Activismo sostenible: gestionar la esperanza y la desesperanza en los movimientos sociales

Paul Hoggett, Rosemary Randall

Artículo original: https://opendemocracy.net/transformation/paul-hoggett-rosemary-randall/sustainable-activism-managing-hope-and-despair-in-socia

Pero visto en: http://www.resilience.org/stories/2016-12-14/sustainable-activism-managing-hope-and-despair-in-social-movements

En su estudio sobre ACT UP, el movimiento de acción directa sobre el SIDA en los EEUU en los 80 y primeros 90, Deborah Gould destacó el poderoso papel que interpretan las emociones para dar vida al activismo social. Observó que cualquier movimiento que busque mejorar las cosas en el mundo tiene que gestionar la desesperanza.

Creemos que esta emoción aparece porque los activistas están poseídos por la creencia de que les pueden faltar los recursos colectivos para responder al daño y al sufrimiento que ven a su alrededor y que motiva su acción. Así, además de sus oponentes externos, un movimiento tiene siempre un enemigo interno, emocional -un miedo y desesperanza insistentes, repetitivos, de bajo nivel, que acompañan la lucha por un cambio social de raíces profundas.

En los últimos años hemos estado entrevistando a gente en Gran Bretaña que ha estado implicada en acciones directas como la ocupación de estaciones eléctricas y pistas de aeropuertos. Queríamos explorar cómo gestionaban los poderosos sentimientos que surgen por cualquier exposición a la perturbadora verdad del cambio climático. Como una joven activista nos dijo:

“Sé que si dejo abiertas las compuertas hay está … ya sé cómo de depresivo, abrumador es ese sentimiento de “Me siento perdido”. Lo he tenido. No es algo que disfrute.”

En nuestra propia experiencia en los movimientos por el cambio desde los años 70 en adelante nos ha chocado la forma en que un fallo al contener la desesperanza puede llevar a esperanzas irreales basadas en la negación de la realidad y a una huida de algunas verdades difíciles. El grupo ‘se hincha a sí mismo’ para sentirse grande. Sobrestima su propia fuerza y subestima el poder de las fuerzas opuestas. Recurre a la fe (‘la historia está de nuestro lado’) y a la magia (‘vamos todos, un último esfuerzo’). Prefiere creer en ilusiones que enfrentarse a  la realidad tal como es.

Este estado mental lo encontramos a menudo en nuestro trabajo como psicoterapeutas. A menudo se le denomina esquizoide -un estado en el que todo se divide en polaridades: blanco o negro, todo o nada-. Para alguien atrapado en el pensamiento esquizoide el mundo es binario -no hay un “en medio”-. Todo es o una cosa o la otra y la moneda cae constantemente entre una perspectiva y su opuesta: o mi matrimonio era la maravillosa relación que siempre imaginé que sería o estaba viviendo en una total ilusión: o tengo esta relación especial y exclusiva con mis hijos o no significo nada para ellos.

Una de las cosas más destructivas y dolorosas del pensamiento esquizoide es que reproduce la misma ansiedad que intenta gestionar. Al crear un estado ideal de las cosas que no se puede conseguir nunca en la realidad abre la puerta a ulteriores decepciones, una autocrítica más desesperada, una mayor sensación de fracaso y más ansiedad incapacitante que solo se puede tratar con más rupturas. En política un ejemplo obvio y muy parodiado es el faccionalismo que a menudo atormenta a grupos políticos y movimientos sociales.

Sin embargo el problema es mucho más profundo que esto: también puede afectar a la cultura de grupos por otra parte sanos. En los movimientos en torno al cambio climático lo vemos en funcionamiento en una serie de opciones binarias inútiles como esta: ‘la única cosa realista a hacer es cambiar el sistema’ contra ‘somos impotentes para cambiar el sistema, así que debemos centrarnos en cambios asequibles en nuestras comunidades y en nuestras propias vidas’. Otra opción binaria común es ‘todo o nada’. Nos lanzamos a un compromiso que consume todo nuestro tiempo que, dado que lo consume todo, exige un retorno inmediato. Luego, cuando la realidad se muestra recalcitrante, se instala la desesperanza. Como señaló uno de nuestros entrevistados:

“… indudablemente está el peligro de atar todo tu sentimiento de lo que vale la pena y con propósito a este reto que es mucho mayor que tú y nunca termina.”

Esta opción binaria a menudo se vincula con otra que es ‘ahora o nunca’. En el trabajo sobre el cambio climático se manifiesta en la creencia de que ‘todos debemos actuar ahora o será demasiado tarde’, una creencia que muy rápidamente puede deslizarse a la percepción de que ya es ‘demasiado tarde’, y que ya se han puesto en marcha procesos que nos llevan irreversiblemente a la catástrofe.

Sin embargo, un signo de esperanza que también surge de nuestras entrevistas con la actual generación de activistas climáticos es que están desarrollando una cultura emocionalmente mucho más inteligente. La acción directa coloca a los activistas en situaciones vulnerables y en lugar de recurrir a una negativa de macho esta generación parece mucho más preparada para reconocer su vulnerabilidad. Muchos activistas también parecen ser capaces de emprender una respuesta más proporcionada: momentos de intenso compromiso son seguidos a menudo por periodos para dar un paso atrás y prestar la atención debida al autocuidado y la autoreflexión.

Muchos de nuestros entrevistados describieron una especie de proporcionalidad en su compromiso, donde podían dejar ir su doloroso conocimiento durante un tiempo, relegándolo al fondo mientras continuaban trabajando en un proyecto práctico. “Pienso que no pienso sobre ello”, explicaba uno. “Lo he aceptado, encuentro mi propio camino de cómo vivir mi vida soportando este tipo de cosas”. Más bien como alguien que ha aprendido a vivir con una enfermedad que limita tu vida, como la diabetes, estos activistas ya no estaban obsesionados con el cambio climático sino preocupados por actuar tan efectiva y dinámicamente como pudiesen para contrarrestar sus peores efectos.

Había varios elementos en juego cuando este equilibrio funcionaba bien. El primero es una sensación de entusiasmo y placer en las acciones mismas. “Es realmente divertido…. si no te diviertes día tras día, te vas a quemar muy rápido”, explicaba un entrevistado. El segundo factor fue prestar una atención consciente a la construcción de un grupo cohesionado con una gran nivel de confianza, con una adecuada sesión de evaluación después de realizar las acciones y el apoyo ofrecido a cualquiera que esté angustiado o traumatizado por sus experiencias.

Alguno de nuestros encuestados también destacó la cohesión: “hay un increíble sentimiento de solidaridad que surge de hacer una acción directa”, decía uno, mientras otros se centraban en la capacidad del grupo de aceptar y comprender las vulnerabilidades de cada uno: “tenemos Apoyo al Trauma Activista, tenemos apoyo médico, tenemos las reuniones de evaluación, tenemos una forma realmente buena de ayudar a la gente. Sabemos lo que es quemarse. Sabemos lo que es el trastorno por estrés postraumático”, dijo otro.

Otro elemento importante fue conocer el tipo de prácticas que pueden contrarrestar la intensidad de estar implicado en un tema tan dificil -cosas como pasar tiempo al aire libre, meditando o con la familia-. Para una activista era la presencia de su padre con una pancarta en todas sus comparecencias judiciales lo que importaba. Otros hablaban de una profunda relación con la naturaleza, la práctica interna de yoga o el tiempo pasado paseando con el perro tras un intenso día de trabajo.

Finalmente, el sentimiento de construir un movimiento que pueda prefigurar el tipo de sociedad que esperan que surgirá en el futuro ayudaba enormemente a casi todos nuestros encuestados: la convicción de que podían crear un mundo en miniatura más solidario, receptivo e inclusivo; en otras palabras, una comunidad. Como resultado, muchos de aquellos con los que hablamos habían empezado a hablar en términos de un ‘activismo sostenible’, que pueda sobrevivir en el mucho más largo plazo. Como señaló uno de nuestros entrevistados:

“Siempre estará ahí la lucha por la justicia y por todo ese tipo de cosas… no hay un utópico punto final, es lo que quiero decir. Siempre estará evolucionando y cambiando y veo mi… siempre habrá otra lucha en alguna parte…”

El activismo sostenible tiene lo que Gramsci llamaba un ‘pesimismo del intelecto‘ que puede evitar las ensoñaciones y enfrentarse a la realidad tan directamente como sea posible. Sin embargo también conserva un ‘optimismo de la voluntad’, una convicción interna de que las cosas pueden ser diferentes. Manteniendo el optimismo y el pesimismo en tensión, el activismo sostenible está más capacitado para manejar la desesperanza y tiene menos necesidad de recurrir al pensamiento binario como una forma de enfrentarse a la realidad. Puede albergar contradicciones de manera que no se convierta en polaridades o esto/o lo otro y puede trabajar tanto dentro como contra el sistema.

Aunque cree que no puede haber un cambio personal sin un cambio político es igualmente insistente en que no puede haber cambio político sin cambio personal. Insiste con optimismo en que aquellos que no están contra nosotros deben estar con nosotros y por tanto contiene una idea de ‘nosotros’ inclusiva y generosa, ofreciendo el beneficio de la duda al otro.

Finalmente, el activismo sostenible mantiene que nunca es demasiado tarde. En el contexto del cambio climático es capaz de enfrentarse a la verdad que algunos procesos irreversibles de cambio ya se están produciendo: que el límite de dos grados en el aumento de las temperaturas globales acordado en 2015 en la conferencia climática de París puede no ser alcanzado; que son inevitables malos resultados y que algunos ya se están dando. Sin embargo, también insiste en que esto hace nuestras luchas aún más vitales para reducir la escala y la importancia de estos resultados futuros, luchar por los resultados ‘menos malos’ que podamos alcanzar y asegurar que el mundo de nuestros nietos y sus hijos es tan habitable como sea posible.

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Acerca de Carlos Valmaseda

Trabajo como bibliotecario en el Instituto Cervantes. Tras vivir en Moscú y Manila actualmente resido en Nueva Delhi.
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