo en el que las esperanzas futuras y la felicidad de pueblos enteros se venden para proporcionar alguna moda quisquillosa con un suministro incesante de basura respetable.
La consecuencia de este drenaje material y moral se hace evidente cuando uno estudia las condiciones que manifiestan en la asquerosidad de nuestras ciudades y la anemia física y mental de las aldeas casi en todas partes en el mundo. Porque las ciudades inevitablemente se han vuelto importantes. La ciudad supone energía y materiales concentrados para la satisfacción de un apetito exagerado, y esta concentración se considera un síntoma de civilización. El proceso devorador de esta anormalidad no se puede llevar acabo a menos que ciertas partes del cuerpo social conspiren y se organicen para alimentarse de todos los demás. Esto es suicida. Pero, antes de que una degeneración gradual termine con la muerte, el crecimiento desproporcionado de esta parte concreta parece formidablemente grande. Oculta la palidez hambrienta del cuerpo entero. La ilusión de riqueza se evidencia porque ciertas partes crecen a partir de su robo de la totalidad.
Una relación viva, en un cuerpo físico o en uno social, depende de la colaboración solidaria y de la buena voluntad entre los diversos órganos individuales o miembros. Cuando empieza a funcionar un perfecto equilibrio de intercambio, se desarrolla la conciencia de unidad que ya no es fácil obstruir. La salud o riqueza resultante son secundarias a este sentido de unidad que es el objetivo y fin último, y una creación por su propio derecho. Cuando alguna ambición sectaria por el poder establece una posición dominante en la vida de la república, el sentido de unidad, que solo se puede generar y mantener mediante un ritmo perfecto de reciprocidad entre las partes, está condenado a ser alterado. En una sociedad en la que la avaricia de un individuo o de un grupo se permite que crezca incontrolada y es alentada o incluso aplaudida por el populacho, la democracia, tal como se denomina en Occidente, no se puede llevar realmente a cabo. En esta atmósfera se produce una lucha constante entre individuos para capturar organizaciones públicas para la satisfacción de sus ambiciones personales. De esta forma la democracia se convierte en algo así como un elefante cuyo único propósito en la vida es dar paseos a los listos y a los ricos. Los órganos de información y expresión mediante los que se crean las opiniones, y la maquinaria de la administración son manipuladas abierta o secretamente por unos cuantos adinerados, por aquellos que han sido comparados con el camello que nunca podrá pasar por el ojo de una aguja, esa estrecha puerta que lleva al reino de los ideales. Una sociedad así se vuelve necesariamente poco hospitalaria, sospechosa y cruel con aquellos que predican su fe en ideales, en la libertad espiritual. En una sociedad así la gente se intoxica por la estimulación constante de lo que se les dice que es el progreso, como el hombre para el que el vino tiene más atracción que la comida.
Las aldeas son como la mujer. De ellas depende la cuna de la raza. Están más cercanas a la naturaleza que las ciudades y están por tanto en un contacto más cercano con la fuente de la vida. Tienen la atmósfera que posee el poder natural de sanar. Como la mujer cubren las necesidades elementales de la gente, con alimentos y alegría, con la simple poesía de la vida con aquellas ceremonias de belleza que la aldea produce espontáneamente y en las que encuentra placer. Pero cuando sufre una presión constante por las abusivas demandas de la ambición, cuando se explotan sus recursos mediante un estímulo excesivo de tentaciones, entonces se convierte en pobre en vida. Su mente se vuelve apagada y sin creatividad.Y desde su posición consagrada como esposa de la ciudad es degradada a la de sirvienta. La ciudad, con su intenso egoismo y orgullo, permanece felizmente inconsciente de la devastación que está extendiendo continuamente en la aldea, la fuente y origen de su propia vida, salud y alegría.
La verdadera felicidad no es cara en absoluto. Depende de esa fuente natural de belleza y de vida, de la armonía de la relación. La ambición busca su propio camino de egoismo rompiendo este vínculo de armonía, excavando brechas, creando disensiones. La ambición egoista no siente ninguna duda en aplastar con su pie todo el campo de cosecha, que es para todos, para arrebatar precipitadamente esa parte que ansía. Con su derroche altera la vida social y queda como el mayor enemigo de la civilización.
En India tenemos un sistema de familia propio, grande y complejo, siendo cada familia una sociedad en miniatura. No deseo discutir la cuestión de si es deseable o no, pero su rápido declive hoy en día señala claramente la naturaleza y proceso del principio de destrucción que opera en la civilización moderna. Cuando la vida era simple, las necesidades normales, cuando las pasiones egoistas estaban bajo control, esta vida doméstica era perfectamente natural y verdaderamente creadora de felicidad. Los recursos familiares eran suficientes para todos. Las demandas de uno o más individuos de esa familia nunca eran excesivas. Pero un grupo así no puede sobrevivir nunca si la ambición personal de un solo miembros empieza a clamar separadamente por una parte mayor de lo que le es absolutamente necesario. Cuando la determinación de aumentar las posesiones privadas y de disfrutar de una ventaja exclusiva precede al bien común y a la felicidad general, el vínculo de la armonía, que es el vínculo de la creación, debe ceder el paso y los hermanos deben separarse, no, deben incluso convertirse en enemigos.
Esta pasión de la avaricia que se propaga en el corazón de nuestra actual civilización, como una llama volcánica de fuego, lucha constantemente por hacer erupción en hinchazón individual. Tales erupciones deben alterar la mente creativa del hombre. El flujo de producción que mana a borbotones de las grietas desgarradas en la sociedad da la impresión de un beneficio enormemente indefinido. Olvidamos que el espíritu de creación solo puede evolucionar a partir de nuestra abundancia interior y así sumarse a nuestra verdadera riqueza. Un súbito incremento en el flujo de producción de cosas tiende a consumir nuestros recursos y nos exige construir nuevos almacenes. Nuestras necesidades, por tanto, que estimulan este aumento del flujo, deben empezar a observar la limitación de una demanda normal. Si seguimos avivando nuestras demandas en llamas cada vez más grandes la conflagración que dará como resultado no hay duda de que nos deslumbrará, pero su esplendor dejará en el lado del débito solo un negro montón de restos carbonizados. Cuando nuestras necesidades son moderadas, las raciones que demandamos no agotan el depósito común de la naturaleza y el ritmo de su restauración no cae irremediablemente detrás del de nuestro consumo. Esta moderación nos deja tranquilidad para cultivar la felicidad, esa felicidad que es el alma del artista del mundo humano, y que puede crear belleza de la forma y ritmo de la vida. Pero el hombre olvida hoy que la divinidad en su interior se revela por el halo de esta felicidad. La Alemania del periodo de Goethe era considerada golpeada por la pobreza por la Alemania del periodo de Bismarck. Posiblemente el estándar de civilización, iluminado por la mente de Platón, o por la vida del emperador Asoka, es subestimado por los orgullosos hijos de los tiempos modernos que comparan los tiempos antiguos con la actual era de progreso, una era dominada por millonarios, diplomáticos y señores de la guerra. Muchas cosas que son de uso común hoy faltaban absolutamente en aquellos tiempos. ¿Pero deberían los jóvenes de hoy tener lástima de la gente que vivía entonces al disfrutar mucho más de la prensa impresa pero mucho menos de la mente?
A menudo me imagino que la luna, al ser más pequeña que la Tierra, creó las condiciones para que naciese la vida en su suelo antes de que fuese posible en el suelo de su compañera. Quizá alguna vez tuvo ella un festival constante de color, de música y de movimiento. Su depósito se rellenaba perpétuamente con alimentos para sus hijos. Pero con el transcurso del tiempo nació alguna raza que estaba dotada de una energía furiosa de inteligencia y que empezó a devorar avariciosamente su entorno. Produjo seres que, debido al exceso de su espíritu animal, unido al intelecto y la imaginación, no pudieron comprender que el simple proceso de suma no crea plenitud; que el simple tamaño de la adquisición no produce felicidad; que una mayor velocidad de movimiento no necesariamente constituye un progreso y que el cambio solo podía tener sentido en relación con alguna idea clara de completitud. Mediante maquinaria de tremendo poder esta raza añadió tanto a su capacidad natural para recoger y poseer que su carrera de saqueo sobrepasó completamente el poder de la naturaleza para recuperarse. Los que buscaban beneficios cavaron enormes agujeros en el capital almacenado del planeta. Crearon deseos que eran antinaturales y se extrajeron a la fuerza de la naturaleza provisiones para estos deseos. Cuando habían reducido el almacen limitado de material en su entorno inmediato procedieron a librar furiosas guerras entre las diferentes secciones, cada una de ellas queriendo su parcela especial de la parte del león. En su desbandada por el derecho a la autocomplacencia se rieron de la ley moral y tomaron como un signo de superioridad ser implacables en la satisfacción de sus propios desos. Agotaron el agua, cortaron los árboles, redujeron la superficie del planeta a un desierto, acribillado con enormes pozos, e hicieron de su interior un bolsillo rebuscado, vacío de objetos de valor. Al final un día la luna, como un fruto cuya pulpa ha sido comida completamente por los insectos que albergaba, se convirtió en una cáscara vacía, una tumba universal para las voraces criaturas que insistieron en consumir el mundo en el que habían nacido. En otras palabras, actuaron exactamente de la forma en que los humanos de hoy están actuando con esta Tierra, agotando rápidamente su depósito de sustento, no porque deban vivir su vida normal, sino porque desean vivir en un tono de exceso monstruoso. La madre Tierra tiene suficiente para el sano apetito de sus hijos y algún extra para raros casos de anormalidad. Pero no tiene ni de lejos lo suficiente para el rápido crecimiento de todo un mundo de niños malcriados y mimados.
El hombre ha estado cavando agujeros en los cimientos mismos no solo de su medio de vida sino de su vida. Se alimenta ahora de su propio cuerpo. El temerario derroche de humanidad que produce la ambición se ve mejor en las aldeas en las que la luz de la vida está siendo bajada gradualmente, la alegría de la existencia atenuada y los vínculos naturales de la comunión social están siendo quebrados cada día. Nuestra misión debería ser restaurar la plena circulación de la sangre de la vida en estos miembros martirizados de la sociedad; traer a los aldeanos salud y conocimiento; una riqueza de espacio en la que vivir, una riqueza de tiempo en el que trabajar, descansar y disfrutar del mutuo respeto que les dará dignidad; compasión que les hará comprender su parentesco con el mundo de los hombres, y no simplemente su posición de subordinación.
Las corrientes, los lagos y los océanos están en esta Tierra. No existen para el acaparamiento de agua exclusivamente de cada uno en su área. Envían el vapor que forma nubes y ayuda a una amplia distribución del agua. Las ciudades tienen una función especial en el mantenimiento de la riqueza y el conocimiento en formas concentradas de opulencia, pero esto no debería ser para su propio beneficio; no deberían engrandecerse ellas, sino enriquecer a toda la sociedad. Deberían ser como una farola porque la luz que soporta debe trascender sus propios límites. Una relación así de beneficio mutuo entre la ciudad y la aldea permanece fuerte solamente mientras el espíritu de cooperación y autosacrificio es un ideal vivo en la sociedad en su conjunto. Cuando alguna tentación universal sobrepasa este ideal, cuando alguna pasión egoista encuentra ascendencia, se forma una brecha que crece entre ellas. La relación mutua entre la ciudad y la aldea se convierte en la del explotador y la víctima. Es esta una forma de perversidad en la que el cuerpo se convierte en su propio enemigo. El final es la muerte.
Hemos empezado en India, en conexión con Visva-Bharati, una especie de trabajo de aldea cuya misión es retardar este proceso de carrera suicida. Si intento dar detalles del trabajo el esfuerzo parecerá pequeño. Pero no tenemos miedo de esta apariencia de pequeñez, porque tenemos confianza en la vida. Sabemos que si, como una semilla, la pequeñez representa la verdad que está en nosotros, superará la oposición y conquistará espacio y tiempo. Para nosotros el problema de la pobreza no es tan importante. Es el problema de la infelicidad el gran problema. La búsqueda de la riqueza, que es sinónimo de la producción y recopilación de cosas, puede hacer uso de los hombres despiadadamente, puede aplastar la vida de la Tierra y durante un tiempo puede florecer. La felicidad no puede competir con la riqueza en su lista de necesidades materiales, pero es final, es creativa y por tanto tiene su propia fuente de riquezas en su interior. Nuestro objetivo es intentar inundar el lecho obstruido de la vida aldeana con arroyos de felicidad. Para ello los intelectuales, los poetas, los músicos, los artistas, así como los científicos tienen que colaborar, tienen que ofrecer su contribución. Si no es así viven como parásitos, chupando la vida de la gente del campo sin darles nada a cambio. Esta explotación agota gradualmente el suelo de la vida, el suelo que necesita ser repuesto constantemente mediante el regreso de la vida a él, mediante el cierre del ciclo de dar y recibir.
El escritor del siguiente ensayo, quien ha estado a cargo del trabajo rural en Visva-Bharati, nos llamó contundentemente la atención sobre este tema y nos dejó claro que la la civilización que permite que una parte explote al resto sin devolver nada está simplemente engañándose a sí misma y yendo a la bancarrota. Es como el joven alocado que hereda de repente el negocio de su padre, roba su propio capital y lo gasta en un magnífico despliegue de extravagancia. Deslumbra la imaginación de quienes lo ven, gana el aplauso de sus asociados en su disipación, se convierte en el hombre más envidiado en su vecindario hasta la mañana en que despierta para descubrirse, sorprendido, en un estado de completa indigencia. La mayor parte de nosotros cuando intentamos enfrentarnos al problema de la pobreza no pensamos en nada más que en un esfuerzo más intensivo de producción, olvidando que esto solo significa un agotamiento mayor de materiales así como de humanidad, y esto significa dar una oportunidad aún mejor para el beneficio de unos pocos a costa de muchos. Pero es el alimento el que nutre y no el dinero. Es una vida llena la que nos hace felices y no una cartera llena. Multiplicar los materiales intensifica la desigualdad entre aquellos que tienen y aquellos que no. Esta es la peor herida  que puede sufrir el cuerpo social. ¡Es una herida por la que el cuerpo se desangra hasta morir!

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Acerca de Carlos Valmaseda

Trabajo como bibliotecario en el Instituto Cervantes. Tras vivir en Moscú y Manila actualmente resido en Nueva Delhi.
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